Opinión

TRIBUNA ALTOARAGONESA

No es sexo, es poder y violencia patriarcal

Por
  • M.Engracia Martín / Pilar Esterán / Elena González / Juan Mainer
OPINIÓNACTUALIZADA 30/03/2022 A LAS 00:05
Igualdad hombre y mujer.
Igualdad hombre y mujer.
S.E.

Son muchas las voces que desde el feminismo han identificado como reacción patriarcal el recrudecimiento de la violencia estructural contra las mujeres en la globalización neoliberal, incluyendo nuestros espacios formalmente igualitarios en las que el Estado de Bienestar (si ha habido tal) ha dejado paso al totalcapitalismo, a sociedades-mercado en las que la razón instrumental y económica y la razón patriarcal se dan la mano.

Esta situación se refleja en la pobreza y falta de oportunidades de las mujeres, en las diferencias salariales, en la cosificación de las mujeres en los media, en acosos y violaciones, en feminicidios, en la industria criminal de la trata y prostitución, en la prostitución filmada y la pornificación de la sociedad, en la industria de los llamados “vientres de alquiler”, en la ocultación de la opresión estructural de las mujeres mediante su borrado como mayoría social…

Quizá sea conveniente recordar de forma sucinta que el feminismo es una teoría ética y política, una praxis cognitiva y una épica de vindicaciones políticas que acumula tras de sí centenares de años historia. Por tanto, no es un invento surgido del 15 M; tampoco se trata de una moda yankee de reciente importación ni tiene que ver con creencias sobre identidades ni sobre deseos como fuente de derecho. El feminismo es una teoría del poder: desde hace casi cuatro siglos de historia viene escrutando las desigualdades propiciadas por un orden de género-sexo, o patriarcado. Esto es, se ha propuesto poner en evidencia la ilegitimidad de prácticas y discursos que tienen como resultado la jerarquización sexual entre varones y mujeres; su objetivo es luchar contra un sistema opresor que crea imaginarios y relatos que justifiquen sus prácticas, que distribuye roles, espacios, comportamientos, valores, etc., diferenciados para varones y mujeres redundando un un desigual e injusto reparto de la riqueza material y simbólica entre ambos sexos. El feminismo ha sido capaz mediante un marco teórico explicativo específico y agendas de vindicaciones política de ir transformando la realidad y el sentido común para construir sociedades más justas e igualitarias.

El camino no ha sido fácil ni sencillo porque los sistemas de privilegios desarrollan mecanismos y dispositivos, brutales o sutiles, de legitimación y reproducción. El sistema de dominio patriarcal no es una excepción a pesar de normas y legislaciones que en ciertas partes del mundo nos dicen que varones y mujeres somos iguales ante la ley. Por tanto, una pregunta pertinente es cómo se reproduce esa relación asimétrica entre varones y mujeres en sociedades aparentemente igualitarias.

El feminismo ha identificado diferentes dispositivos de socialización en la desigualdad real, entre ellos, la pervivencia de un privilegio del patriarcado: la mercantilización del cuerpo de las mujeres, la posibilidad de que los varones puedan abusar sexualmente, maltratar, humillar, etc. a mujeres, niñas o menores por un precio variable.

Actualmente, la geopolítica de la desigualdad ha propiciado una boyante industria internacional, globalizada, relacionada con la explotación sexual de mujeres y niñas (el 50 % menor de 18 años). Una actividad propulsada por organismos internacionales, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional -en connivencia con Estados proxenetas que se lucran de este tráfico- a través de la aplicación de programas de ajuste estructural en los países endeudados. Trata y prostitución son dos caras de una actividad que forma parte de la economía criminal, un negocio altamente rentable que genera más de 7.000 millones de dólares/año para las mafias (Cortes Generales, 2007), sólo por detrás del mercado de armas y por delante del narcotráfico.

El análisis histórico demuestra que la prostitución forma parte del nodo del patriarcado. A lo largo del tiempo, ha sido legitimada desde las fuerzas patriarcales y conservadoras, entre ellas, los padres de la iglesia católica que entendían que era una institución necesaria para mantener el orden (patriarcal).

