Opinión

A rienda suelta

El medio Cuba libre

Por
  • Javier García Antón
OPINIÓNACTUALIZADA 18/07/2021 A LAS 17:50
Imagen de una calle de La Habana.
Imagen de una calle de La Habana.
EFE

LOS AÑOS del tardofranquismo estaban impregnados de contrastes. Iba con mi padre a ver a Osasuna (el ascensor de Tercera a Segunda y vuelta atrás) y al terminar nos dirigíamos al cuartel de la Guardia Civil del que él era el administrador. En el bar, el capitán Escribano pedía para mí un medio Cuba libre. Entero le parecía excesivo. Apenas frisaba los diez años. Me parecía notar una cierta sorna y hasta algún guiño, pero era bien pensado y me entregaba, como buen mocetón, a aquella mezcla de cocacola y gin (sí, ya sé que en origen era ron). Me sabía buena, aunque de Ginebra tenía menos realidad que la amada del mítico rey Arturo. Curioso que, en los estertores de la dictadura, se admitiera lo que procedía de un régimen simétrico y en el otro ala del ideario, el castrista. Un fabricante de pobreza.

El Cuba libre emergió, cuentan los relatos, de la celebración del triunfo sobre España en La Habana. ¡Viva Cuba libre! Y se perpetuó por los siglos de los siglos. Paradoja en uno de los totalitarismos más duraderos de los anales recientes.

Soy consciente de la devoción híbrida por la isla. Entre los que buscan merengue-merengue, quienes se enamoran de su belleza y del carácter caribeño son legión. Respetable. Yo me quedo con una anécdota real: mi primo Ramón disfrutó de unas vacaciones agridulces. Se dejó llevar por las leyendas urbanas y las promociones paradisíacas y, en La Habana, se percató de la miseria en la que mal vivían los niños. El último día, gastó todas sus divisas en golosinas para el aluvión que se arremolinaban desharrapados. Les hizo felices, volvió a Madrid sin blanca, embriagado de tristeza, y hubo de acudir a su amigo Pablo para el billete de retorno a Navarra. Nunca bebe -ni dice, ni en su bar- Cuba libre.

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