Opinión

TRIBUNA ALTOARAGONESA

La eficiencia energética como compromiso social

Por
  • Silvia Mellado
OPINIÓNACTUALIZADA 06/08/2022 A LAS 00:28
En la foto, contadores de luz. La subida de la energía es otro golpe más tras la crisis de la covid.
El consumo de electricidad se reduce con la nueva normativa..
EUROPA PRESS

CON LOS termómetros ya habituados a los 40ºC desde junio y en una escalada de precios de la energía sin precedentes, agosto nos trae el debate, desde mi punto de vista ficticio, sobre la reducción de consumo energético venida a chascarrillo a cuenta de las corbatas y temperaturas de aires acondicionados y calefacciones.

La comunidad científica lleva pronosticando desde hace varias décadas olas de calor y frío duraderas, fenómenos extremos más habituales, sequías prolongadas y más lluvias torrenciales. Su único pecado fue el optimismo. Nos hemos dado de bruces con la realidad: Las consecuencias del cambio climático, del calentamiento global, han llegado más rápido aún de lo esperado.

Este verano, entre el prolongado calor, el dolor de los incendios, los altos precios de la energía y los alimentos, algunos representantes políticos con décadas en gobierno han pretendido escabullir su responsabilidad y esconder su incompetencia en la gestión de la crisis ambiental manifestada en grandes incendios, intentando matar al mensajero, es decir, echando la culpa a los ecologistas. Pero los mensajeros llevamos décadas advirtiendo y proponiendo soluciones para lo que estaba y está por venir.

Aunque es algo evidente, conviene recordar que las temperaturas extremas y los altos precios de la energía no tienen las mismas consecuencias para toda la población ni para todas las empresas. Los 4,5 millones de personas que viven en situación de pobreza energética (por ahora), no necesitan leyes que les indiquen a qué temperatura pueden tener su hogar. Su consumo se reduce por la vía de la necesidad, de hecho ya viene sucediendo hace algunos años, calefacciones y estufas apagadas en pleno invierno en muchos hogares.

Esta necesidad ahora es de todos aunque tu bolsillo se pueda permitir tener tu casa a 22º todo el año. Se ha dicho por activa y pasiva los beneficios de reducir el consumo energético, los repito una vez más: ahorro en la factura la individual, la de empresas y la de instituciones, es decir, ahorro colectivo e individual. Disminución del daño ambiental por emisiones lo que contribuye a un aire más limpio y por tanto, mejor salud del planeta y de las personas. También contribuyes a que tu país tenga menos dependencia energética de otros países y finalmente a mejorar la disponibilidad de energía para otros. Estos beneficios son incuestionables, incluso creyendo que la Tierra es plana, que el cambio climático no existe y que los recursos fósiles son infinitos.

Decía al comienzo de este escrito que el debate veraniego de corbata y luz en los escaparates me parecía ficticio porque precisamente por todos esos beneficios incuestionables y la necesidad global, la reducción de nuestro consumo energético es una cuestión ética, de compromiso con la sociedad en la que se vive y hasta diría que de patriotismo, independientemente de la credibilidad que te merezca el Gobierno de turno.

Dicho esto, creo necesario poner encima de la mesa un tema importante que ha quedado escondido tras los chascarrillos: la energía que se desperdicia. Las viviendas y oficinas son las responsables de alrededor del 40% del consumo energético en España y solo el 1% de los edificios en nuestro país se pueden considerar eficientes. Todos los días se anuncian líneas públicas de ayudas para la rehabilitación energética pero como he señalado anteriormente, hay varios millones de personas que carecen de un colchón mínimo para acometer, aún con ayudas públicas, una rehabilitación energética de su vivienda o de realizar esa inversión para su empresa. Si estas medidas regulatorias de temperaturas que se anuncian solo se quedan allí y no se establece cambios estructurales de modelo que prioricen decididamente por la autogeneración de energía, la mejora de la eficiencia energética, la creación de comunidades energéticas y la respuesta especial para esas familias y empresas que no disponen de colchón que les pare cada golpe energético, las medidas se quedarán, una vez más, en un maquillaje verde y un entretenido debate veraniego.

La vida está cambiando mucho más rápido de lo que lo hacen las políticas tradicionales ancladas en soluciones del siglo pasado. Sufrimos la falta de planificación y de acción climática durante décadas y ahora toca adaptarse a golpes, como ese mal estudiante que estudia la noche de antes del examen. Los que pretenden alargar más el periodo de que nada cambie aunque alrededor cambie todo, de regirse por el calendario electoral, de falta de planificación ante la obligada transición energética que nos toca vivir, nos abocan hacia una sociedad individualista del “sálvese quien pueda”.

Con planificación, responsabilidad, ambición, orden, y toma de decisiones colectivas acordes con lo que la ciencia nos señala, podemos recalcular el rumbo, hacer de la necesidad virtud consiguiendo que los cambios estructurales necesarios para adaptarnos a los cambios del planeta mejoren la vida de todas las personas que lo habitamos. 

Etiquetas