Opinión

TRIBUNA ALTOARAGONESA

De la calle Costa a la de Antonio Angulo Araguás

Por
  • Ildefonso García-Serena (publicitario y escritor)
OPINIÓNACTUALIZADA 07/04/2022 A LAS 00:05
Tramo de Ronda Estación que pasará a llamarse Antonio Angulo.
Tramo de Ronda Estación que pasará a llamarse Antonio Angulo.
D.A.

Y el periodista leyó en voz alta: “La noche del 27 al 28 de septiembre de 1985 fue especialmente larga. Desaparecía la cabecera del Nueva España tras casi cincuenta años de historia y aparecía el  primer número de Diario del Alto Aragón”. Con estas palabras pronunciadas en 2015, el periodista y recién nombrado académico de la correspondiente de Nobles y Bellas Artes de San Luis -Antonio Angulo Araguás- sintetizaba el nacimiento de una larga aventura que en realidad había comenzado muchos años antes en una pequeña aldea de Graus, Ejep.

Es difícil resumir una vida así. Medio siglo de amistad no fue suficiente -por lo menos al que esto escribe- para disfrutar de la calidad inalterable, de acero, de este hombre del que ahora añoramos su abrazo, su sonrisa; pero no la presencia intangible, su traza humana, interiorizado como ahora está en nuestro espíritu, integrado su aliento en el interior de cada de uno, hasta el punto de que ni la muerte, con su radical elipsis, podrá borrar. No basta pues con recordar su lealtad de amigo; es de esas personas con las que hay que seguir contando, interpelándole quizás, agradeciendo a pesar de todo.

Dos décadas antes de que aquel periodista joven irrumpiera en una redacción oscense en ruinas, nuestro primer encuentro había tenido lugar en Zaragoza, y ello nada tuvo que ver con el hecho de que mis abuelos fueran tan ribagorzanos como los suyos. Así pues, a mis dieciocho años, no fueron las aguas del Ésera las que nos unieron, sino la aulas zaragozanas de la calle Joaquín Costa, el León de Graus.

Todo había comenzado aquel otoño del 68. Mientras en París lanzaban adoquines desde las barricadas, aquí en España se ponían en marcha los motores del Cambio y algunos sustituían las camisas azules por las franelas a cuadros. La juventud corría entusiasmada delante de los guardias porras en mano, pero sobre todo ardía en deseos de modernidad. Y en ese ambiente de imperiosa mudanza muchos adolescentes fuimos atraídos por nuevos oficios, desconocidos por estos lares y -por qué no decirlo- con una esplendorosa invitación a la creatividad. No queríamos cambiar de país, queríamos cambiar el país. Y nosotros con él.

Era el mes de octubre. Yo había decidido matricularme en el Instituto Superior de Estudios Especiales que tenía como principal centro de formación la Escuela Oficial de Publicidad. Y efectivamente me costó explicarle a Aurelia en qué consistían, pues como madre tenía sus expectativas en el viejo caserón de la plaza Paraíso donde se estudiaba Medicina. Cualquier cosa que fuese aquello en lo que nos pretendían educar en la calle Costa, las clases tendrían lugar de cinco a nueve de la tarde, con peligrosa nocturnidad golfa, y para mayor riesgo, la calle era aledaña y concurrente en horarios con la zona de los bares mas pijos y concurridos de Zaragoza. Un quinto de los habitantes de la ciudad eran estudiantes y aquello era una fiesta día y noche. En el ISEE se cursaba además otra rama, la de Relaciones Públicas, RR.PP., en la que se apuntó Antonio Angulo, prefiriéndola a la de Publicidad. También cursaba al mismo tiempo Derecho y por ello -con la responsabilidad añadida por el sacrificio económico de sus padres y hermano mayor, el gran Argimiro, su gran amigo del alma toda la vida- se iba a casa en compañía de su otro amigo Paco Pascau. A hincar los codos sobre sus apuntes, hasta dormirse.

Sin duda se sentía impulsado por el tremendo giro vital que bullía en su interior, impulsado por el motor de una infinita curiosidad social. Venía de un mundo diferente al nuestro. En un doble salto había pasado del pueblo sin lecturas a la Escuela de las Relaciones Públicas pasando por el Seminario Diocesano -menudo salto para un seminarista-. Las RR.PP. hoy son mejor conocidas, como la práctica de la comunicación corporativa y responsabilidad social (RSC) pero entonces -en una España desinformada- eran percibidas como una forma de vida glamurosa. Asimismo, a pesar de la apariencia de frivolidad de la que gozaban entonces los estudios sobre Publicidad y Marketing -el cine, la TV, los anuncios y todo eso- eran programas muy reglados y estrictos, con muchos abandonos de alumnos en primer curso. Compartíamos con los estudiantes de RR.PP. algunas asignaturas comunes, y por esta razón a veces las mismas aulas y profesores. Entre otros, el economista Oliver; el capitán Conejo -que enseñaba matemáticas en la Academia General Militar-, el sociólogo y experto en marketing Francisco Javier G. Guillen, y en Psicología de primero, el doctor Antonio Seva, catedrático de Psiquiatría y Psicología de la Facultad de Medicina, quien después sería una autoridad científica internacional. También enseñaban inolvidables profesores de fotografía y cine, como el famoso fotógrafo aragonés José Antonio Duce, y el eficacísimo señor Mínguez, a cuyas clases mágicas se apuntaría el futuro periodista. La verdad es que aquel cuadro de sabios excepcionales, consagrado a alumnos tan variopintos, creativos y locos, pudo haber sido un derroche de talento, un capital malgastado. Pero resultó todo lo contrario. Éramos muy pocos y con el tiempo casi todos logramos una carrera profesional. La escuela de Zaragoza, entonces la vanguardia, y hoy desaparecida ante el empuje de las nuevas Facultades, cosecharía de su alumnado premios en todo el mundo cuando España fue el país más creativo en anuncios, junto con Inglaterra. Nuestro compañero Antonio salió indemne del torbellino de aguas efervescentes y no creo equivocarme si digo que esa etapa zaragozana fue una base formidable de su carrera. Después se licenciaría en la Universidad Autónoma de Barcelona en Ciencias de la Información, rama de Periodismo, como yo mismo lo haría en la Complutense de Madrid, rama de Publicidad. Y lo que son las cosas, hoy en día muchos periodistas de facultad se inclinan por trabajar precisamente en aquella especialidad de Comunicación y RR.PP. que había estudiado Antonio en Zaragoza. A veces pienso que intuyó certera y tempranamente esta convergencia disciplinar con el periodismo, haciendo el camino inverso.

