Sobrarbe

MUSEO

Empieza en Labuerda un viaje por la historia de los ingenios musicales

José Luis Mur Vidaller, que se fue a Madrid y levantó la mayor tienda de fotografía de Europa, ultima la apertura de un museo en su pueblo

José Luis Mur Vidaller, en la puerta de Casa Felipe de Labuerda, rehabilitada como sede del Museo de Ingenios Musicales (MIM).
José Luis Mur Vidaller, en la puerta de Casa Felipe de Labuerda, rehabilitada como sede del Museo de Ingenios Musicales (MIM).
E.P.

Suena la música en la plaza de Labuerda, parece un organillo callejero, pero no se ve nada, y de pronto, se escucha una jota antigua como de un gramófono y sonidos metálicos que parecen de tambor. Sucede que ha llegado José Luis Mur, natural de esta localidad sobrarbense, que marchó a la capital en 1972 fichado por el Atlético de Madrid, donde con mucho empeño ha levantado la mayor tienda especializada en material fotográfico de Europa, Fotocasión. Y todo empezó en Labuerda. A a los 13 años se compró, a escondidas de sus padres, su primera cámara fotográfica por 99 pesetas y hoy tiene cerca de 6.000. En los últimos 35 años, ha coleccionado también cientos de instrumentos mecánicos, y alguno más, con los que ultima la apertura en Labuerda del Museo de Ingenios Musicales (MIM).

Será el primer museo de estas características en España, con aparatos singulares e imposibles de encontrar, que ha adquirido en parte en subastas europeas. Un centro que pretende convertirse en un referente para los especialistas de todo el mundo, pero también en una oferta turística familiar y una propuesta distinta en Sobrarbe.

Su tienda, Fotocasión, ha conseguido ser un espacio de paso obligado de fotógrafos destacados de este país como Alberto García-Alix o de cineastas como el oscense Carlos Saura. Labuerda también podría alzarse como un lugar de “peregrinación” para los estudiosos y amantes de este sector.

La música cesa y, al momento, José Luis Mur, que trasteaba con los aparatos, aparece por la puerta de Casa Felipe, adquirida y rehabilitada con fondos propios, en la misma plaza de Labuerda. Ahora, organiza el interior a falta de ubicarlos de forma adecuada y siguiendo un discurso museístico. Cuenta con la ayuda del músico Pedro Ramos, miembro de La Orquestina del Fabirol y luthier, ya que construye zanfonas libres en Puértolas.

Un museo para todos

Mientras, Mur trabaja en la creación de la Fundación Colección Mur, bajo la que se integrarán las dos colecciones de fotografía y aparatos musicales, y en la elaboración de un catálogo. Ya ha explicado su idea a algunas instituciones y se han involucrado el Ayuntamiento de Labuerda, Comarca de Sobrarbe y Diputación Provincial de Huesca, para poder abrir el espacio al público en pocos meses. “Queremos preparar el museo de una forma didáctica y ofrecer visitas”, comenta.

El edificio, de planta baja y tres más, todas diáfanas, conserva la antigua escalera y tras los primeros peldaños empieza a descubrir los organillos más primitivos y alguna caja de música pintada del siglo XIX, momento en el que empiezan a aparecer y se popularizan estos artilugios que, aún hoy, su engranaje parece hacer magia.

Mur acciona con un manubrio un aparato del que sale una música un tanto metálica, a partir de unos rodillos, mientras una púa recorre los puntos alineados con los que suena la canción. Igual que los discos posteriores, en cada rodillo hay varias canciones y el mueble guarda otros para cambiar la música. Según explica Mur, que su trabajo de coleccionismo ha ido siempre acompañado de una intensa investigación, este sistema fue el primero que hubo en el siglo XIX y, después, a pesar de que ya existía la tecnología para grabar y reproducir, se seguía fabricando. Más allá, en otro aparato mecánico se mueven las mariposas mientras suena la música. Es ahora casi lo que menos importa, porque es apasionante y casi terapéutico observar los mecanismos.

Parte del fondo que servirá para exposiciones temporales o renovar la permanente.
Parte del fondo que servirá para exposiciones temporales o renovar la permanente.
E. P.

El recorrido por la casa-museo de 420 metros ofrece un viaje apasionante por la historia de los autómatas desde organillos de iglesia, callejeros, aparatos domésticos de la burguesía europea de Alemania, Francia... del siglo XIX y principios del XX, gramófonos de diversas épocas y mecanismos e incluso un aparato con el que Edison grabó la voz humana por primera vez.

Hacia un lado de la sala, como parte del mismo mueble de un reloj de pared hay otro aparato con distinto mecanismo y uno similar que se acciona con una moneda. También se puede ver otro del siglo XIX, a modo de carro, para usarlo en la calle, con discos de cartón perforados que se van plegando. Y, aunque parece increíble, suena. Y suena la jota aragonesa.

