Opinión

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El horror de Halloween

Por
  • Rafael Torres
OPINIÓNACTUALIZADA 03/11/2022 A LAS 00:05
Halloween y fiesta de las Ánimas 2019
Halloween y fiesta de las Ánimas 2019
RAFAEL GOBANTES

Pese a que no hay ninguna necesidad de disfrazarse, salvo que se sea espía o comparsa pseudohistórico en los actos pseudopatrióticos de Vox, el Carnaval ofrece la oportunidad anual de hacerlo sin tener que dar mayores explicaciones, pero se ve que a algunos les sabía a poco y han abrazado entusiásticamente la mamarrachada de Halloween, ese festejo soso y absurdo, sin pies ni cabeza, que a través del imparable proceso de aculturación de nuestro país, se ha integrado de lleno en su cultura.

Los vendedores de cosas relacionadas con semejante marcianada, ya sean disfraces de medio pelo, abalorios de ultratumba, miembros amputados de plástico, telarañas de nylon o “eventos” tumultuarios, están dando palmas con las orejas por lo bien que les ha ido en ese Halloween que, encima, no es un día concreto, sino varios difusos. Cabe alegrarse por ese impulso a la industria de lo aburrido, del truco o trato ese que no se sabe qué significa ni maldita la gracia que hace, pero también entristecerse un poco por el tipo de cosas majaderas que importamos. Puede que, como algún antropólogo sostiene, ésto de las calaveras, las calabazas vaciadas, las brujas, los zombies, los cirujanos locos, la decapitaciones y la sangre a manta como motivo de juerga, se corresponda con la domesticación de los miedos ancestrales, y también puede que los chiquillos se lo pasen de miedo, nunca mejor dicho, con esas cosas, pero a lo primero se podría oponer, sin más, el buen gusto, y a lo segundo que los críos pueden disfrutar, y lo hacen, con cualquier cosa. La fiesta de Halloween, había que decirlo, es un horror, pero un horror mucho más horroroso que el que con sus cutres performances simula.

Hay ganas de pasárselo bien, pero no tantas de idear maneras más divertidas de pasárselo. Se ven grupos erráticos por las calles con los rostros pintarrajeados, masas de adolescentes deshidratados en tugurios de “promotores” sin conciencia, o, como en Sevilla, bandas de malhechores de verdad que aprovechan el embozo para sembrar el pánico de verdad a base de sirlas y navajazos. Y eso por no hablar, pues no se compagina con el tono ligero de éste artículo, de las muertes de verdad en avalanchas o de los abusos sexuales al amparo del aquelarre.

El Carnaval sabía a poco, y a nada, por lo visto, el sentido de éstas fechas, de las que ya sólo quedan en la marginalidad los buñuelos, los ramos de flores y la memoria afectiva de los que se fueron. 

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