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Violeta Borruel, pura creatividad e imaginación

“Siempre había pensado llegar a ser bailarina, pero era algo utópico, del mundo de los sueños”, afirma

Violeta Borruel en la actualidad y en su infancia.
Violeta Borruel en la actualidad y en su infancia.
S. E.

Recuerda su infancia como un tiempo de juegos y creación. Un derroche de imaginación que, ve más claro ahora, propiciaron sus padres, Ángel y Mariví. Violeta Borruel Abadía nació en Lanaja el 15 de enero de 1987, y con tres años llegó a Huesca donde fue trazando su camino.

Su padre, médico, y su madre, profesora de Magisterio, decidieron que no habría televisión en casa, a pesar de lo que insistió Violeta, que tiene dos hermanos, Lucía y Miguel. La alternativa, “pintábamos mucho, a veces en un papel muy grande que poníamos en la pared; hacíamos muñecos con papel de periódico y cola, con barro, decorábamos piedras...”, recuerda. “También jugábamos mucho, cualquier cosa que imaginábamos, la hacíamos”, y era una gran lectora ya desde pequeña. “Ponía el tendedero tumbado, lo llenaba de libros y hacía como que era una librería”. Le encantaba, tanto que imaginaba tener de mayor una biblioteca como la de ‘La Bella y la Bestia’.

Fue al colegio San Vicente, donde el patio estaba abierto por las tardes y lo aprovechaba con sus amigas para jugar. Sobre todo le gustaba la comba, patinar (también quiso ser profesora de patinaje sobre hielo), el fútbol... “La actividad física me ha gustado mucho, como correr, jugando pero también por placer”, y esquiar, afición que descubrió a través de un programa escolar, y es que el invierno y la nieve le atraen especialmente. Luego se cambió al colegio Juan XXIII, época de la que recuerda que en la plaza de Europa había unos juegos para más mayores, “y por eso nos gustaban”, con un tobogán “distinto” o una rueda “para colgarte”. Sacaba buenas notas; “me esforzaba, porque me gustaba”, apunta, sobre todo Conocimiento del Medio.

Por el trabajo de su padre, viajaron mucho por Europa, “normalmente a Francia y Alemania”, a veces hasta un mes. “Recuerdo estar con niños de distintas nacionalidades, pero con los que nos entendíamos perfectamente, no teníamos problema en comunicarnos y jugar juntos”, asegura. También hacían en familia salidas a la montaña. Ella cogía piedras que le gustaban y las metía en las mochilas de sus padres; tenía un montón en casa.

Su madre daba una gran importancia a la música y la danza en la formación, y cuando vio a Violeta “embobada” en casa de su abuela viendo ballet en la televisión -”es que ni me movía, no quería ni sentarme”- decidió apuntarle a danza; tenía 4 años. Estudió con María Pilar Sanvicente sin que le supusiera esfuerzo -“no me importaba, me gustaba mucho”- y siguió incluso hasta después de comenzar a estudiar Geología en Zaragoza, donde se apuntó a clases de danza contemporánea de la Escuela de María de Ávila. “Descubrí un mundo y decidí que me iba a dedicar a eso”. Había sido una de sus preferencias desde pequeña. “Siempre había pensado llegar a ser bailarina, pero era algo utópico, del mundo de los sueños”, dice. Ha pasado por diversas escuelas y ahora es bailarina y coreógrafa, con espectáculos como Golondrinas, y profesora de Geología en la Universidad Complutense. Sigue, como ha hecho desde niña, compaginando trabajos, aplicando imaginación y poniendo en práctica lo que aprendió de sus padres y de la danza: “Cuando se quiere algo se puede conseguir, pero hay que esforzarse”.

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