Opinión

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La España de las cloacas

Por
  • Fernando Jáuregui
OPINIÓNACTUALIZADA 04/08/2021 A LAS 01:00
El comisario José Manuel Villarejo declara en el juicio.
El comisario José Manuel Villarejo declara en el juicio.
Agencia EFE

No creo, la verdad, que los españoles sigan con demasiada pasión las rocambolescas historias que afectan a corruptelas pasadas, aunque de cuando en cuando afloran las últimas decisiones judiciales por el ‘caso Kitchen’, del que salen relativamente bien parados todos menos el ex ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, o se filtran las venganzas de la mujer fatal contra el Emérito. El caso es que a veces todo confluye: ella, el comisario corrupto, los poderosos - no solo políticos, claro está - que se creyeron intocables... Y entonces emerge la España de las cloacas y la ciudadanía se despega un poco más aún de un ‘establishment’ a su vez cada vez menos conectado con la gente de la calle. Escribo esto consciente de que el próximo martes se cumple un año de la salida de España, aún no bien explicada, de Juan Carlos I, uno de los movimientos ‘en las alturas’ más extraños que se registran en la memoria de la opinión pública y publicada. Y ahí sigue quien fuera el jefe de Estado del Reino de España durante casi cuarenta años, en Abu Dabi, parece que siempre aspirando al retorno y al olvido. Cosas que ella, en su larga venganza, trata de impedir a toda costa. En la semana que concluye hemos conocido el relato de la demanda que ella interpuso contra su ex ‘amigo íntimo’ Juan Carlos de Borbón por espiarla y contra quien fuera el jefe de los servicios secretos, general Sanz Roldán, no solo por organizar este espionaje, sino también por amenazarla a ella y a su hijo. Conozco al general, que ha prestado no pocos servicios a su patria, y me parece demasiado inteligente como para acudir al domicilio de la aventurera - ¡Algunos medios la llaman empresaria! - para tratar de intimidarla con amenazas. Otra cosa es que los servicios secretos cumpliesen su misión de averiguar lo que tramaba una dama que podría hacer, y lo ha hecho, mucho daño al Estado. Lo preocupante es que incluso algún periódico muy respetable parece tomar en serio la versión de la mujer fatal, a la que se presenta casi como víctima, cosa que desde luego está muy lejos de ser. Claro que no quiero decir que ella, como el comisario archicorrupto con el que ella trataba, sea ni la única ni la principal representación de la España de las cloacas: hay gentes muy poderosas que utilizaron a la una o al otro, o a ambos, para sus fines, como espiar al rival comercial, robar los ‘papeles de Bárcenas’ (otro que tal) o crear una ‘policía patriótica’ que nos ‘defienda’ a su particular modo y manera, del independentismo. Pienso que esta España de las cloacas no desaparecerá hasta que todo un pasado, en el que potentes empresarios, banqueros - han salido muchos nombres que habrían de dar explicaciones -, políticos o instituciones trataron de manejar la nave del Estado a su libre albedrío, quede por completo desenmascarado. Y sin que puedan caber sospechas de que personajes importantes se libran de culpas por ser eso, más importantes que otros. La labor de los jueces instructores -y tengo, personalmente, toda la confianza en el magistrado que lleva las ramificaciones más destacadas de las tramas superpuestas - es fundamental, como fundamental es, está siendo, el que los medios no ‘olviden’, en función de simpatías políticas o intereses, unos casos y potencien, quizá a veces algo apresuradamente, otros. Para que ese pasado no se repita no basta con los tribunales: es precisa la vigilancia adecuada, no mirar hacia otro lado, como sin duda se hizo. Luz y taquígrafos.  

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