Opinión

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Todo lo que no sabemos si ocurrirá en 2022 (o no )

Por
  • Fernando Jáuregui
OPINIÓNACTUALIZADA 03/01/2022 A LAS 00:05
Pedro Sánchez durante su intervención hoy en el congreso.
Pedro Sánchez durante una intervención en el Congreso.
EFE

¿Elecciones andaluzas? ¿Adelanto de las elecciones generales diga lo que diga Pedro Sánchez? ¿Regreso del emérito? ¿Seguirá Puigdemont campando a sus anchas por Europa? Bueno, las preguntas pueden ser muchas. Las respuestas, ahora que nos adentramos en un enero en el que ya van a ocurrir muchas cosas que no sabemos, pocas. Leo en muchos periódicos sin duda acertados análisis con las previsiones ‘previsibles’, valga la redundancia, para 2022. Pero lo imprevisible es más, mucho más. Y créame usted: hoy, ni el mismísimo Pedro Sánchez podría contestar con certeza a los interrogantes con los que encabezo este comentario, incluyendo seguramente la fecha de los próximos comicios legislativos.

Pocas veces recuerdo haber inaugurado un año con tantas incertidumbres, comenzando por ese misterioso ómicron que ha irrumpido de pronto en nuestras vidas, suplantando a Alpha, Beta, Gamma, etcétera, sin avisar sobre cuánto y cómo va a cambiar nuestros planes para los meses que vienen. Mejor, si me lo permite, planifique usted lo más cautamente posible lo que va a hacer este 2022: ya nos vamos acostumbrando a cambiar convocatorias, viajes, trabajos y celebraciones. Nos hemos habituado a ser optimistas, qué remedio -ahora dicen científicos norteamericanos que los contagios por el virus maldito decaerán a partir del 10 de enero, vaya usted a saber por qué-, pero luego viene la dura realidad pandémica y nos da un revolcón, adiós celebración de cumpleaños con los amigotes, hasta luego a la convención o al congreso con fecha fijada desde hacía dos años.

Ignoro si Pedro Sánchez está en estos momentos disfrutando el comienzo del año en Quintos de Mora o en Doñana; me da igual, la verdad. Lo que sí sé es que, pese a su optimismo antropológico, que le hace mantener una perenne apariencia de serenidad, ha de estar meditando seriamente en los próximos pasos a dar: las sesiones parlamentarias difíciles que le aguardan, comenzando por el debate del estado de la nación; cuándo convocar la hasta ahora efímera Mesa negociadora con Cataluña; qué hacer con el avance imparable hacia-quién-sabe-dónde de Yolanda Díaz (ahora dice que no quiere ser candidata, fíjese usted); buscar apoyos para la mini-mini-reforma laboral (que pienso que el PP debería apoyar, la verdad); cómo empezar a repartir los fondos europeos... Bueno, son muchos los frentes previsibles como para, encima, planificar lo ‘implanificable’, es decir, lo imprevisible, que es el signo de estos tiempos de cambio, tan vertiginoso que resulta imposible, incluso para el gobernante, aprehenderlos, y menos aún anticiparlos. Y de planificarlos ya ni hablemos.

Quisiera ser lógico y pensar que, al fin y al cabo, las mudanzas no han de ser tantas, que Macron seguirá en El Elíseo, Antonio Costa en Sao Bento, que la ‘cumbre’ de la OTAN a celebrar en junio en Madrid saldrá bien y que habrá foto-abrazo entre Biden y Pedro Sánchez y tal vez hasta rueda de prensa conjunta en La Moncloa (con limitación de preguntas, eso sí que es seguro) y entonces me digo que por qué no vamos a esperar sobresaltos para 2022, cuando a. Pero recuerdo todo lo que nos ha ocurrido en este 2021 que ha sido un año para olvidarhí siguen Putin, Xi, quizá hasta Bolsonaro (puede que pierda sus elecciones, Dios nos oiga) y tantos otros. Y sigue, claro, Pedro Sánchez. Si usted forma parte de esa mitad de los españoles a los que, según las encuestas, disgusta Sánchez, creo que debe ir acostumbrándose a la idea de que ahí, en La Moncloa, va a seguir todo el año (y buena parte del que viene), salvo, ya digo, sorpresas: la fecha en la que piensa celebrar ‘sus’ elecciones es, recuerde, el único tema en el que está moralmente permitido mentir a un jefe de Gobierno, suponiendo que ya sepa cuándo realizarlas, que repito que no creo.

En fin, permítame brindar con usted porque las sorpresas sean más bien eso y no sustos. Que, pese a todo lo que hemos contemplado y que jamás habíamos visto antes, seguimos sin estar curados de espanto.

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