Opinión

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Noventa años y no hemos aprendido casi nada

Por
  • Fernando Jáuregui
OPINIÓNACTUALIZADA 14/04/2021 A LAS 00:05
Pablo Iglesias
Pablo Iglesias
Agencia EFE

Claro, el hecho de que este 14 de abril se cumplan los noventa años de la llegada de la Segunda República a España tenía que suscitar bastantes comentarios, no solo basados en la contemplación pura y dura de la Historia, sino anclados en el 'hoy, aquí y ahora'. Hoy, España sigue interrogándose por la veracidad de aquella sentencia atribuida generalmente a Bismarck: "Los españoles son el pueblo más fuerte del mundo; llevan años intentando destruirse y aún no lo han conseguido". Pues sucede que, noventa años después, seguimos en lo mismo: dos Españas que, sin acabar de definirse a sí mismas, se miran ceñudas aprovechando cualquier ocasión para odiarse. Por ejemplo, unas elecciones en Madrid. O una pandemia, qué más da.

Creo que, con Ortega cuando tempranamente comprobó los dislates primerizos de la República, hoy también podríamos decir el "no es esto, no es esto"; no es esta la segunda Transición, transversal e integradora, en la que deberíamos estar embarcados. Solo que ahora no se trata de mejorar los ideales republicanos, sino aquellos monárquicos que nos dimos en una Constitución en 1978, cuando el país, salido finalmente de una larga dictadura, como la España de 1931 salía de una dictablanda, decidió iniciar una muy nueva singladura. Pero ¿hacia dónde?

España vive una indudable crisis institucional, agravada desde hace un año con el estallido, apenas contenido hasta entonces, de las actividades ilícitas del Rey Juan Carlos I, que ocupó la Jefatura del Estado durante casi cuarenta años. La indudable probidad de su hijo, Felipe VI, cuyo entorno no siempre ha encontrado los mecanismos de comunicación más adecuados para transmitir la indudable calidad humana y profesional del monarca, no ha impedido que se aviven algunos focos republicanos, incluso en el seno del propio Gobierno de Pedro Sánchez. A Sánchez hay que reconocerle que, frente a quien hasta ahora ha ocupado una vicepresidencia en este Gobierno, frente a sus propios aliados republicanos independentistas catalanes y vascos, ha defendido la estabilidad de la Corona como quizá la única manera de mantener la estabilidad de un país que tiene ahora cosas más inmediatas de las que preocuparse, y no hablo solamente de la angustia económica. Ni de la sanitaria, que persiste incluso con un ritmo de vacunación afortunadamente acelerado, y más ahora que, cual un 'plan Marshall redivivo', llega la vacuna Janssen a la que le atribuimos propiedad milagrosas. Claro que me temo que tampoco hemos sacado muchas conclusiones de las lecciones de la pandemia de 1918, la de la llamada gripe española, algo más de un siglo ha. La peor es que, haciendo buena la maldición de Bismarck, seguimos empeñados siempre en la rencilla, como en aquel 1931 en el que Alfonso XIII abandonó para siempre España tras haber cometido todos los desaciertos posibles y tras ponerse en manos de Primo de Rivera, el hombre que vació de contenido una Constitución. No se entiende bien que en la actualidad nos desangremos en polémicas absurdas, que incluso perjudican directamente a la lucha contra el virus, por ocupar la Asamblea de Madrid cuando dentro de dos años habrá nuevamente que renovarla. Y, en cambio, que miremos hacia otro lado cuando colectivos de jueces ponen en almoneda ante Europa la separación efectiva de poderes; o cuando la sombra de la secesión se agudiza en una Cataluña incontrolable e incontrolada por el propio independentismo. O cuando la figura de quien acaso es el mejor Rey en la Historia del país vive una creciente y peligrosa soledad, que se hace patente incluso en el ámbito familiar.

En este marco nos enfrentamos a una auténtica revolución en lo económico, en lo social, en lo moral y, claro, en lo político, que no nos afecta solamente a los españoles, tan acertadamente retratados (presuntamente) por el 'canciller de hierro': el mundo entero, comenzando por Europa, está en transformación. Ahora mismo, con su plan de medidas transformadoras, el propio Pedro Sánchez nos ha diseñado un futuro por completo diferente, que ignoramos si podrá poner en marcha de manera eficaz y creíble, aunque más nos vale que lo haga. Lo mismo que aquella II República en sus albores se propuso dar la vuelta al país como a un calcetín. Y ya sabemos lo que, entregados a fuerzas disgregadoras, lograron aquellos 'protorrepublicanos', hombres sin duda de buena voluntad. Desgraciada la nación que no aprende de su Historia, que otra vez llama a nuestra puerta.

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