Opinión

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Un mercado de trabajo decimonónico

Por
  • José Carlos Díez
OPINIÓNACTUALIZADA 25/10/2021 A LAS 17:45
Trabajador del sector de la construcción
Trabajador del sector de la construcción
G.A.

Me contó Mariano Guindal, uno de los referentes del periodismo económico de nuestra querida España, una anécdota que ayuda a entender por qué nuestro mercado de trabajo es un rara avis en el mundo. El 20 de diciembre de 1973 trabajaba de becario y le mandaron a la calle Claudio Cuello de Madrid a contar una explosión de gas. Cuando llegó había un gran boquete en la calle y muy hábil Mariano preguntó a un cura que salía del convento de los jesuitas. Le contó que habían asesinado al presidente del Gobierno y que el coche había volado hasta el interior del claustro del convento.

Llamó a su director para contarle la exclusiva pero no le creyó y le mandó a la plaza de las Salesas a cubrir el proceso 1001 en el que se juzgaba a los líderes de las Comisiones Obreras. Los sindicatos jugaron un papel determinante en la lucha contra el franquismo y en la llegada de democracia y eso explica que la Transición se hiciese reforma, no ruptura, con el modelo franquista de mercado de trabajo.

Franco, como ha reflejado brillantemente Alejandro Amenabar en Mientras dure la Guerra, no tenía ideología y adoptó la de la Falange. En economía, José Antonio Primo de Rivera estaba muy influido por el modelo italiano de Mussolini. Autarquía, sustitución de importaciones, planificación económica y fuerte control de las empresas a través de un sindicato vertical, controlado por Girón de Velasco que fue ministro de Trabajo entre 1941 y 1957 y procurador en Cortes hasta 1977. Como decía Albert Einstein “Dios no juega a los dados con la naturaleza” y no es casual que España e Italia lideren los ranking de tasas de desempleo de los países desarrollados.

España tuvo uno de los crecimientos más bajos del mundo entre 1939 y 1959. La pobreza forzó a más de 3 millones de españoles a emigrar. El producto de exportación más competitivo eran los españoles. En 1959 el modelo autárquico colapsó ya que no había dólares para comprar combustible y encender las calefacciones o generar electricidad. Franco se vio forzado a pedir un rescate al FMI y hacer un plan de estabilización, a desmontar parte de la autarquía y reducir aranceles. Pero el mercado de trabajo falangista apenas lo reformó para mantener la paz social y perpetuar su poder y la dictadura.

La economía española demostró ser muy agradecida y se adaptó muy bien al comercio mundial y la globalización. España registró crecimientos promedio del 7% con un modelo muy exitoso similar al de la China actual; trasvasando trabajadores del campo con nula productividad a la industria y los servicios en las ciudades. Luego llegó la crisis del petróleo que dejó en evidencia las debilidades del modelo. Buena parte de la industria seguía subvencionada y no era viable y casi la mitad del sistema bancario quebró y tuvo que ser rescatado.

En 1982 Miguel Boyer tuvo que aplicar otro plan de estabilización y acometió un intenso proceso de modernización y liberalización económica. Se mantuvieron buena parte de las rigideces del mercado de trabajo heredadas del franquismo pero se optó por permitir la concatenación legal de contratos temporales. Esta historia hace del mercado de trabajo español un caso atípico mundial en el que la

suma de la tasa de paro y la tasa de contratos temporales se mantiene muy estable desde 1980. En las fases expansivas la economía genera mucho empleo, la mayoría precario y temporal y la productividad por ocupado se estanca o cae. En las recesiones nuestra economía destruye empleo como una trituradora de carne picada.

El mercado esta segmentado en dos tipos de trabajadores; los que tienen contrato fijo y años de antigüedad que están protegidos por elevados costes de despido y el resto. En las crisis las ventas de las empresas caen, la liquidez se esfuma y el crédito es averso al riesgo y escasea. Por eso las empresas, especialmente las pymes, se ven forzadas a ajustar empleo y no despiden a los trabajadores menos productivos, despiden a los que tienen coste de despido más bajos. Normalmente estos últimos son jóvenes y mujeres.

Ni la reforma laboral de Zapatero en 2010, ni la de Rajoy en 2012 cambiaron esta anomalía del mercado de trabajo español. Durante la fase expansiva de 2014 hasta 2019 se creó mucho empleo pero cuando llegó la pandemia en un mes y medio se destruyeron 1 millón de empleos, la mayor destrucción de empleo relativa de los países desarrollados en 2020. Y de nuevo fueron los jóvenes y las mujeres con contratos temporales los más afectados.

