Opinión

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El desprestigio de las instituciones

Por
  • Francisco Muro de Iscar
OPINIÓNACTUALIZADA 03/06/2021 A LAS 00:05
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno
Pedro Sánchez
Agencia EFE

EL PSOE que encabeza Pedro Sánchez y el Unidas Podemos de Pablo Iglesias, que ya veremos quién dirige ahora, llegaron al poder, al menos eso decían, con el objetivo de “limpiar y regenerar las instituciones” desde dentro, “con transparencia y con rigor”. Al menos eso es lo que decían.

Tres años después de la llegada de Pedro Sánchez al poder -dos del pacto con Podemos-, ¿estamos mejor? Si empezamos por el Gobierno, hay que partir del dato de que, más que ante un Ejecutivo que gobierna, estamos ante una “comunidad temporal de intereses”. Los enfrentamientos internos han sido frecuentes y el que fuera vicepresidente no ha demostrado mucho apego a las instituciones ya que se ha encargado de poner a bajar de un burro a la Corona, a la Constitución o la libertad de los medios de comunicación, entre otras cuestiones de máxima relevancia. El “ala podemita” elabora leyes absurdas y de mala calidad jurídica que el “ala socialista” se encarga de frustrar en el Congreso para evitar males mayores. No parece que haya mucho diálogo entre unos y otros, pero siguen juntos porque es la única manera de conservar el poder.

Algo similar se puede decir de los socios que hicieron posible la investidura y que no dejan caer a Sánchez, cuyo mayor exponente es el indulto a los golpistas. Ni hay diálogo con ellos sobre los proyectos del Gobierno ni pactos en materias de interés general, como la salida de la pandemia o la negociación de los Fondos Europeos. Solo les une lo que este Gobierno puede dar y lo que el resto quiere sacar: transferencias de prisiones, acercamiento de presos etarras, indultos, más dinero... Y ese chalaneo lo manejan bien unos y otros.

Mención aparte merecen algunos Ministerios como el de Interior, lastrado por la lamentable gestión de Grande Marlaska en todos los terrenos de su competencia; el de Exteriores, que, junto con el de Interior, está haciendo un papelón en la gestión de la crisis con Marruecos; el de Sanidad, nulo en la gestión de la pandemia; y los económicos que son incapaces de dar respuesta a la crisis y de llevar a buen puerto asuntos como el Ingreso Mínimo Vital o las ayudas directas a autónomos y empresas, acuerdos sobre el empleo, las pensiones o la financiación autonómica y que se dejan colar subidas desorbitantes del precio de la electricidad.

La utilización por parte del Gobierno de las empresas públicas para colocar a políticos socialistas sin más méritos que el carné y la obediencia ciega y con sueldos disparatados es un insulto a eso de la regeneración. Usar a la esposa del presidente para apadrinar una nueva patronal contra CEOE y Cepyme mientras se les pide generosidad para negociar los ERTE y otras cuestiones es otro ejemplo de filibusterismo. ¡Y éstos son los que van a gestionar los Fondos de Reestructuración que nos dará la Unión Europea!

El Parlamento apenas legisla, que es para lo que está, y sus sesiones, especialmente las de control, son un pésimo ejemplo para la ciudadanía: insultos, ataques -no solo por parte del Gobierno y sus socios- división, ineficacia, ausencia de consensos. Todo por los ciudadanos, pero sin pensar en los ciudadanos. La Fiscalía controlada y sometida. El Poder Judicial desactivado e impedido de tomar medidas y hacer nombramientos. El Tribunal Supremo, una isla en defensa de la legalidad que molesta profundamente a un Gobierno que quiere saltársela. El Consejo de Estado desautorizado y a veces burlado para no tener que leer sus informes, no vinculantes, pero de alta carga jurídica y doctrinal. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia que reclama independencia. Las Comunidades Autónomas enfrentadas al Gobierno ante la falta de una estrategia común imprescindible contra la pandemia y pendientes de lo que diga cada TSJ. La presidenta del Parlamento catalán que ataca al Rey e insta al Ejército a irse de Barcelona. O el CIS, contaminado en sus pilares por quien lo dirige.

¡Menos mal que venían para limpiar y regenerar las instituciones! O recuperamos su prestigio o nos cargamos el Estado de Derecho.

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