Opinión

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Gutta, gutta

Por
  • Fernando Alvira
OPINIÓNACTUALIZADA 02/12/2022 A LAS 07:05
Retrato de Proust por Jaques Emile Blanche
Retrato de Proust por Jaques Emile Blanche
Wikipedia Commons

LOS RECUERDOS se comportan con el paso los años como si tuvieran un núcleo elástico que les permitiera alargarse o encogerse en el tiempo. Permiten en ocasiones que volvamos a la infancia, aunque sea con flases puntuales producidos por un sonido, un color o un olor. Estos días que se celebra centenario de Marcel Proust autor de En busca del tiempo perdido, (otro de los que cualquiera que se considere lector, entre los que no me incluyo, ha leído obligatoriamente en su juventud dada la consideración de obra cumbre de la literatura universal) me ha parecido entender que esa es la base de su trascendental obra, en uno de esos abundantísimos espacios que dedican a la cultura los medios de comunicación.

No podría competir con el escritor galo en recuerdos infantiles dado que el caldo de cultivo de nuestras infancias resulta diametralmente opuesto. Pero es cierto que con el mencionado paso de los años vuelven mis recuerdos, si no de magdalenas que las veíamos más bien poco, de algunas frases latinas. Nulla dies sine linea es una de las más antiguas con las que nuestros educadores igual casi de antiguos que la frase, nos bombardeaban con escasa piedad en los años del bachillerato. Ningún día sin una línea. Pensad que los grandes resultados no se consiguen por casualidad ni de repente sino con el trabajo constante, con el esfuerzo diario.

La no menos reiterada Gutta gutta cavat lapidem gota a gota se perfora la piedra, extraída de un poema de Ovidio que Giordano Bruno amplió para los renacentistas con su Sic homo doctus fit non bi, sed saepe studendo, así el hombre no se hace sabio por la fuerza sino estudiando frecuentemente, venía a incidir en esa necesidad del trabajo cotidiano predicada a cualquier hora de las muchas que había que dedicar al estudio. En las que flaqueaban las ganas, mire usted, pese a que la ascesis reinante y obligada de la posguerra hacía que las distracciones solo pudieran venir de dentro, de la imaginación de cada cual, esa bautizada por la escritora Teresa de Jesús como la loca de la casa. La imaginación tuvo que llenar muchos momentos de nuestra juventud dado que los enajenamientos externos brillaban si acaso por su ausencia.

La escasez de la radio, servida y seleccionada con cuentagotas, la inexistencia del televisor y el móvil que en el caso del primero balbuceaba y el del segundo aún tardaría décadas en llegar, impedían a aquellos bachilleres de los años cincuenta, sobre todo en el internado, indagar en esos otros mundos que parecen ser los que albergan las vidas de un porcentaje notable de los actuales estudiantes entre los once y los quince años… Como mucho sesiones de música clásica con los espectaculares bafles de Vieta que causaban en nosotros simétrica sensación de grandeza que las notas del segundo concierto para piano de Racmaninoff que atronaba el espacio del aula convertida en auditorio.

La proclamación casi diaria como modelos de aquellos que consiguen el éxito en el corto periodo de tiempo que va de la infancia a la juventud, se ha convertido en el paradigma de las generaciones más jóvenes que parecen querer echar por tierra cualquier posibilidad de formación a través de un trabajo constante y diario y a mayor plazo que los veintitantos primeros años de la vida. El tremendo esfuerzo que realizan los triunfadores queda solapado por el diluvio de imágenes victoriosas de sus éxitos en todas las pantallas que han pasado a ser su nueva realidad.

Gran parte del espacio vacío de los medios de comunicación y las redes sociales se llena de contenido no menos vacío que exalta los triunfos conseguidos sin aparente esfuerzo; aunque todos sepamos que ninguno de los Nadales o los Mesis se han convertido en los números uno de su especie por una aparición de la Virgen de Lourdes una mañana de primavera. Los que no salen tanto en las pantallas pero han conseguido ocupar puestos de altura en la investigación de cualquier ciencia o actividad humana, como los grandes atletas, han pasado sin excepción por el nulla dies sine linea y el gutta gutta cavat lapidem que han sido mi magdalena proustiana de estos días atrás… Solo me hace dudar de la necesidad del trabajo diario para llegar a la cima la visión de algunos políticos que ocupan elevados puestos. Pero son excepciones; muchas, pero excepciones…

Creo que no estaría de más que algunas líneas, de las abundantes que tienen parece ser las pantallas, se dedicaran a hacer caer en la cuenta a los niños y los no tan niños lo importante que es para alcanzar un desarrollo personal el esfuerzo continuado y el trabajo diario. Evitarían muchas decepciones.

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