Frente a ese discurso de orden y legitimación de la prostitución, desde el abolicionismo, el socialismo o el anarquismo, se viene poniendo de manifiesto que la institución de la prostitución es inviable en sociedades que buscan la igualdad entre varones y mujeres, la justicia social o el respeto por los derechos humanos. Desde Josephine Butler a Flora Tristan; desde Alexandra Kollontai a Mujeres Libres de la España republicana; desde Kate Millet o Katherine MacKinnon a Ana de Miguel o Rosa Cobo, por tan solo citar algunas voces … ha habido posicionamiento crítico y frontal frente a esa manifestación de violencia y poder que es la prostitución.

Con la globalización neoliberal se habla del segundo negocio del mundo. En este contexto, asistimos al blanqueo del business de la prostitución presentándola como un trabajo, un trabajo elegido (el mito de la libre elección es recurrente) que, además, mantienen estos voceros, empodera a quienes lo ejerce . Quienes invocan este argumentario defienden que los Estados deberían regular su práctica. Así, en España (el negocio mueve cinco millones de dólares diarios) el papel de grupos de presión, como ANELA, la Asociación nacional de empresarios de locales de alterne, ha sido eficaz desde hace décadas.

Ahora bien, contemplar la prostitución como trabajo entraría en colisión con normativas de derechos laborales. Por otra parte, se haría patente una contradicción flagrante: lo que el derecho ha tipificado en el contexto de la ciudadanía como acoso, agresión o violación sexual, en el ámbito de la prostitución dejaría de ser delito, estaría normalizado…. En definitiva, ¿tiene sentido hablar de derechos laborales cuando la prostitución conculca derechos humanos fundamentales como el derecho a la dignidad personal o la integridad física y moral de las personas? (Cortes Generales, 2007)

En una curiosa paradoja, tanto la derecha conservadora (como se ha indicado antes) como una izquierda desnortada y apolítica que gusta de juegos lingüísticos coinciden en justificar la existencia y oportunidad del sistema prostitucional. Para los primeros, se trata de una manifestación más de la sacrosanta libertad de mercado (la, supuesta, libertad de elegir de los individuos reducidos a agentes económicos); en el caso de los segundos, perdidos los marcos de análisis críticos de la realidad y los horizontes de utopía y transformación social, reducen la prostitución a sexo y transgresión, es decir, un tema indiscutible. Desde esa lógica, abusadores y puteros poderosos como D. Strauss-Kahn o S. Berlusconi, por citar dos conocidos, pasan a la categoría posmoderna de simpáticos transgresores. Y toda manifestación en contra de la práctica brutal de mercantilizar mujeres y niñas se tilda de falta de respeto por la libertad sexual, cuando, en realidad, el sexo en prostitución está subordinado a una relación desigual basada en dominio sexual, de clase y raza.

Urge, por tanto, abordar el debate seriamente y salirse de la trampa conceptual y política que pretende reducir el fenómeno a una cuestión privada, de libre elección individual, como si la prostitución fuera una mera transacción económica que sólo afectara a los agentes que intervienen en ella. Es necesario reenfocar el asunto y analizarlo críticamente fuera del pensamiento hegemónico neoliberal fundamentado en la ficción de que no existen sino individuos, supuestamente libres que eligen, sin anclajes en estructuras de desigualdad y opresión. Porque se trata de un asunto que nos interpela como sociedad: ¿en qué tipo de sociedades queremos vivir varones y mujeres?

Es preciso, además, visibilizar agentes e instancias que producen y promueven la mercantilización y explotación sexual de seres humanos, como Estados, proxenetas y puteros. Según las estadísticas, existen varones que no ejercen esas prácticas de poder y violencia pero su silencio les hace cómplices de la situación. Como mantiene Miguel Lorente, se necesitan sujetos disidentes del sistema patriarcal, varones que digan “no” (no en mi nombre), de forma que éstos contribuyan a desnaturalizar la cultura prostitucional y los puteros no se sientan legitimados por sus iguales. Sin demanda el negocio es inviable.  

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