Opinión

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La política se incendia aún más que los bosques

Por
  • Manuel Campo Vidal
OPINIÓNACTUALIZADA 20/12/2022 A LAS 00:05
Vista del incendio de Laspuña, este domingo.
Vista del incendio de Laspuña este verano.
S. E.

En situaciones tan tensas como las que estamos viviendo en la política española, es cuando más se echa en falta a personajes inteligentes y brillantes como Alfredo Pérez Rubalcaba, que se nos fue prematuramente; o Miquel Roca Junyent, que por fortuna sigue disponible para la razón y el “seny” en Barcelona, aunque no lo tengan en cuenta los nacionalistas que ignoran la advertencia de Pedro Sánchez de que “el procés ya acabó”; o incluso Joan Manuel Serrat, que acaba de retirarse cuando más lo necesitamos.

Recordé a Rubalcaba cuando celebrábamos la pasada semana en Culleredo (Coruña) el Foro Next sobre “la lacra de los incendios” analizando las causas de la proliferación de siniestros forestales que el pasado verano asolaron España y el mundo con una virulencia inusitada. Escuchábamos a expertos y testimonios, pero la mente la teníamos dividida entre los incendios allí analizados y el fuego inquietante que ardía intensamente en las Cortes donde por unas horas “nos asomamos al abismo”, según un alto cargo de Presidencia del Gobierno.

A la pregunta de qué hace un profesor de química en la política, Rubalcaba, en la grabación del documental “40 años de democracia” (Canal Historia y TVE) nos había dicho: “Desde la tribuna de oradores yo veía el hemiciclo como la tabla periódica de los elementos; allí había gases nobles y también tierras raras; los metales, que eran los míos, un grupo de gente moderada, maleable, dúctil, brillante por momentos. Y luego había los que no se llevaban con nadie; y diputados hiperactivos. La química funciona como la vida”.

Siguiendo la ingeniosa comparación de Rubalcaba, que veía el hemiciclo como la tabla periódica, lo que estamos viviendo en España, y en el mundo, permite ver el Parlamento como un teatro de incendios devastadores en jornadas cada vez más dramáticas. España no es Perú, por fortuna; ni tampoco su Parlamento ha sido asaltado por airados ultraderechistas como el Capitolio. Pero sí fue escenario de un golpe de estado con el guardia Tejero, pistola en mano, hace cuarenta años. Ahora proliferan comparaciones arriesgadas con aquel lamentable atentado que no hacen más que avivar el fuego amenazante.

“Hay que distinguir entre fuego, incendio y emergencia”, explicaba en el Foro Next Educación el profesor Juan Picos. Pues en el hemiciclo estamos con un grave incendio que roza la emergencia.

“El incendio de Siberia, iniciado en mayo, aún dura”, advirtió Mayte Zaitegui-Pérez, de la Fundación Europea del Clima. Pues el del Congreso español es aún más largo, porque se inició al principio de la legislatura cuando Vox calificó de “ilegítimo” al Gobierno de Pedro Sánchez y el PP de Pablo Casado se sumó al coro.

“La despoblación rural es el gran problema de los incendios forestales”, afirmó Valentín Gonzalez Formoso, presidente de la Diputación coruñesa, “porque el abandono significa descuido en la prevención”. En paralelo, la desinformación general, producto de la manipulación informativa, lleva al descuido de la formación democrática de la ciudadanía que asiste preocupada, pero inerme, a la confrontación de los poderes legislativo y judicial que vivimos en estas fechas.

“Siempre hubo incendios pero antes en Galicia no se quemaban las casas, como ahora sucede”, advirtió el bombero Peter Brea. “Este verano enviábamos una unidad a un pueblo, para defenderlo y el fuego llegaba antes que nosotros”. Esa misma aceleración del incendio parlamentario es la que amenaza ahora la convivencia y la propia Constitución del 78 que los extremos políticos cuestionan. ¡Que no se queme la democracia a manos de pirómanos extremistas!. 

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