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Eduardo Cajal Marzal: Frente a frente con la vida y sus ilusiones

"Cuando te enfrentas a tus ilusiones es cuando de verdad aprendes"

Eduardo Cajal Marzal: Frente a frente con la vida y sus ilusiones
Eduardo Cajal Marzal: Frente a frente con la vida y sus ilusiones
S.E.

HUESCA.- Eduardo Cajal Marzal nació el 22 de octubre de 1956 en Fraella, para alegría de sus padres, Isabel y Eleuterio, y ante la sorprendida mirada de su hermano, Adolfo. La economía familiar se sustentaba en la ganadería y en un pequeño taller de confección que montó Isabel, donde enseñaba a muchas chicas el oficio de modista. Además, Eleuterio abrió una carnicería y distribuía productos por los pueblos de alrededor.

A pesar de todos estos emprendedores negocios, el matrimonio decidió trasladarse a la capital para que los chicos pudieran estudiar. Eduardo tuvo que dejar atrás su maravilloso pueblo y la escuela con su encantadora maestra Esperanza, de Loarre, y adaptarse a las filas, la disciplina y las dimensiones de su nuevo colegio, Salesianos, que en comparación le parecería una auténtica "locura".

Tuvo amigos a puñados, con los que jugó a todo. Después de ver la película de vaqueros el domingo por la tarde, se ponían los sombreros y "galopaban" por todo el pueblo emulando las mejores escenas. "Aquello era una fiesta", asegura. O formaban montones de tierra para crear pistas y disputar careras con sus cochecitos de lata o plástico. Hacían cabañas entre las pacas de paja y barro, cogían cangrejos y se los comían luego con tomate, vestía una camiseta parecida a la del Rayo Vallecano a las órdenes de un entrenador al que llamaban "Madriles" y jugaba al escondite por las calles del barrio. "¡Tres marinos en el mar! ¡Y los tres en busca van1", proclama Eduardo, con el mismo entusiasmo de aquellos días pero ahora ya con la voz de un adulto.

Después, un poco más mayor, se divertían jugando al "Nueve", el billar, las damas o el ajedrez. Nombra a tantos amigos que este espacio podría parecer un listín de teléfonos.

Las vacaciones se repartían entre muchos escenarios. "Mis padres nos enviaban para hacer "un cambio de aguas" a ver si engordábamos", y así pasaban temporadas en Carcastillo, con sus tíos  José y Victoria, en Sabiñánigo, con tía Santas y tío Ángel, en la Torre del tío Ramón y la tía Orosia, en Casetas, con tía Cruz y tío Domingo, o iban a Rasal, a casa de los abuelos. "Engordábamos como olivas", se ríe.

Estudió Bachillerato en la Residencia Provincial y allí encontró "una escala más humana" y comenzó a prepararse para un oficio, que después desarrollaría en Zaragoza. Se formó como maestro tornero, pero allí también se dio cuenta de que el arte era su camino y de que era feliz desarrollando su creatividad.

Asegura, sin embargo, que las mejores enseñanzas las encontró "en la vida" y después de trabajar en varios lugares montó su propio taller de herrería. Ha llevado a cabo interesantes proyectos, ha expuesto y dirige un taller artístico y terapéutico para personas con discapacidad intelectual en Valentia. "Cuando te enfrentas a tus ilusiones es cuando de verdad aprendes", afirma.

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