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Carmen Ascaso Ciria: “Llevo años viendo preciosidades escondidas en sustratos de Atacama”

La profesora de Investigación del CSIC ha dedicado buena parte de su trabajo al estudio de microorganismos en el interior de rocas en el desierto

Carmen Ascaso Ciria: “Llevo años viendo preciosidades escondidas en sustratos de Atacama”
Carmen Ascaso Ciria: “Llevo años viendo preciosidades escondidas en sustratos de Atacama”
S.E.

Carmen Ascaso Ciria, estos días como miembro de Voluntarios por Madrid, atiende llamadas de personas mayores que lo están pasando mal por la pandemia del coronavirus. Y es una labor que se ajusta muy bien a esta científica, bióloga, microscopista y liquenóloga oscense, por su trato cercano, afable y siempre dispuesta a ayudar.

Profesora de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en la actualidad "ad honorem", Carmen Ascaso (Castillo de Pompién, 1949) ha desarrollado una brillante carrera profesional que sigue en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Le han ayudado en este camino "apasionante" su "perseverancia aragonesa, fuerza de voluntad" y también su "creatividad", determinante para "no estancarse". Y, desde luego, no se quedó parada en su labor de detectar microorganismos dentro de las piedras, campo en el que su grupo desarrolló estrategias que llevaron a descubrir lo que la NASA no hallaba, vida en el desierto de Atacama (Chile).

Su personalidad se fue formando basada en una niñez feliz en Castillo de Pompién, época de la que guarda en el recuerdo juegos, el Cinexin y los cuentos. Vivió luego en la calle Espinosa de los Monteros de Huesca, desde donde iba a Santa Rosa -en el Cosos Bajo entonces-, hasta que sus padres cambiaron su residencia a Quinzano y ella siguió sumando experiencias como interna en el colegio. Continuó sus estudios en el Instituto Ramón y Cajal ya decantada por las ciencias que era lo que realmente le gustaba, y tras el "mal trago" de preuniversitario en Zaragoza inició sus estudios en esa ciudad, que luego le llevarían a la Universidad de Navarra, donde sí podía hacer Biología y donde coincidió con quien es su marido, Ernesto.

Sus primeros pasos laborales los dio como profesora en las Dominicas y Carmelitas de Zaragoza y después en el Instituto de Cariñena, una labor que reconoce que su garganta no hubiera aguantado muchos años. Ya casada, su marido y ella pidieron becas para el CSIC y la suya fue en el Instituto de Edafología Y Biología Vegetal, muy reconocido pero en el que no avanzaba en su materia, los líquenes. "Nadie me enseñaba mucho sobre prepararlos para el microscopio electrónico y me tuve que espabilar", así que se fue a la Universidad Marie Curie de París, donde los conocimientos que recogió en un mes los desarrolló sola y, en menos de tres años, terminó su tesis. Su formación, al igual que la de su marido, siguió en Bélgica, ella también en Alemania, y volvieron en busca de las posdoctorales.

Había 10 becas y, por el puesto que ocupaban, ambos iban a obtener una. "Pero un señor dijo que como estábamos casados con que se la dieran a él...". Finalmente no sucedió así, pero a Carmen esta anécdota le recuerda que "el camino de la vida, en España y en el mundo, siempre ha estado muy poco abierto a las mujeres". El contrato le llegó ya embarazada de su primera hija, Marta, y tuvo a Jorge tres años después -se recuerda paseándolo en sillita y con los apuntes-. Tras superar dos oposiciones, en medio del "guirigay" que era entonces su hogar, obtuvo el nivel de Profesora de Investigación.

Se siente afortunada del grupo que fue formando, que se inició con el estudio de alteración de las rocas por líquenes y que desvió pronto al aspecto biológico de estos organismos. Estudió primero los líquenes y su erradicación en piedra natural (por ejemplo en canteras de las que se ha construido mucho en Madrid) y pasó a roca monumental, con actuaciones con biocidas en el Monasterio de los Jerónimos (Portugal) y la catedral de Segovia, entre otros muchos.

Pero el campo que más ha ocupado al grupo es el estudio de microorganismos en el interior de las rocas en el desierto: la fría y seca Antártida y, principalmente, el muy caluroso Atacama, donde ella ha viajado con tres expediciones. "Como sabíamos mucho de lo que ocurre encima de la roca no nos costó meternos dentro", explica. Allí la NASA buscaba sin éxito vida, en relación con Marte, hasta que el grupo de Carmen la halló. El secreto es "saber reconocerlo", sintetiza, por eso el lema de su grupo es "conocer para reconocer". "Hay muchas cosas que desconozco -continúa- pero en hallar microoganismos dentro de las piedras en mi grupo somos unos cracks". Y lleva ya 30 años "viendo cosas preciosísimas escondidas en distintos sustratos de Atacama".

La técnica que pusieron a punto para ver en el interior de rocas sin tener que movilizar el microorganismo que está dentro, les llevó hasta el meteorito marciano que llegó a la Tierra hace 13 000 años. Ella recuerda que estaba en agosto en Alicante, soportando mucho calor, cuando desde una cabina telefónica le dijo sí al colaborador de la Nasa Imre Friedmann que le estaba proponiendo analizar un pedacito del ALH84001 y que, posteriormente, él mismo llevaría a su casa en un tubo en el bolsillo interior de su americana.

Lo que hallaron fue "cadenas de partículas que se asemejaban mucho a las que se encuentran en bacterias terrestres", y sin disgregar el meteorito. "Friedmann siempre dijo que piano tiene mucha gente pero que pocos saben tocarlo bien", resume. El trabajo, en el que hablaron de "indicios", tuvo una grandísima repercusión, y "aunque todos han dado su punto de vista, ninguno ha publicado otra cosa. Demuestra, demuestra -enfatiza-; hay algunos que son simplemente opinadores", apostilla.

"Hemos trabajado y publicado mucho -más de 200 artículos-, encontrado microorganismos en todo y somos muy felices", concluye.

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