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¿Y si Rusia corta el grifo del gas a un gigante europeo?

Por
  • Susana Solís
OPINIÓNACTUALIZADA 09/07/2022 A LAS 07:00
Daños causados por loa ataques aéreos de Rusia a Ucrania.
Daños causados por loa ataques aéreos de Rusia a Ucrania.
SERGEY DOLZHENKO

LA TORMENTA perfecta ya asoma en Europa. Aunque parece que todavía queda un mundo, el invierno se acerca, y con él la necesidad de estar preparados ante cualquier escenario de crisis. Y el que más apremia es, por supuesto, el desafío energético y la posibilidad de que Rusia corte el grifo del gas natural a uno de los gigantes de la Unión Europea. El foco se centra en Italia y Alemania debido a su incuestionable dependencia de Gazprom.

Se ha especulado mucho sobre cómo actuará la UE si alguno de sus socios pide ayuda por desabastecimiento de gas. ¿Debería el resto de los países contribuir de manera solidaria para paliar la escasez y evitar cortes de calefacción en hogares? ¿Estaría España (así como el resto de los socios) obligada a desviar parte de sus reservas energéticas a Italia y Alemania a costa del consumo industrial? ¿Puede la Comisión decidir a quién corta el suministro para ayudar a un país en emergencia?

Estas preguntas se empiezan a plantear en Bruselas, pero aún no hay un escenario claro. La Comisión Europea ha presentado un plan en el que se establecen objetivos para aumentar las reservas de gas, se sugieren nuevos proveedores y se alerta sobre la necesidad de actualizar los planes de colaboración y solidaridad ante la posibilidad real de desabastecimientos.

Por desgracia lo que planteo no es un escenario de ciencia ficción. Hace un año, el desabastecimiento parecía distópico. En las últimas semanas, uno a uno, Putin ha ido cortando el grifo a Polonia, Bulgaria, Dinamarca, Países Bajos y las repúblicas bálticas. También ha disminuido deliberadamente el flujo de gas a través del NordStream aludiendo a supuestas obras de mantenimiento del gaseoducto. Está usando el gas como arma de guerra y nosotros, sin imponer sanciones firmes y rotundas, se lo estamos permitiendo.

Vista la situación, cobra más fuerza que nunca la pregunta de cómo funcionaría un mecanismo de solidaridad en caso de desabastecimiento.

Empecemos por lo que ya tenemos. Hoy por hoy la UE cuenta con instrumentos que apelan directamente a la solidaridad entre países en caso de emergencia energética. Un reglamento de 2017 obliga a tener un plan de prevención cuando se considere que los consumidores protegidos corren el peligro de quedarse sin suministro, pero se dejan algunos cabos sueltos: son los Estados los que deben poner números y acuerdos bilaterales dentro de este marco.

Aunque depende de los países definir quiénes son estos consumidores protegidos, podemos adivinar que se trata de aquellos cuyo suministro eléctrico se hace indispensable en situación de emergencia: industria esencial para la economía, edificios públicos como hospitales y colegios y, por encima de todo, los hogares. En ningún caso se podrá cortar el suministro energético de un hogar para garantizar el de la industria electrointensiva.

Este último punto ha suscitado dudas y comentarios erróneos. Quiero dejar claro que la Comisión no va a obligar a quitar el gas a una industria específica para dárselo a los hogares alemanes, pero en caso de que se active la alarma y se eche mano del mecanismo de solidaridad, será cada Estado el que decida cómo redirige gas desde sus fronteras hacia las del país solicitante.

Dicho esto, habrá novedades inminentes por parte de la Comisión. Está a punto de presentar una guía actualizada con diferentes grados en los consumidores: cuáles son fundamentales, cuáles son más importantes en la cadena de valor... Un plan de coordinación que se puede usar de manera voluntaria ante un escenario incierto como este.

Estamos en julio y diez países se encuentran en alerta temprana. Alemania está un escalón por encima, en estado de alerta. .El tercero y último, el de emergencia, todavía no se ha activado Pero con la situación geopolítica actual urge que los países europeos concreten más planes de coordinación, poniendo cifras a la capacidad de trasvase de gas con la que se podría contar. Hasta la fecha se podrían haber firmado una treintena de acuerdos. Solo hay seis cerrados.

Durante la crisis del COVID, la Comisión fue rápida en reaccionar y de forma ágil se aprobó el mayor paquete económico de la historia de la UE. En esta ocasión, sin embargo, no se está respondiendo de manera rotunda y coordinada, y el riesgo que corremos ante esta pasividad es enorme. La sensación imperante es la de sálvese quien pueda, y en un momento de crisis como este debemos dar seguridad jurídica y estabilidad. Ser claros y decirle a los ciudadanos y a las empresas lo que ocurrirá en caso de emergencia.

Este escenario abre varios debates a nivel comunitario, pero también a nivel nacional. No es ningún secreto que España acumula décadas de energía cara para su industria, lo que la hace menos competitiva. Si un país aliado requiere de nuestra solidaridad la tendrá, pero es necesario poner sobre la mesa el modelo energético que otros han estado disfrutando a costa de la energía rusa, más barata pero más expuesta al ansia expansionista de su líder.

¿Era mala idea depender de Gazprom como único proveedor de gas hace una década? ¿Se podía haber diversificado el mercado energético ante los continuos ataques rusos a la soberanía de otros países vecinos? Recordemos que Putin ya chantajeó cortando el grifo en numerosas ocasiones en los últimos quince años. Hacernos ahora los sorprendidos sería irresponsable.

Con esto no quiero señalar y pedir explicaciones a Alemania o Italia, pero también creo que España, tal vez por situación geográfica, ha diversificado proveedores y optado por la construcción de plantas regasificadoras. Podíamos haber apostado todo al gas magrebí. A la hora de consumir gas, España está ahora en una posición de privilegio.

Como ya demostramos durante el COVID, la única salida a esta crisis es a través de la solidaridad entre socios. Teniendo eso claro, el replanteamiento de las políticas energéticas de muchos países es esencial ya no solo por su estrategia nacional, sino por la estabilidad global y futura de la Unión Europea.

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