Este mismo sistema, explica Mur, se usaba en los primeros ordenadores. En el centro de la escalera, se ubica una casita de música de las estaciones de tren de Francia, a la que los viajeros echaban una moneda para escuchar música y amenizar la espera. En el otro lado, se encuentran los órganos más antiguos, con pocas canciones, que se usaban en las iglesias que no contaban con organista; y alguno típico madrileño.

En el piso de arriba, se sitúa una de las pocas piezas que existen, según detalla Mur, que se pone en marcha con alcohol de quemar. Muy cerca, el aparato con el que Edison grabó la voz, que funcionaba con una aguja. Y muchos gramófonos, donde ya se grababa o reproducía con discos planos. Entre las canciones, jota de ronda de Cecilio Navarro, por ejemplo. Discos de pizarra, cilindros de cera... y todo tipo de soportes.

En esta segunda planta hay muchos aparatos de entre 1870 y 1930. Entre ellos, hay una pieza especial, porque apenas quedan, el nº 17 de La Voz de su Amo, aunque se la conoce como la de “los angelitos” por la decoración que tiene, que pertenecía a una familia de Barbastro que la vendió en Barcelona y Mur Vidaller compró después.

Del Barbastro, al Atlético de Madrid y al Rastro

Es solo una mínima parte de la historia que atesora José Luis Mur Vidaller, pero su historia de vida también merece ser contada. Trabajaba en el Ayuntamiento de Almudévar como administrativo y seguía con su afición. “El alguacil de Almudévar era el fotógrafo del pueblo y por las noches iba a revelar con él”, recuerda. Además, era portero en la UD Barbastro, en Tercera. “Jugamos un partido de promoción con el Recreativo de Huelva y entonces me salió el partido de mi vida. Todos los equipos querían ficharme y fiché en el Atlético de Madrid”, recuerda. Una espectacular actuación lo sacó a hombros de la afición rival del antiguo Colombino en Huelva. Y de ahí, a la capital.

Vidaller, que así se le conocía en el fútbol, acababa de alquilar un piso para asentarse en la capital oscense porque iba a casarse con su mujer, natural de Barbastro. “Tenía ya el piso alquilado, no sé si eran 1.500 pesetas. Me casé el 30 de julio en Barbastro y me incorporé el 3 de agosto al Atlético de Madrid”, dice.

Una lesión en la mano le obligó a retirarse, pero ya no se fue de Madrid. “Dejé el fútbol y la fotografía lo sustituyó, ahí es donde he desarrollado mi vida y mi negocio”, detalla. Pero tuvo que buscarse la vida. “Empecé a trabajar de comercial, vendiendo café, insecticida... pero siempre buscaba la opción de trabajar en el sector de la fotografía, pero no era fácil”, recuerda.

“En 1985, con un amigo que habíamos hecho un curso de fotografía, nos pusimos un puesto para vender material que nos sobraba y vino un domingo, pero lo dejó. Al segundo domingo, compré una cámara Kodak panorámica de 1900, pero no la vendía. Meses después vi un anuncio en una revista y la vendí en 5.000 pesetas. Empecé a investigar y seguí en el Rastro”. Al final, consiguió fichar por la empresa japonesa de cámaras Mamiya, que años después quebró. Entonces, “acababa de alquilar un local para no tener que montar todo el puesto y desmontarlo cada domingo. Y decidí seguir con eso”, indica. Hoy tiene una tienda de productos de fotografía de varias plantas y 2.500 metros cuadrados en Ribera de Curtidores, vía principal del Rastro.

En Labuerda, José Luis Mur es el hijo de Feliciano y María, ya fallecidos. De su padre ha heredado el ‘puesto’ de pregonero de las fiestas patronales en honor de San Roque. Y cada 16 de agosto, incluidos estos dos últimos aun sin fiestas, sorprende a sus vecinos con el pregón.

Es también, a días, un vecino más, porque rehabilitó la casa de sus padres y siempre vuelve. Además, ha recuperado otra para su hija Bárbara, doctora en Historia de la Fotografía, comisaria y profesora universitaria. Su pasión también se la ha trasmitido a su hijo Sergio, que desde pequeño le acompañaba por Europa, y ambos siguen con el negocio de Fotocasión.

En su colección, “hay cerca de 6.000 cámaras, 5.000 libros, más de 2.000.000 de negativos y miles de fotografías. Mis hijos son los que siguen porque desde pequeños han estado rodeados”, apunta. “Sigo con ilusión de hacer cosas porque veo que va a tener continuidad y, ahora, con la idea de que les interese a mis nietos, que el mayor ya está en la universidad”, indica.

En la casa de sus padres, se encuentran antigüedades de todo tipo, revistas y documentos antiguos que le aportan datos a sus investigaciones. También aparecen trenes antiguos y juguetes metálicos que quizá formaban parte de sus sueños infantiles, como el que tuvo con su cámara de 99 pesetas, que hizo de la fotografía su vida. Ahora, sube por las escaleras de su museo, casa Felipe, donde su madre sirvió y se pregunta ¿cuántas veces las fregaría?

Solo espera que las pisen cientos de visitantes mientras ultiman un programa museístico para que más que una visita a un museo sea una experiencia y un espacio dinámico. Próximamente...

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