En 2017 me ofrecieron coordinar la ponencia económica del Psoe para el Congreso. La situación orgánica era muy compleja y la derogación de la reforma laboral era una exigencia de buena parte de la militancia, la mayoría afiliada al sindicato UGT. Yo incorporé al equipo a Yolanda Valdeolivas, decana de la facultad de derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, y a Félix González, director de AgFitel fundación de la UGT de la sección del metal. En el equipo había excelentes economistas expertos en mercado de trabajo. El resultado fue proponer un nuevo estatuto de los Trabajadores del siglo XXI que aprobado en ese Congreso Federal y que ha sido la base del Pacto de Gobierno del Psoe y Podemos en 2019.

Podemos llegó a tener un 30% de intención de voto en las encuestas y ahora le cuesta mantener el 10%. Yolanda Díaz va a enterrar la marca Podemos y quiere liderar una Izquierda Unida 2.0. Esta en campaña y se dirige exclusivamente a sus militantes. Yolanda ha estado en Bruselas y es consciente que para que España reciba la mayor cantidad de fondos de la Unión de nuestra historia es necesario aprobar reformas y que sus propuestas de mercado de trabajo dejarían a los españoles sin fondos europeos. Sabe que Europa nos salvó del desastre el año pasado, que el BCE nos ha comprado más de la mitad de la deuda pública emitida para financiar la pandemia y que financió el gasto sanitario, las vacunas, los Ertes, las pensiones y el sueldo de los funcionarios. Pero da igual, está en campaña.

Desde el año 2000 España ha dejado de converger en productividad y renta por habitante con nuestros socios europeos que son los países del mundo que menos crecen. Corea, Taiwán e Israel que lideran la revolución tecnológica han crecido el doble que España. E incluso la República Checa y varios países del Este que padecieron durante décadas el comunismo ya nos han adelantado en renta por habitante.

España es el país del mundo que más impagos y reestructuraciones de deuda ha hecho desde 1500. Antes del euro éramos un país inflacionista, con una moneda inestable y con acceso muy restringido a los mercados financieros internacionales. Con el euro comenzamos a acceder a esos mercados en cantidad, plazos y tipos de interés similares a los alemanes y montamos la mayor burbuja inmobiliaria de nuestra historia. Concentramos mucho capital y mucho empleo en sectores de baja productividad y salarios precarios. Primero en construcción y luego en turismo.

La pandemia ha doblado nuestra deuda pública con respecto a los niveles del año 2000, antes de la burbuja. Tenemos un déficit público estructural de unos 50.000 millones y quitamos recursos de educación y tecnología que es inversión para pagar pensiones que es gasto corriente. Los fondos europeos se focalizan en tecnología, innovación, digitalización y van a resolver nuestra dependencia energética de combustibles fósiles que no tenemos y a sustituirlos por sol y viento que disponemos más que nuestros socios europeos, sobre todo sol.

Son seguramente el último tren para no ser perder el tren de la revolución tecnológica. Pero eso exige, como hicimos en 1959 o en 1982, un nuevo plan de estabilización y un ambicioso plan de reformas. Europa no es el problema, es la solución, como nos enseñó Ortega y Gasset. Necesitamos un mercado de trabajo moderno que acabe con la dualidad que condena a nuestros jóvenes a la precariedad. Que permita a las empresas innovadoras y digitales crecer y hacerse multinacionales y atraer nómadas digitales europeos.

Y a la vez necesitamos un mercado de trabajo que proteja a los trabajadores, especialmente a los más precarios y más vulnerables, algo que el modelo falangista que seguimos arrastrando ha sido incapaz de hacer desde que aprobamos la Constitución. En los países nórdicos los costes de costes de despido son mínimos pero sus tasas de paro son muy bajas. Invierten en tecnología y sus empresas pueden pagar buenos salarios. Cuando tienen que despedir, el estado garantiza un seguro de paro casi del 100% del salario. Pero muy pocos meses, luego cae rápidamente a un mínimo vital. Todos los parados están obligados a ir a su oficina de empleo que les pone un orientador personal para conseguir otro empleo cuanto antes. Si necesitan formación, nuevas habilidades digitales por ejemplo, el estado se las garantiza pero para que vuelvan a trabajar, no para que cobren un subsidio y acaben trampeando en la economía sumergida.

Defender derogar la reforma laboral y volver al modelo falangista no es progresista. Progresista es defender un modelo de flexiguridad similar al nórdico. El problema es que el PP se ha quedado en Reagan y Thatcher y en los años ochenta y también es conservador. Y Vox dice cosas muy parecidas a los falangistas. Complicado panorama pero conviene nunca olvidar al gran John Maynard Keynes “cuando piensas que va a suceder lo inevitable, sucede lo imprevisto”. Los españoles ya hemos demostrado varias veces que sabemos superar nuestras encrucijadas y siempre merecemos al menos el beneficio de la duda.

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