Opinión

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Hay que aprender a ser felices

Por
  • Félix Rodríguez Prendes
OPINIÓNACTUALIZADA 22/09/2021 A LAS 12:43
La eucaristía se ha celebrado con aforo limitado.
Momento de una eucaristía.
Patricia Puértolas

Después de este tiempo de vacaciones, volvemos a nuestro tiempo ordinario que no es otro que, haciendo lo normal, hacerlo para ser santo. Durante unos días me fijé en la gente que asiste regularmente a la Eucaristía y echando mano de mi “deformación empresarial” se me ocurrió hacer un fore cast (presupuesto a futuro) y llegué a la conclusión de que los católicos éramos una especie en vías de extinción; me bajó mucho la moral; sin embargo, contemplando lo que sucede en otras latitudes me sirvió de aguijón para ver que, si bien en Huesca estamos pasando una noche oscura, en otros sitios se ve la fuerza de la Iglesia. Y por otra parte, menos eran en los primeros tiempos de la Iglesia. Comprendí que mi error estaba en ver solo con ojos humanos. Realmente el demonio se cuela en la mente de mil maneras y en mi caso emplea la de la mal entendida razón y lo peor es que me sorprende muchas veces.

Es muy fácil, en estos tiempos, caer en la moda de la separación entre la fe y la razón, que cada vez se da más. Al principio ya se producía esta dicotomía: los Primeros Padres no quería saber nada de la filosofía, decían que solo la Sagrada Escritura bastaba. Pero ya en la Edad Media, y sobre todo a partir de San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, se comprendió que las ideas originales que eran el inicio de la reflexión filosófica, puesto que eran buenas, solo podían proceder de Dios; por ejemplo los conceptos de personalidad, de inconsciente, de libertad, del tiempo y el devenir histórico y también de la muerte. Si las conclusiones a que llegaban no eran las correctas solo era debido a que durante el discurso estaban alejadas de Él. Hasta el punto de que la primera Facultad que se instalaba en las nuevas Universidades siempre era la de Teología, porque se admitía plenamente que Dios era el Señor de la Historia y que el hombre estaba en el mundo para glorificarle.

En nuestro tiempo se está llegando al final de la separación entre fe y razón. Cuando la razón es privada de la Revelación se mete, sin remedio, en caminos que le harán perder la noción del objetivo final, pero también la fe despojada de la razón se irá limitando al sentimiento y al valor de la experiencia y así terminará por no ser una propuesta universal. Es completamente ilusorio pensar que la fe apoyada en una deficiente formación vaya a tener mayor penetración, al contrario corre el peligro de ser poco a poco reducida a mera superstición, como sucede con tantas sectas. Igualmente cuando la razón no está flanqueada por una fe adulta no se verá motivada a dirigir su discurso hacia la transcendencia, hacía la misión del hombre como tal. El hombre no puede quedar reducido a ser un animal político o económico; desde estos planos el hombre no puede contestar a su pregunta más importante que es: Cuál es su actitud ante el misterio de Dios. Cuando nuestro modelo de vida ignora esta pregunta o la ahoga, indefectiblemente se corrompe.

La pregunta más frecuente ahora, en todos los medios, es ¿eres feliz? Normalmente contestamos que sí, pero hacerlo desde dentro igual nos llevaría horas, porque ser feliz, afortunado, alegre, limpio, manso, etc solo se consigue haciéndonos lo más parecido posible a Quien se retrató a sí mismo en el Sermón de la Montaña. Hoy hay muchos que dicen: “Basta ya de hacer de la vida un infierno para alcanzar un cielo después”. Error, ahí solo prima la razón. Cuando, sin embargo, la felicidad del cielo no se alcanza al precio de una vida desgraciada en la tierra sino que, al contrario, es para los que saben ser felices aquí y una buena manera de serlo es vivir las bienaventuranzas porque las bienaventuranzas son un catálogo de actitudes de conjunción entre fe y razón. La fe no es nunca irracional. 

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