Opinión

TRIBUNA ALTOARAGONESA

Política, mercado y puertas giratorias

Por
  • Miguel Ángel Ballarín
OPINIÓNACTUALIZADA 09/10/2021 A LAS 00:05
La factura de la luz sigue imparable
La factura de la luz sigue imparable
S.E.

NO RESULTA halagüeño que el precio de la energía alcance récords en el inicio del otoño. La nuestra se define como economía de mercados, basada en la libre competencia, en la que el poder público ejercer un arbitraje por razones como el interés general. Esto da lugar a un entramado de interdependencias entre poderes públicos y económicos.

La economía, o el dinero si se quiere, no son entes propiamente dichos ni tienen por tanto voluntad propia. Quienes dirigen realmente la economía son los directivos de las grandes multinacionales a través de oligopolios como el de las empresas energéticas, que acumulan un poder mayor que cualquier estado.

Dicho en otras palabras, el dinero que tenemos en el bolsillo no nos tira del mismo para que lo gastemos en una u otra cosa, pero sí la oligarquía económica.

Puede parecer exagerada esta afirmación, pero el gasto energético que, en datos recientes de nuestro país, ocupa el primer puesto de la economía familiar, ni es despreciable ni despreciado en el gran casino de la economía de mercado. Basta con recordar los puestos que ocupan expresidentes y otros cargos públicos como el recientemente incorporado Antonio Miguel Carmona, en empresas del sector energético, el ostracismo sobre aquella ley que, justo antes de estallar la burbuja inmobiliaria, iba a obligar a dotar de paneles solares a todo edificio de nueva constricción de tres o más plantas, o la recientemente derogada que, bien al contrario, penalizaba severísimamente el aprovechamiento privado de la energía que nos brinda en cualquier lugar el astro rey, paralizando o echando atrás innumerables proyectos, de modo que la actual situación no es meramente fruto de la casualidad.

Descargar a las grandes plantas de generación eléctrica de buena parte del consumo doméstico es uno de los pasos necesarios para la transición ecológica y, me temo que se intente asentar la idea de que la electrificación del parque móvil sea inviable por falta de capacidad de la red. Ya corren voces en ese sentido, y la industria del automóvil, a la que el paso a los propulsores eléctricos, supondría cerrar plantas de motores, cajas de cambios, escapes, catalizadores, etc., cual suicida sin vocación, parece hervir de ideas creativas para ralentizar o bloquear dicha transición.

Me temo que la llegada del frío se presente caliente en precio de energía, dentro de un nada halagüeño escenario de desastres “naturales” que en el conjunto del país causen más daño en forma de DANA que el más que previsible de la isla de la Palma.

Se da la paradoja de que, el verdadero poder descansa en las sufridas y aparentemente impotentes víctimas de la fatalidad. Y es que los ciudadanos, con nuestro voto, ponemos y quitamos gobiernos y, lo que es más importante, nuestros hábitos de consumo determinan el crecimiento o decadencia de grandes sectores económicos.

De las tres erres de la sostenibilidad, reducir, reutilizar y reciclar, la solución al problema energético nos lleva a la primera o primordial.

En el transporte, reducir el consumo supone, no el renunciar al mismo, sino hacerlo de forma eficiente. Esta eficiencia no radica sólo en motores más eficientes (con menor consumo específico o por unidad de trabajo proporcionado) sino en la propia eficiencia del trabajo.

Así la eficiencia de utilizar un SUV de dos toneladas para el trabajo de transporte en ciudad de una o, a lo sumo dos personas y tal vez unos kg de compra, es ínfima por mucho que se trate de un vehículo de última generación, incluso eléctrico, pues la masa transportada es tan sólo la veinteava o treintava parte de la movilizada, además, a un promedio de velocidad muy inferior al que se daría en una prueba ciclista en el mismo circuito urbano.

En cuanto a la climatización de la vivienda, algo tan simple como ventilar a la hora de levantarse en verano y a la de comer en invierno, puede ahorrarnos la mitad del consumo.

No faltará quien nos prometa el apocalipsis si triunfa este tipo de prácticas. Pero el dinero es un invento que fluye y fluirá como la imaginación de quien lo tiene en el bolsillo, y el que no gastemos en el restaurante, acabará en el cine o la peluquería. Lejos de la preocupación por la macroeconomía, seamos tan felices como nos permita el ejercicio de esa libertad que tenemos de elegir cualquier cosa menos planeta.

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