Opinión

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Por
  • Antonio Casado
OPINIÓNACTUALIZADA 26/06/2021 A LAS 00:05
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
EFE

Lo tenemos difícil quienes hemos decidido conceder el beneficio de la duda a la apuesta de Sánchez por los nueve condenados del "procés" a los que se acaba de perdonar la pena que les quedaba por cumplir. Se hace muy cuesta arriba ignorar la desalentadora falta de respuesta a la mano tendida del Gobierno. Si a los indultos por el diálogo, la concordia, el reencuentro, se responde con desplantes, confrontación y un desafío redoblado al orden constitucional, estamos haciendo un plan de obleas. 

El aquelarre de los indultados a la puerta de la cárcel, en torno al fuego de la tribu donde arde la patriótica pasión de la Cataluña una, grande y libre, nos desarma a quienes entendemos que ahora es a los independentistas a los que les toca mover ficha mostrando voluntad de acercamiento. No daban esa impresión los excarcelados, sino todo lo contrario. En cambio, a los pregoneros del voluntarismo y la esperanza se nos pone cara de tontos mientras asumimos la regla de oro en una transacción bienintencionada: algo tendrá que poner el otro de su parte. De momento, nada de nada. 

Solo el cálculo de un Gobierno convencido de que los indultados no volverán a la unilateralidad. No desde un cargo público porque el perdón no incluye las penas de inhabilitación. Y se supone que los que tienen mando en plaza (Aragonés, Puigneró. Giró, Borrás, etc.) no habrán olvidado que el desafío al orden constitucional acaba en la cárcel, el autodestierro o la inhabilitación. 

También es decepcionante el acomplejado discurso del Gobierno frente al descaro secesionista. Hay que ser muy minucioso para encontrar en la argumentación de Moncloa las líneas rojas del venidero diálogo de la Generalitat con el Gobierno central, cuyos titulares van a reunirse en Moncloa el martes próximo. De hecho, Pedro Sánchez habla de una agenda que contiene "todas las reivindicaciones de la Generalitat en la última década". ¿Sería demasiado pedir que Sánchez insistiera hasta ponerse pesado en que la amnistía y la autodeterminación son anticonstitucionales y no tiene ningún sentido ponerlas sobre la mesa? El no hacerlo sugiere una cierta deserción de algo que debería ser de obligado cumplimiento: la defensa y arropamiento de la parte ofendida. Y es que el relato monclovita parece excesivamente generoso en su esforzada acomodación a la llamada "agenda del reencuentro". 

Esperemos que el clarinazo de Felipe VI en defensa del orden constitucional (3 de octubre 2017) y el reproche penal del Tribunal Supremo contra los responsables de la trama sediciosa (14 octubre 2019) no acaben diluyéndose en el sermón del Liceo y las apelaciones no correspondidas de Sánchez a la concordia y la reconciliación. 

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