Opinión

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Aprender a callarse

Por
  • Antonio Pérez Henares
OPINIÓNACTUALIZADA 11/10/2022 A LAS 00:05
Vista del Congreso de los Diputados en la primera jornada del Debate del Estado de la Nación.
Vista del Congreso de los Diputados.
EFE

Los políticos y otras gentes en cuyos oficios está el engatusar a los demás acuden a centros y especialistas que les enseñan a hablar mejor. Pero según parece no han ido nunca, con lo mucho que les habría valido, a una escuela donde les hubieran enseñado a callarse.

Los resultados están ahí. Vivimos en una inacabable inundación de palabrería que nos anega sin tregua ni respiro. Pero el exceso también les remoja a ellos y pocos hay, si hay alguno, que por hablar y hablar acaba rebozado en mierda o en ridículo. Los bocazas y los voceras, así les llaman también en mi pueblo, han aumentado más exponencialmente que la trasmisión de los virus.

Existe además un peligro mayor, que sobreviene cuando la palabra se escribe. Antes para esto se tomaba uno un tiempo y dedicaba al asunto una pensada y unas horas, tanto para expresar una idea y sus argumentos o para replicar las del otro. Pero en esto llegó lo de las redes, el twitter y esas cosas, y ahora todo tiene que ser inmediato, al instante y en, como mucho, dos líneas y un escupitajo.

El territorio, aun siento el paraíso y sueño alcanzado donde hacer sus deposiciones de todo tipo de delirantes, extremos, trastornados y anónimos embozados, ha sido también entendido como de obligada comparecencia para nuestros eximios próceres que no pierden ni una sola ocasión de salir a brindar al ruedo y si no la hay se la inventan. Y lo que hacen en muchos casos, es perder la de haberse quedado calladito.

Ejemplos hay todos los días y no hay uno solo que no haya desperdiciado el mantenerse en silencio, al menos un ratillo, y con ello no haber acabado como aquel día de Cagancho en Cartagena. Pongamos que hablo de la polvareda por una berrea de universitarios, no más que una brama consensuada de unos adolescentes entrechocando cuernos, a la que entre periodistas y políticos se le ha dado el rango de destructivo huracán de grado máximo, apocalipsis de género, claro, y cuerpo de doctrina comparable a un compendio de Descartes, Kant, Hegel y Marx juntos. Conclusión: todos venados.

No está uno para dar consejos en esto, o tal vez sí por ser consciente de haber pasado por el trance y en no pocas ocasiones, pero me atrevería en esta a decirles a quienes nos están pidiendo el voto, que esa sí que es una berrea inacabable, que antes de poner la cagadita en twitter no les importe esperar hasta el día siguiente. Y ya, si eso, y después, no decir nada sino es imprescindible y necesario. 

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