Entre los que fuimos sus compañeros, desde el primer día produjo una rara impresión de aplomo, singularidad y sensatez. Rodeado de jóvenes en busca de lo desconocido -una Torre de Babel de imposible gobierno a pesar de los heroicos esfuerzos de los hermanos Albás- al principio no sabíamos ubicar a aquel ribagorzano inteligente, tranquilo, alto y delgado, de rostro afilado, probablemente de origen ibero, que había bajado de las montañas con su mirada azul, dotado de una franqueza verbal afilada como un cuchillo; pero un cuchillo que jamás, nunca, hería a nadie. Entre todos aquellos egos que estaban allí para comerse el mundo, Antonio era de una sencillez desconcertante, rasgo máximo de su carácter, una rúbrica. Y no es que rehuyera discutir -ojo, lo hacía apasionadamente y con ganas de vencer- sino que porfiaba a la contra poniendo incluso cara de escéptico, teatralmente, sin relajar la mandíbula y clavando la mirada en el contrario. Era buena persona, pero no comulgaba con piedras de molino. Todos nos hicimos enseguida sus amigos. Años más tarde terminaba su discurso de ingreso en San Luis y lo hizo citando a su paisano Miguel Servet: “Ni con estos ni con aquellos estoy conforme ni disiento en todo. Todos tienen parte de verdad y parte de error”.

Como ya se ha dicho en la infinidad de notas necrológicas hasta hoy publicadas -este escrito no es un obituario sino una crónica de juventud en primera persona- la personalidad del periodista sobrepasó los umbrales de lo común para dibujar una vida llena de logros, desde sus primeras colaboraciones en Radio, hasta su ascenso como director al primer diario de la provincia. Pero con todo, más extraordinaria fue su vida en lo ético y humano. Es cierto que definió el rumbo de su Diario del Alto Aragón -rumbo que le llevaría al éxito- como un diario Provincial, Plural y Profesional -luego añadiría la D de digital- pero el carácter que le acompañaría toda su vida tuvo como mascarón de proa o frontispicio otras tres ‘P’ más importantes: Prudencia, Paciencia y Perseverancia. Así pues, aquel singular modo de ser propio de Antonio no fue fruto de la casualidad, ni forzado o impulsado por una dura geografía personal, sin horizontes, sino que fue moldeándose con letras de plomo, una a una -como en las antiguas linotipias- hasta llegar a escribir esa biografía única: la suya.

Fue un caminante; ni siquiera tenia carné de conducir. Caminó tenazmente desde sus primeros años sin libros -la escuela de Ejep solo disponía de la Enciclopedia Álvarez- hasta nada menos que levantar de las cenizas todo un diario. Y encumbrarlo. Transitó de no disponer de una sola noticia en semanas, ni un diario para leer, ni un aparato de radio, ni un solo automóvil en el pueblo, a ser el creador de la sección digital más avanzada de la prensa nacional. Pasó de ser un chico de aldea que contemplaba deslumbrado las iluminadas calles de Graus llenas de gente, a renunciar de adulto a toda aspiración de convertirse en ciudadano de la Gran Metrópoli, es decir, negarse a ser una lágrima más en el río inmenso de la diáspora. “Algo hemos hecho mal los humanos en ese repliegue y concentración urbana… creo que nos hemos ido alejando de la leyes naturales al elaborar las nuestras.”

De todo eso era Antonio bien consciente. Y sus amigos, sus compañeros, sus lectores, nunca supimos si su manera de ser, su sencillez, su generosidad, todas las cosas que transmitía su mirada y que atraían a las buenas gentes, eran consecuencia de sus principios morales, o si sus principios eran causa de su manera de ser. El hecho es que este ribagorzano no llevaba ni un día ausente de este mundo cuando el Excelentísimo Ayuntamiento de Huesca ya le había puesto su nombre a una calle, la de Antonio Angulo Araguás, la misma donde continúa haciéndose el Diario del Alto Aragón. Un caso único no solo de rapidez ejemplar, sino de equidad y dignidad política en la Historia de España, un doble homenaje público y vitalicio de sus paisanos. Su nombre seguirá vivo en la dirección postal de la mancheta del Diario que él mismo fundó. No se puede decir más. Pero sí se puede contar.

“Para cuenta, ¿eh?” -dijo a su esposa Pilar, sus hijos, Juan y Luis, con su inalterable gracejo oscense- “¡que no quiero flores!”. Pero las gaitas de Graus, las queridas gaitas que tanto le emocionaban desde niño, sonaron al final del oficio de difuntos en la Iglesia de San Miguel, y retumbando en sus paredes no callaron sus voces hasta que dentro no quedó un alma. Fuera, como en un cuento antiguo, las montañas de la Ribagorza llovieron a mares. Tal vez yo lo haya soñado, o eso me pareció.  

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