Opinión

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Adiós 2022

Por
  • Antonio Casado
OPINIÓNACTUALIZADA 04/01/2023 A LAS 00:05
Vista general del Congreso de los Diputados durante la sesión de este jueves.
Vista general del Congreso de los Diputados.
E.P.

ENTRE la reconquista de la calle tras el encogimiento por Covid y las insoportables cifras de la violencia machista, pasando por la cancelación de Vasile o la ruptura de Vargas Llosa con Isabel Preysler, ha llovido mucho. Dentro y fuera de España. Dentro, pista para Sánchez el desenterrador. Y fuera, la guerra de Ucrania.

No bastaba desempolvar manuales del siglo XX para entender el revival imperial de la Rusia en modo Putin. Preferimos los informes económicos sobre el impacto de la invasión de Ucrania y las presiones inflacionistas. A la espera de un desenlace con la mosca detrás de la oreja, que es la voz del experto militar: “Ninguna guerra acaba en tablas. Y las que se cierran en falso vuelven a revivir” (Rafael Dávila, general de División). El año de la “inteligencia artificial” (palabras del año, según la Fundación del Español Urgente) nos deja miles de artificiales historias cosidas a la figura del presidente del Gobierno. España fracasó en el Mundial de Qatar, pero Pedro Sánchez fue el máximo goleador en el interés de los finos analistas y chispeantes tertulianos.

Sin duda, fue la estrella política de 2022. Un día de noviembre Sánchez dijo que pasaría a la historia por haber sacado de su tumba al general Franco, aunque hoy por hoy su obra cotiza a la baja en el mercado de la credibilidad. Entre otras cosas por desmentirse a sí mismo al poner las páginas del BOE a disposición del independentismo catalán.

Durante el año agonizante, Sánchez polarizó la vida política nacional permitiendo que en ella encontrarán su postura la malversación del espíritu de la Constitución (el enfrentamiento se impuso al consenso), la presencia de los objetores del Estado en la ecuación de poder y el asalto de los partidos políticos a las instituciones.

Frente a los riesgos de esas nubes negras no hay mejor terapia que los llamamientos a la paz institucional formulados en el reciente mensaje navideño de Felipe VI. Pero no parece que el primaveral recambio de Pablo Casado por Alberto Núñez Feijoo en el liderazgo del PP haya servido para cancelar la peligrosa deriva del Gobierno hacia la política asociativa de Sánchez con los grandes objetores del Estado.

Y eso explica la insensata polarización que marcó la vida política de 2022. Con absurdos episodios de bloqueo institucional como el que afectó al Tribunal Constitucional y el que aún afecta al CGPJ. Por supuesto, siempre coreados desde las trincheras mediáticas de los “hunos” y los “otros” (ay, don Miguel). O con episodios directamente surrealistas, como la estúpida bronca en torno a la Ley de Memoria Democrática (en el BOE desde el otoño), donde unos decían que la había redactado Eta, mientras los otros sostenían que solo es una forma de blanquear el régimen “neofranquista” del 78. ¡Cuánta irresponsabilidad!

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