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Rosita Sierra Girón: "Por ganar mi primera 'Jean Bouin' me dieron de premio una lavadora"

Fue precursora junto a un grupo de compañeras del atletismo femenino en Monzón en los años sesenta

Rosita Sierra Girón: "Por ganar mi primera 'Jean Bouin' me dieron de premio una lavadora"
Rosita Sierra Girón: "Por ganar mi primera 'Jean Bouin' me dieron de premio una lavadora"
F.J.P.

ESTE año se cumple el 75 aniversario del Centro Atlético Monzón (hoy, Hinaco-CAM). En el historial abundan las figuras masculinas y femeninas, si bien las segundas tardaron en aparecer porque en los años cuarenta y cincuenta la Sección Femenina del régimen franquista no dejaba mucho vuelo a las mujeres en el campo deportivo, y menos en el del atletismo.

En los albores de la década de los sesenta, una cuadrilla de chavalas más que adolescentes se acerca a las pistas del campo de fútbol "La Arboleda" (el primer estadio atlético) y la portavoz le explica a Ernesto Bribián, el jefe del CAM, que quieren probar, que desean correr, saltar y lo que corresponda.

Excusando las omisiones, aquí van algunos nombres: Angelines Ascaso, Marisa Tena, las hermanas Gálvez, Rosita Sierra, Pilar Moracho, Isabel Blanc, Montse Beltrán, Marisa Martínez y Nieves Achearandio. Bajo la tutela de Bribián y Pascual Zapatero "Pascualín", empiezan a trabajar. En "La Arboleda" están cuatro días, pues en 1962 toma cuerpo la anhelada pista de ceniza (muy digna, pero "coja" por el perímetro de tan solo 300 metros).

Del citado elenco, Rosita Sierra fue la que enseguida despuntó y la que más tiempo estuvo en activo (hasta 1969). "Empezamos tarde, con 17 o 18 años -cuenta-. Bajamos a la pista por curiosidad y por romper la rutina. No teníamos ninguna experiencia. En el colegio solo habíamos hecho gimnasia alguna vez con una tutora de la Sección Femenina, y con el uniforme puesto. Bribián nos dio las indicaciones básicas y empezamos a correr. Pascualín se encargaba más de los saltos y lanzamientos".

El caso es que Rosita, que trabajaba en la Cooperativa Santiago Apóstol, se enganchó al atletismo hasta el punto de que iba a la pista a las ocho de la mañana para entrenar una hora antes de cumplir con sus obligaciones. "Yo lo resumo así: correr me gustaba, salía de lo cotidiano, que era pasear de puente a puente o ir al cine, y la competición me permitía viajar. También resultó importante conseguir marcas y medallas".

El asunto de viajar merece mención aparte: la tenía que acompañar su padre porque en aquel tiempo una mujer no podía andar sola por esos mundos de Dios. "Menos mal que él estaba contento con lo que yo hacía y me animaba -explica-. Fuimos pioneras, y también quiero añadir que alguna "cosa" nos tuvimos que oír en el pueblo, pues estábamos en pantalón corto junto a los chicos…".

Conforme pasaron los años, la regla de la obligada compañía de un familiar en los viajes se relajó. Por otro lado, si Rosita competía con el club, el autobús era el mismo para hombres y mujeres, y si acudía a una concentración del equipo nacional (en el que de Aragón solo estaban dos de Zaragoza y ella), la representante de la Sección Femenina hacía de "controladora". Además, en 1965 pasó a residir en Barcelona, "donde había muchas más atletas". Entre risas, señala que el atletismo le ha costado dinero "por la gasolina".

En 1963, cuando Rosita llevaba pocos meses entrenando, se convocó el I Campeonato de España Femenino, en Barcelona. Acudió y se trajo dos medallas: la de plata de 200 y la de bronce de 100. Con humildad, resta importancia a los primeros éxitos "porque en el país de los ciegos el tuerto es el rey". Sin embargo, los anales la contradicen: medalla de oro en 400 m en el Nacional Femenino de 1964, vencedora de la prestigiosa carrera "Jean Bouin" en 1965 (con dorsal del CAM) y, un tiempo después, primera española en bajar del minuto en los 400. La montisonense recuerda: "Por ganar la "Jean Bouin" me dieron de premio una lavadora. Luego repetí triunfo en 1968 y me llevé una radio. Ya vivía en Barcelona. Trabajaba en Telefónica y corría con el Club Universitario. Al cabo de un año lo dejé. Me resultaba muy difícil compatibilizar el trabajo a turnos partidos con el entreno".

Rosita todavía recuerda el primer consejo de Bribián: "Tomáoslo en serio pero divertiros un poco". Para ella, la práctica del atletismo fue eso: buen estado de forma, amigos, diversión y conocer mundo.

Insiste en la idea: "No voy a esconder que cuando me retiré ya me empezaban a pesar los años y subían rivales con mucha fuerza. Pensé que la experiencia había sido muy positiva y que se cerraba una etapa de mi vida. Yo vivía al lado de la Sagrada Familia y la Ciudad Universitaria me caía muy lejos. Si no iba a hacer las cosas bien, era mejor dejarlo. La vida siguió y en 1971 me casé".

Desde hace unos años, Rosita vive en Monzón. Si se le pregunta por una figura del CAM, nombra a Javier Moracho, y aclara que por dos razones: por los triunfos en las pruebas de vallas y porque es su sobrino. Como cualquiera, se emocionó con la medalla de bronce de Eliseo Martín en el Mundial de París de 2003. ¿Algún nombre de mujer? Y cita dos: Nuria Sierra, con la que no tienen parentesco, y Sandra Peinado, su sobrina nieta, "que acaba de empezar".

Hay relevo, pues.

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