Opinión

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Dos discursos y demasiadas guerras

Por
  • Francisco Muro de Iscar
OPINIÓNACTUALIZADA 26/12/2022 A LAS 00:05
El Papa Francisco, presidiendo la misa de Nochebuena.
El Papa Francisco, presidiendo la misa de Nochebuena.
EFE/ RICCARDO ANTIMIANI

Aunque a algunos siempre les parezca poco, el Rey Felipe VI puso el día de Nochebuena el dedo en los problemas que tiene España en estos momentos, el principal de los cuales es una crisis institucional profunda que pone en riesgo no solo la propia monarquía, sino la democracia. Es cierto que no señaló culpables con nombre y apellidos -no tocaba- pero quien siga de cerca todo lo que está pasando sabe quienes son los irresponsables, quienes están poniendo en peligro la democracia y a donde nos conducen a los ciudadanos. 

El Rey habló de la imperiosa necesidad de diálogo y entendimiento, de fortalecer las instituciones y no debilitarlas, de que una sociedad dividida y enfrentada -artificialmente y por motivos de interés partidista- “no avanza, no progresa ni resuelve sus problemas, no genera confianza”. Felipe VI que se refirió a los dos pilares que nos deben guiar, Europa y la democracia, pidió a los políticos colaborar de forma leal, con respeto a la Constitución y a las leyes y ser un ejemplo de integridad y rectitud. Le faltó añadir algo: “Todo lo que no están ustedes haciendo, señores del Gobierno y de la oposición”. Pero no hacía falta ser tan concreto ni ese el terreno en el que, afortunadamente para nosotros, juega el Rey. Lo que hace falta es que quien tenga oídos para escuchar, escuche y quien tenga capacidad de reflexionar, lo haga. 

No vamos por buen camino, no se puede permitir la erosión continúa de las instituciones, no vale el abuso de poder, no vale cerrar todas las puertas, no es bueno el encarnizado deterioro de la convivencia. El Rey hizo hincapié en la necesidad de acabar con la guerra en Ucrania y de tener unas instituciones europeas fuertes. 

En el otro “discurso” del día, la homilía del papa Francisco en la misa del gallo, también estuvo presente el enfrentamiento entre los hombres, sobre todo entre los que mandan, y las guerras que lo destruyen todo. “Mientras los animales en el establo consumen la comida -dijo el pontífice-, los hombres en el mundo, hambrientos de poder y de dinero, devoran de igual modo a sus vecinos a sus hermanos. ¡Cuántas guerras! En tantos lugares del mundo todavía hoy, la dignidad y la libertad se pisotean. Y las principales víctimas de la voracidad humana siempre son los frágiles los débiles”, denunció el papa. 

“Una humanidad insaciable de dinero, poder y placer”, añade Francisco, “no es capaz de ver lo que saca a relucir el humilde pesebre”: “Las verdaderas riquezas de la vida: no el dinero y el poder, sino las relaciones y las personas”. Algo deberían hacernos reflexionar estos dos discursos para cambiar lo que está pasando en España, en Europa y en otros muchos lugares del mundo. Entre nosotros, diálogo y entendimiento, respeto a la ley, esfuerzo por construir un país mejor. Fuera, compromiso para acabar con las guerras y el hambre en el mundo. 

Además de Ucrania, que nos pilla tan cerca, están Siria, la guerra inacabada; Yemen, uno de los países más pobres del mundo; Afganistán, donde el terror de los talibanes, a los que Occidente entregó el poder, deberían sobrecogernos; Irán donde las mujeres luchan por su libertad y el Gobierno mata y expone públicamente sus asesinatos; Etiopía; la República Centroafricana, Israel y Palestina... Casi siempre todo esto es un negocio para unos pocos y la condena al desplazamiento o a la muerte para los más indefensos. ¿Hay razones para la esperanza? Tendremos que forzar nosotros, cada ciudadano, cambiar los equilibrios efímeros sobre los que algunos se sustentan y abrir la puerta al diálogo, a la reflexión, al final de las guerras, de todas las guerras. Nos merecemos unos políticos responsables y un mundo mejor. Sobre todo se lo merecen todos aquellos cuya vida, hoy y aquí, no vale nada. l

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