Opinión
Por
  • Félix Rodriguez Prendes

La alegría

El paso del Jesús Atado a la Columna a su paso por el Coso Alto.
El paso del Jesús Atado a la Columna a su paso por el Coso Alto.
Verónica Lacasa

ESTA semana, contra todo pronóstico, podríamos bautizarla como una semana de alegría, porque termina en la máxima alegría que podemos disfrutar como creyentes: Cristo ha Resucitado. Mi corazón está repetidamente reparado. Primera constatación: este reparado corazón que sigue latiendo continúa siendo un corazón fundamentalmente amador, es un corazón cuyo principal trabajo es amar y ama explosivamente; ya le dije al cirujano, que me puso el marcapasos, que se cerciorara de que los cables eran antincendio porque mi corazón normalmente está ardiendo.

O sea que estamos en una semana de fiesta, a mí me gusta celebrarlo todo. La fiesta es una celebración de la existencia que tiene lugar gracias a los otros, pero se necesita que esa relación que permite la existencia de la fiesta sea fruto de la paz, la armonía y el respeto porque aunque la fiesta solo puede ser comunitaria, esa relación de paz y respeto la transforma en una unidad.

La fiesta, contrario a lo que se cree, no es una evasión de la realidad, es un intento de conocer la vida y afrontarla tal como es, en toda su riqueza. En nuestro caso merece la pena hacer fiesta por existir, porque el Señor nos ha llamado a la vida, por todo lo que continuamente y sin cansarse nos regala; gracias a eso hacemos fiesta con los que el Señor ha puesto a nuestro lado, realmente celebramos que somos amados; por eso no se concibe una fiesta solitaria. El poeta alemán Shiller empieza su Oda a la alegría diciendo:” La alegría es bella chispa divina”. Thomas Merton nos ilumina en cómo hemos de vivir el espíritu de la fiesta: “Vivir con consciencia verdadera la vida centrada en el Otro y perder la seriedad de la autoimportancia es, así, vivir la vida como una música en unión con el Músico cósmico. Es solo a Él a quien se debe tomar seriamente, y tomárselo seriamente es encontrar alegría y espontaneidad en todas las cosas y, así, todo se transforma en don y gracia”. Las razones de la alegría, que pueden ser razonables tienen, sin embargo, su origen en el corazón. Los fundamentos de la alegría, de la alegría profunda, la que va más allá de la sonrisa, son la fe, la esperanza y el amor; eso hace que nadie puede garantizar la duración de la alegría: la fe no es un seguro, puede vacilar; la esperanza, como dice Bernanos, es un acto heroico del alma, solo espera quien tiene el valor de desconfiar de las desilusiones y de las mentiras. La esperanza es la situación del acto de espera y mientras uno espera aún puede salvarse. Cuando existe conjunción de fe, cuando uno espera y cuando uno es amado incondicionalmente, tiene un corazón alegre; sin que eso quiera decir, que uno se evada del mundo que le rodea, al contrario; la única forma de luchar contra esta ola de depresión y pesimismo que nos rodea es, yo diría que obligatorio para los cristianos, ayudar a encontrar sentido a la vida, cuidar y proteger una alegría sana y fuerte.

La expresión plástica de la alegría, además del brillo de los ojos, es la risa. Cuando daba clase de filosofía, refiriéndome a esto, les decía a los seminaristas que Friedrich Nietzsche afirmaba que “el hombre padece tanto en este mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”, es decir que quien está demasiado atado a la realidad o a sí mismo no es capaz de reírse, no puede estar alegre. Pidamos al Señor que no nos permita olvidar que aunque estamos en este mundo, no somos de este mundo y riamos. ¡Feliz Pascua de Resurrección!