Jacetania

TRADICIONES

El té de roca de las ansotanas que cautivó a la generación del 98

Vestidas con sus trajes tradicionales deambularon por Madrid vendiendo té, cruzaron el Pirineo, fabricaron alpargatas y "viajaron" a Nueva York

PESADOS trajes de lana almidonada deambulan por Madrid. Mujeres enjutas con el rostro curtido por el frío y por el sol se esconden bajo una recia tela que cubre sus cabezas. Es un invierno de finales del siglo XIX. Hace frío en la capital, pero nunca tanto como en sus casas. Y las ansotanas venden ‘Té de Suiza’, o de roca, en los rincones de Madrid.

La dureza de sus miradas y el aislamiento que sugieren sus peculiares vestidos, evocan el último deseo romántico de encontrar en España un halo del pintoresquismo que la industralización arranca de Europa. También, el paradigma de la autenticidad para quienes, como Galdós, ven en esas mujeres musas para encarnar su visión de España.

En un paseo frío por Madrid, el escritor se topó con aquellas mujeres que ofrecían lo que el consideraba como “un yerbajo al que llaman té”. Quizá esas hierbas no conquistaron a Galdós, pero las peculiares vendedoras llegaron a su obra en forma de episodio nacional con La de los tristes destinos. Y se convirtieron en actrices en 1907 cuando, tras su viaje a Ansó, el autor estrenó en el teatro de la Comedia Los Condenados.

En Madrid no eran muchas. Pero su imagen fría y firme era el reflejo de la dureza de la soledad. De la España que, encerrada en un valle, parecía haberse quedado atascada en el tiempo.

Los ansotanos tenían una vida humilde. Trabajaban bajo el sol y la nieve. Y en Nochebuena echaban “unos tragos de vino” en vez de brindar con “Champán” o “Jerez”, según Jorge Puyó, uno de los últimos en vestir el traje a diario. Y su imagen castiza se pintó en el lienzo de Sorolla que todavía puede verse en Broadway. La mayoría de esas mujeres nunca cogieron un avión. Las ansotanas de la basquiña nunca volaron a Nueva York. Su viaje más internacional tenía como destino Francia. Y en vez de en un museo, se les vería en la fábrica de alpargatas de Mauleón (ahí conseguían el té).

A esas las llamaban ‘golondrinas’ porque se ausentaban de su hogar entre otoño y primavera. Y en consonancia a la autenticidad de la España de Galdós, lo hacían a pie. Francisca Añaños era una de esas valientes mujeres; de una de las últimas generaciones que se remangó la basquiña para trabajar. La globalización se atrevió a llamar a las puertas del perdido valle de Ansó y cada vez más vecinos cambiaron la lana por los vaqueros. Los ancestrales trajes se guardaron en arcones y las ‘golondrinas’ cambiaron de rumbo. Esta vez, no para vender las hierbas.

El ansia de modernidad dejó las reliquias guardadas en aquellos arcones durante décadas. Un tiempo de señalamiento a quien charraba y donde vivir en bloques de pisos era más digno que haber nacido en el pueblo. Pero incluso en aquellos momentos, hubo quienes no se despojaron de los singulares -y también incómodos trajes-.

Jorge Puyó, José Aznarez o María Mendiara fueron los últimos. Y su imagen siguió llamando la atención.

Después de un tiempo, mujeres como Josefina Mendiara se encargaron de desempolvarlos para devolverles su dignidad como seña de identidad de un pueblo. Y algunas, como la nieta de aquella ‘golondrina’ llamada Francisca Añaños, decidieron caminar hasta el altar vestidas de ansotanas. Fifi, que hoy ya es abuela, se casó con el traje de Cofradía. Y su marido Toño, los padrinos y los niños que llevaron las arras se vistieron con trajes tradicionales. Además, su marido se puso “la camisa de la boda de su abuelo”, explica. Cabe mencionar que todas las camisas que se guardan en la actualidad “son auténticas”, indica Mendiara.

Ese grupo de mujeres del que ella forma parte creó la asociación que hoy gestiona todo lo relacionado a los trajes. “Éramos un grupo que nos dedicábamos a dar cursos de pintura, de cocina... Y algo del traje”, explica Joaquina Mendiara. “Entonces, decidimos que era mejor dedicarnos exclusivamente al traje”, añade. Y así sacaron las piezas de la iglesia y de las casas para crear un ropero municipal que cuenta con los “82 u 83 trajes” que los vecinos y descendientes de ansotanos lucen con orgullo el Día del Traje que, celebrado a finales de verano, ya ha superado las 50 ediciones.

Es finales de agosto. Han pasado casi dos siglos desde que aquellas mujeres dejaran de vagar por las calles de Madrid. Esta vez hace calor y la lana de la basquiña se hace más pesada. Hoy las ansotanas no venden hierbas francesas y sí que han cogido alguna vez un avión. En vez de cruzar el Pirineo a pie para coser alpargatas estudian en la universidad. Es el Día del Traje y las nietas de aquellas fuertes mujeres vuelven a casa porque muchas, como sus antepasadas, tuvieron que salir buscando una vida mejor.

La jornada para Raquel empieza a las cinco y media de la mañana en el ropero. Son muchas horas despierta pero está “a gusto y con ganas”, explica emocionada. Laura se ha vestido un poco más tarde. Este año es especial, se ha puesto el pañuelo de la familia: “Es la primera vez que sacamos el pañuelo en muchos años. Yo no he vivido lo que es que la gente lleve el traje todos los días pero para mí, llevarlo significa conectar con las raíces de mi familia; mi abuela. Como me habla de eso y me enseña las fotos”.

Y es que, este día es un tributo a las’ golondrinas’, a los pastores que bajaban andando al llano, a la anónima anciana que retrató Henry D’Estienne cuando vendía té de roca por Madrid. También a los que, no hace tanto, la falta de oportunidades empujó a salir del valle.

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