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La Litera: contraste y frontera

Por
  • Paco Paricio (Titiriteros de Binéfar)
OPINIÓNACTUALIZADA 23/04/2021 A LAS 17:29
Paco Paricio: "Buscamos que el público se transforme con las actividades"
Paco Paricio
S.E.

Siendo yo muchacho, hacía con los amigos la excursión desde Binéfar al Puente Perera, un acueducto del canal cerca de San Esteban de Litera. Aquel paraje representaba el más allá, el paradigma de la aventura. Allí, además de contemplar el agua elevada cruzando la carretera, entonces polvorienta, y visitar la casilla del responsable del canal, padre del amigo Pepe Peyrón, nos encaramábamos por las peñas buscando rastros de animales, señales de esa vida natural y fantástica tan cercana y, a la vez, tan sugerente y tan maravillosa. En aquellas excursiones aprendí a recoger por las empinadas cuestas el té de roca, después he sabido que se llama también té de Aragón. Sigue siendo muy interesante visitar el Puente Perera que es, como digo, un acueducto del canal y aprovechar para ver, en ese mismo municipio, el tramo subterráneo del río Sosa, un lecho de piedras debajo del cual transcurre el río, y acercarse después al merendero a descansar.

La Comarca de la Litera es rica en parajes variopintos, rabiosamente mediterráneos, todos dispares y sugerentes, fronterizos entre el llano y la montaña, entre lo cultivado y lo salvaje. Tal vez sea ese concepto fronterizo y contrastado lo que más defina esta tierra. Pues en todo somos frontera, frontera de regiones, frontera de lenguas, frontera de oficios e iniciativas.

Muy cerca de San Esteban está el despoblado de Rocafort, allí me acercaba también con los amigos, alguno de los cuales conocía historias de los antiguos pobladores que relataba en la puerta de la iglesia abandonada, después supe que se atribuyen también a Pedro Saputo. Rocafort lleva nombre de un caudillo almogávar al que cita Ramón J. Sender en su novela Bizancio. Sender también habla en esa misma novela de otro almogávar con el nombre de “Binéfar”, un mercenario viajero al que hace cantar el romance de Marichuana.

Estos dispares y poco conocidos parajes de La Litera disfrutan de tres características que suelen gustar a los verdaderos viajeros: Están por descubrir, son muy diversos y poliédricos y los paisanos que los habitan, como no viven ni medran gracias al turismo de masas, están siempre dispuestos a la conversación sosegada. Ese valor añadido del paisanaje me parece fundamental, así es que recomiendo ir a Calasanz y después de recorrer las calles medievales, preguntar por el Pozo de Hielo. Ir a Camporrells o Baldellou y preguntar por el Congosto. Ir a Gabasa y preguntar por el Barranco. Ir a Peralta y preguntar por el Salinar o por la Playa Fósil. O ir a Tamarite y preguntar por el poblado de los Castellasos o las Huellas de los Magos, o ir a Albelda y preguntar por los Aljibes o por la Sabina.

Regreso a Binéfar, a la Sierra de San Quílez, donde en mi adolescencia como rito iniciático y primaveral disfruté de los primeros escarceos amorosos y donde están, entre encinas y pinos, esparcidas las cenizas de un amigo que fue el más temprano ecologista literano: Javier Arias.

En Binéfar también está el poblado ibérico de La Melusa donde siendo jovenacho iba con los curas, los hermanos José y Marcelino Santisteve, a cavar para buscar restos, prehistóricos, vasijas y otros aditamentos que ahora están en el Museo Provincial de Huesca. En ese paraje está una gran piedra en difícil equilibrio donde se citaban las parejas y que por eso se llamó La Peña del Amor, y muy cerca y en contraste brutal las nuevas factorías cárnicas, ganaderas e industriales. Lo dicho, contraste y frontera.

¡Buena visita y buen viaje!

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