Opinión

TRIBUNA ALTOARAGONESA

Somos lluvia en el desierto

Por
  • Alberto Fandos Portella
OPINIÓNACTUALIZADA 13/08/2022 A LAS 00:51
Ansome.
Ansome.
Belza

Me tatué esta frase hace años por su doble significado, pero sin una relación aparente con nada ni nadie. Hasta que pisé Monegros. No era mi primera vez. Pude estrenarme en su última edición previa al parón, en 2014. Con apenas dieciocho años recién cumplidos, la sensación de acudir a un desierto del que medio pueblo habla ha sido similar a la de volver casi una década después, pandemia incluida, y con unas expectativas por las nubes. Monegros Desert Festival es lo más parecido al país de Nunca Jamás de Peter Pan. 

Ese lugar tan exótico como inexplicable donde los niños no crecen, las sorpresas son continuas y la única responsabilidad es la diversión. 

El país de los Arnau. Una familia cada vez más multitudinaria e internacional cuyo requisito para formar parte no es tanto el compartir apellido sino la locura. Iluso de mí, fui con la intención de charlar con ellos. Doy por hecho que estaban dispuestos a hacerlo, pero ciertamente mis prioridades cambiaron. La música, escenografía, ambiente y buen rollo fueron los responsables.

 “La entrevista te la tendríamos que hacer a ti”, me dice el fragatino Joaquín Cabós, director del festival. Una de esas personas que te da la sensación conocer de toda la vida por su transparencia y humanidad que destaca gran afabilidad entre generaciones de veteranos y primerizos. Algo similar ocurre con Cruz Arnau, fundadora de Monegros, quien insiste en hacer lo posible “por conectar a la gente jóven con esta zona tan desconocida para muchos”. Razón no les falta. 

No nos engañemos. Podrían haberlo organizado en cualquier ciudad donde el transporte, alojamiento y logística fueran más garantía que inconveniente. De hecho, ya lo hacen. Pero eligen el pueblo. Y demuestran que sí, que sí se puede. Porque no olvidemos que Aragón -y por supuesto Huesca, salvo excepciones - es una de las comunidades españolas más afectadas por la despoblación. 

La equivocada percepción de que en lo rural no existe la misma capacidad para emprender y crecer que en lo urbano se confirma con Monegros. Y ese contagio de motivación es clave para el progreso. Porque la condena a muerte para un pueblo llega cuando se sumerge en la pasividad y ostracismo. Parafraseando a Joaquín, “las ganas superan a las excusas. Y aquí, en nuestra tierra, las empresas colaboradoras se han volcado”. Por eso, el 70% de los servicios de producción del festival proviene de la zona.

Pero Monegros no es sólo un empujón a la economía local. Como dice Cruz, “es una dosis de ilusión para comerciantes del territorio y un estímulo para promotores que en un futuro decidan organizar sus eventos en zonas que verdaderamente lo necesitan”. Un respeto. Las largas colas, bajas de última hora y dificultad en transporte y hospedaje, por mucho que algunos se empeñen en repetirlo a base de gritos, ni suenan más que los bombos de Richie Hawtin, 

Paco Osuna o Vitalic; ni brillan más que el escenario de El Row; ni vuelan más alto que el Airbus MDF. No preocuparse por ellos, siempre les quedará resignarse en la misa de 8 de Andrés Campo en la Techno Cathedral. Pero sí por algún que otro necio que intentó turbar con pinchazos un soberbio despliegue policial. El artista oscense, junto a las gestas de los Arnau han contribuido, como lo hizo Labordeta -unos a golpe de Lambada y otros a golpe de entretenimiento y creatividad- a poder decir con orgullo que era del municipio “de al lado” -en mi caso, Tamarite de Litera- al intercambiar procedencias con otros monegrinos. 

O, del mismo modo, decir que “estamos escuchando al deejay del pueblo”, haciendo referencia al propio Andrés. Sin pasar por alto su tributo a la mítica discoteca Coliseum de Almudévar en la que fue residente bajo el seudónimo ‘Dj Kuki’. 

Lejos de la provincia pasa mucho, al decir “Huesca” nos conocen por “donde la Florida” o “donde hacen Monegros”. Está la Marca España, pero también la Marca Altoaragonesa. Que llueva en el desierto puede producir un impacto ridículo la mayoría de las veces. Pero, en otras ocasiones, una simple llovizna puede hacer brotar la superficie más árida y convertirla en oasis. En Monegros Desert Festival, casi sesenta mil gotas de agua dimos vida a un paisaje desértico. Aunque nos dejó hechos polvo, en el mejor de los sentidos. Somos lluvia en el desierto. 

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