Opinión

Rabat está más cerca de nosotros que el año 2050

Militares españoles vigilan las devoluciones en caliente que se están haciendo a los inmigrantes que han entrado a Ceuta por Marruecos.
Militares españoles vigilan las devoluciones en caliente que se están haciendo a los inmigrantes que han entrado a Ceuta por Marruecos.
E. PRESS

Han sido muchos los que, ante lo ocurrido con la llegada masiva de inmigrantes ("invasores", en lenguaje tremendista de Vox) marroquíes a la costa de Ceuta han querido comparar lo incomparable, equiparar peras con manzanas: ¿cómo se va a presentar, decían, un plan para 2050 cuando ni siquiera somos capaces de prever lo que iba a ocurrir un domingo de mayo de 2021? Las posiciones que escucho en este sentido, no todas, por cierto, procedentes de la oposición, me parecen desacertadas y tan inconvenientes para el gran acuerdo nacional que necesitamos como el 'debate' registrado este miércoles entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, Pablo Casado, a propósito del último 'affaire marroquí'. Tirarse los trastos inmediatos a la cabeza, sin duda para satisfacción de Rabat, en lugar de procurar un consenso efectivo en política exterior que cubra el corto, medio y largo plazo. Vaya por delante, claro está, que culpo al Gobierno de Mohamed VI, mucho más que al español, de haber impulsado esta nueva 'marcha verde', ahora por agua y no por tierra, para poner en un aprieto al país, España, cuyo ejecutivo acogió por razones hospitalarias al enemigo público número uno del régimen marroquí, el dirigente polisario Ghali; un pretexto como otro cualquiera. Pero el hecho de que sea meramente un pretexto no exculpa a la política exterior española, miope en este terreno, ni a ese sentimiento generalizado, tan preocupante, que consiste en pensar que, empleando la máxima dureza con nuestro vecino del sur, lograremos que recule en temas clave. Desde luego, si queremos que, dentro de casi treinta años, en 2050, Marruecos haya dejado de ser una pesadilla para Ceuta, Melilla, las Canarias y para España y quizá para Europa en general, no será a base de leerles continuamente la cartilla y amenazarles con patrulleras o sanciones comerciales. Marruecos es hoy un país de importancia estratégica clave, fuertemente aliado con unos Estados Unidos para los que España, ya se está viendo con los oídos sordos de Biden a las llamadas de Moncloa, cuenta bastante poco. Lo mismo cabría decir en tantas otras cuestiones, distintas y distantes: la incardinación de Cataluña en el Estado español no se logrará encarcelando a los independentistas, por más que yo comparta que quien se salta gravemente las leyes debe pagarlo. Y así, con tantos otros temas que requieren pensar antes de vocear soluciones basadas en el desconocimiento o en las prisas por conquistar una parcela de favor en las encuestas. El horizonte 2050 no se cimenta solamente hablando de drones, de cambio climático, de robots o de nuevas energías. Hay que consolidarlo desde el hoy, desde la constatación de que los problemas de toda índole, llámense Marruecos, Esquerra Republicana, contaminación ciudadana o deficiencias en la educación, hay que abordarlos con una mente nueva. Muy alejada de lo que muestra el cerrilismo partidista que se exhibe cada miércoles en el Legislativo. Une mente que sea ajena al sempiterno y testicular 'la razón la tengo yo y usted es un necio equivocado', que es el postrer argumento con el que acaban los debates en esta Hispania nostra . Si no se comienza reconociendo, en un acto de autocrítica, lo que se ha hecho mal en 2020, en 2021 y lo que sin duda corre peligro de hacerse aún peor en 2022, habría que convenir en que actos como el de este jueves, hablando de un proyecto nacional para 2050, cuando Pedro Sánchez tendrá 78 años -como Biden_y usted y yo a saber cuántos, se quedarán en mero humo. Otra operación de imagen, quizá impulsada desde la buena voluntad, pero quizá también desde el egoísmo político de seguir pisando alfombra roja. O una pirueta futurista, como la de la eminente política catalana que dijo que para qué construir una carretera al puerto si dentro de veinte años no existirán los coches. Asimov, Orwell, Kubrick o Huxley están bien para hacer cine o literatura más o menos comprometida y sugerente: pero no para hacer política. Acepto como beneficioso, mejor como imprescindible, delinear prospectivas de futuro. Pero para nada sirven si no se asientan en la realidad de hoy, y puede ser un ejercicio contraproducente cuando la realidad simplemente se niega, como les ocurrió a algunos ministros en las primeras horas de la 'invasión' de Ceuta. Confiemos en que Sánchez y sus asesores, cuando este jueves nos presenten sus ideas y especulaciones sobre cómo estaremos dentro de treinta años, así lo hayan asumido. Rabat, a una hora en avión y once de coche desde Madrid, está mucho más cerca de nuestras casas que el año 2050.

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