Opinión

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El último rincón de la esperanza

Por
  • Francisco Muro de Iscar
OPINIÓNACTUALIZADA 07/11/2022 A LAS 00:23
Miembros de Cáritas Huesca se han concentrado en la plaza de Navarra.
Miembros de Cáritas Huesca se han concentrado en la plaza de Navarra.
S. E.

Hay días en que hay que dejar de la política de vuelo rasante, que protege sobre todo los intereses de los que mandan, para hablar de la política de las personas. Y muy especialmente de las personas que sufren exclusión social, las que no llegan a final de mes, las que no tienen trabajo, las no pueden pagar el alquiler ni encender la calefacción ni dar de comer a sus hijos. Los católicos celebramos este domingo el día de la Iglesia diocesana, el de las 22.988 parroquias que cubren todo el territorio español, en las grandes ciudades y en los pueblos perdidos y alejados, atendidas por 16.500 sacerdotes que cobran salarios mínimos, cuyas oficinas son un termómetro de la vida real. 

Allí están las Caritas parroquiales que atienden solidariamente cada día a todo el que demanda y necesita ayuda sin preguntarles en qué creen, sin distinción de razas ni de color. Allí nadie es forastero y todos son recibidos con la dignidad que nunca han perdido, aunque hayan perdido otras cosas. Las parroquias son lugares donde ir a rezar, a encontrarse con Dios, pero también son los lugares donde se ayuda a los vulnerados y a los vulnerables, donde acuden los que tienen hambre y sed de justicia. 

En torno a las parroquias están los más de nueve mil centros socio asistenciales que ayudan o acogen a casi tres millones de personas: las casas para enfermos crónicos y personas con discapacidad; los hogares para ancianos, muchos de ellos abandonados por sus familiares; los centros para mitigar la pobreza creciente y la exclusión social; los de menores y jóvenes; los que promueven y buscan trabajo a los parados; los hospitales y las guarderías infantiles; los centros de promoción de la mujer y de protección de las víctimas de violencia de género; los que ayudan a mujeres que ejercen la prostitución o que son víctimas de trata; los que asisten a emigrantes, refugiados y prófugos; los que atienden y dan una oportunidad de rehacer su vida a drogodependientes... También los centros para la defensa de la vida o de la familia. O centros de escucha para atender a personas en situaciones difíciles. Es una enorme labor, casi siempre callada, silenciosa, que, en estos tiempos de crisis, llega allí donde no alcanza el Estado del Bienestar. Dice el Informe FOESSA que realiza Cáritas cada año, que la exclusión social ha crecido a partir de la pandemia, que los hogares que eran vulnerables antes del COVID hoy lo son mucho más y que la pobreza extrema es otra pandemia para millones de españoles. Que, aunque hay diferencias entre autonomías, las zonas urbanas y las comunidades del sur y del este son las que sufren más la pobreza. Que los hogares encabezados por personas en paro y por personas de nacionalidad extranjera registran, en todos los territorios, las mayores tasas de exclusión social. Que los jóvenes que eran vulnerables antes de la crisis también lo son hoy más. Casi tres millones de jóvenes, especialmente mujeres. 

Que uno de cada tres migrantes llegados a España está en situación de exclusión social severa, aunque algunos mientan sin vergüenza diciendo que todos reciben grandes ayudas que se niegan a los ciudadanos. Basta darse un paseo por las parroquias, por los despachos de las Cáritas parroquiales para hacer una radiografía de la situación social y para ver quién está ayudando a millones de familias a soportar la crisis, a sobrevivir en medio de la desesperanza. Para millones de ciudadanos, españoles o extranjeros, creyentes o sin creencias, las parroquias y Cáritas son su último rincón de esperanza. De esta Iglesia también deberíamos hablar.

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