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Confirmado: llevar corbata es de derechas; no llevarla, de izquierdas

Por
  • Fernando Jáuregui
OPINIÓNACTUALIZADA 29/08/2022 A LAS 00:05
Las diputadas hicieron uso de abanicos en la sesión en el Congreso tras aplicarse las nuevas medidas de ahorro energético.
Las diputadas hicieron uso de abanicos en la sesión en el Congreso tras aplicarse las nuevas medidas de ahorro energético.
EFE

Lamento de veras escribir (de nuevo) sobre corbatas. Un tema claramente menor cuando, desde Macron a Margarita Robles, nos están avisando de un Apocalipsis otoñal que nos está amargando ya el final del veraneo. Pero es que asisto atónito al espectáculo de las dos Españas, ahora en el pleno extraordinario del Congreso de los Diputados: la mitad del hemiciclo, fiel a la consigna presidencial, acudió descorbatada. La otra mitad, es decir, la oposición, de rigurosa corbata. Seguro que había cosas más trascendentes que debatir, pero transmito la primera impresión de quienes seguíamos el pleno extraordinario que, de alguna manera, ponía fin a las vacaciones: disciplina indumentaria total (bueno, menos el ministro Escrivá) en los cuellos abiertos en la bancada socialista. Y la misma unanimidad en el encorbatamiento de PP y Vox.

Recordé los que yo creía que eran muy viejos tiempos, cuando a los universitarios se nos etiquetaba como de derechas o izquierdas en función de que llevásemos o no corbata. Y prefiero no remontarme a tiempos más pretéritos aún, cuando del ‘dress code’ podía depender incluso la supervivencia física.

Ya digo que en el hemiciclo se debatían -debatir es palabra que no refleja la superficialidad del duelo dialéctico en la Cámara Baja- temas importantes: no solo el ‘decreto ómnibus’ más controvertido y más efímero de los últimos años, el del ahorro energético, sino también la ley del ‘sí es sí’, la ley de Ciencia, la concursal... Traigo a colación el tema de las corbatas de manera no gratuita, sino para evidenciar la frivolidad en la conducta de nuestra clase política, capaz de enzarzarse ferozmente sobre si las escaparates deben apagarse a las diez o a las doce de la noche, pero incapaz de concederse una libertad indumentaria libre de adscripciones ideológicas, lo cual es un buen indicador de otras muchas cosas.

Decía Pompidou que alguien de derechas se distinguía de alguien de izquierdas en la textura y color de sus corbatas. Era una ‘frivolité’, qué duda cabe, pero evidenciaba un estado de espíritu; el hábito sí hace al monje y ahora la corbata hace al político de la derecha, y lo contrario. Lástima que este comportamiento de colegio difumine la importancia de lo que estamos debatiendo, nada menos que el futuro de nuestro bienestar, la supervivencia de un modo de vida que, nos lo dijo Macron hace dos días, se va haciendo casi imposible.

Lástima también que esta comparecencia parlamentaria extraordinaria, que abre el curso político más incierto de nuestra historia democrática, no se aprovechase para un verdadero debate sobre las opciones energéticas de nuestro país, que es algo de lo que todos discuten en cenáculos y mentideros, pero de lo que muy pocos saben en realidad: hora era, es, de ilustrar a la ciudadanía sobre emergencias sociales que se nos echan encima. Pero claro, abordar el porvenir con seriedad implica abandonar polémicas de sal gorda, simplificaciones y mixtificaciones. Mal asunto cuando se esgrimen las corbatas como espadas de la dialéctica política.  

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