Opinión

TRIBUNA ALTOARAGONESA

Contra la doble verdad

Por
  • Abolicionistas Huesca
OPINIÓNACTUALIZADA 04/07/2022 A LAS 07:07
El oficio más antiguo no es la prostitución, es seguir mirando para otro lado
Esta doble moral se presenta meridianamente clara en la barbarie prostitucional, una auténtica escuela de desigualdad.
EFE

La filósofa Ana de Miguel ha publicado recientemente un libro que titula: Ética para Celia, contra la doble verdad. Las reflexiones de Ana de Miguel nos devuelven un espejo de las entrañas de nuestra sociedad, una sociedad que vive realidades dobles, o paralelas, la una y su contraria, y al mismo tiempo.

Es el caso de la situación de subordinación y explotación que afecta al 50% de la ciudadanía. Una verdad, la norma legal, sostiene que varones y mujeres somos iguales ante la ley. La Constitución indica que el Estado debe garantizar la integridad física y moral de todas las personas. Ese Estado se ha comprometido mediante la firma de tratos y convenios internacionales a asegurar que el 50% de su ciudadanía se vea protegida en casos de violencia y agresión machista.

Pero la realidad cotidiana, el día a día, nos demuestra que, de facto, no es así; tenemos constancia de que las agresiones no cesan, el acoso sexual que aflora es preocupante y nos indica de forma constante que el Estado no garantiza que el espacio público sea, de verdad, de todos y todas. La cosificación de las mujeres en los medios de comunicación, en la publicidad y en representaciones de diferente tipo llega a extremos degradantes insoportables… En una vuelta de tuerca, puede darse el caso de que proteger a nuestros hijos e hijas de la violencia de padres machistas pueda suponer cárcel para las mujeres (como ocurre en el caso de María Salmerón).

Parece obvio que no se garantizan los mismos derechos a unos y otras, no disponen de los mismos recursos de autonomía y libertad varones y mujeres… A chicas y chicos se les dice que son iguales, sin embargo, a través de publicidad, videoclips, cine o, directamente, del relato pornográfico unos aprenden que su deseo es ley y otras asumen la ley del agrado, de la complacencia o, directamente, la pasividad. Para unos, el poder, la autonomía, el espacio público, el protagonismo del relato; para otras, la dependencia, el silenciamiento en la esfera pública, ser y estar a disposición de otros.

En definitiva, dobles verdades: lo que es bueno para unos no lo es para otras. Socializamos desde la familia, el mundo educativo o los medios de comunicación no en la igualdad sino en roles que conceden a los varones un plus ontológico por el hecho de serlo. No así en el caso de las chicas y las mujeres. Somos sociedades esquizofrénicas: hablamos de derechos y de ciudadanía mientras no nos irritamos y actuamos, o no lo suficiente, frente a la tiranía de la racionalidad económica que erosiona nuestra vida en común, que normaliza desigualdades brutales, entre ellas, la violencia machista.

Esta doble moral se presenta meridianamente clara en la barbarie prostitucional, una auténtica escuela de desigualdad. Nuestro cuerpo, nuestra sexualidad remite a una esfera compleja de nuestro yo en el que reside una parte de nuestro sentimiento de autonomía y dignidad personal. Por eso el acoso sexual es un delito y las violaciones tienen un significado especial de violencia. Pero esto sólo cursa en ámbitos de civismo y derecho; en los campos de concentración del mercado de mujeres y menores (espacios sin ley) acoso, violación y violencia dejan de ser delitos. Doble verdad. En este escenario, ¿cómo explicar a los abundantes depredadores sexuales del Estado español el trabalenguas del sólo sí es sí, si existen espacios de alegalidad en los que el no puede ser sí?

El tímido proyecto del PSOE debe profundizar estrategias para acabar con los negocios de macarras, proxenetas y delincuentes (que no “empresarios”) y penalizar la “demanda”. Y, por supuesto, tiene que poner en el centro y dar respuesta a las múltiples necesidades de las mujeres prostituidas, víctimas a las que se ha privado de derechos básicos. Existe ya una proposición feminista, la Ley Orgánica Abolicionista del Sistema Prostitucional ¿A qué están esperando nuestros políticos y políticas para incorporar sus propuestas?

Una sociedad que se dice igualitaria y avala la agresión o permite la esclavitud sexual de las mujeres promueve una doble verdad que debería enfurecernos porque insulta la inteligencia colectiva. Apelamos como S. Hessel a la ciudadanía: ¡¡ indignaos !! Indignaos frente a la injusticia y crueldad del mercado de mujeres y niñas, las hijas de las clases trabajadoras del Sur global; indignaos frente a una violencia que produce mucho daño y deslegitima profundamente nuestras formas de convivencia ¡Indignaos frente a la doble verdad! 

María Engracia Martín

Etiquetas