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Deconstrucción chandalera del flamenco

La compañía Laboratoria entusiasmó con su espectáculo 'Y perdí mi centro'

Laboratoria periferias 24 - 5 - 21 foto pablo segura[[[DDA FOTOGRAFOS]]]
Actuación de Laboratoria en Periferias.
Pablo Segura

Periferias siempre ha apostado por los personajes heterodoxos e iconoclastas del universo flamenco. Por el festival oscense han pasado en sucesivas ediciones artistas como Enrique Morente, Israel Galván (en dos ocasiones) o Niño de Elche, figuras que han abierto nuevas vías al flamenco y a quienes a menudo se les ha tachado de herejes. A esta misma categoría pertenece Laboratoria, la compañía que el lunes, en el marco de Periferias, presentó su magnífico e innovador espectáculo Y perdí mi centro, que cosechó un insólito entusiasmo unánime entre el público que llenó el Centro Cultural Manuel Benito Moliner.

La compañía la componen cuatro mujeres: Cristina López (cante y electrónica), Aina Núñez (baile), Ana Brenes (cante) e Isabelle Laudenbach (guitarra), a quien, por cierto, pudimos ver (y disfrutar) hace tan solo dos meses como acompañante de la gran cantante Maria Rodés. Cuatro mujeres que cantan, tocan y bailan con una espontaneidad y una desenvoltura asombrosas y que se sitúan en la órbita de ese post-flamenco del que habla Niño de Elche.

Sin temor a ser expulsadas del supuesto paraíso flamenco, ofrecen una gozosa deconstrucción del flamenco en chándal. Conscientes de que el respeto a la tradición flamenca no implica necesariamente una aburrida repetición de los mismos esquemas de siempre, Laboratoria llevan a cabo una aproximación al flamenco que es siempre audaz, creativa, divertida e imaginativa. Viva, en suma. Y el público lo agradece.

El espectáculo comienza, precisamente, con la soleá que le da título y que cantaba la mítica Niña de los Peines: “Fui piedra y perdí mi centro, y me arrojaron al mar. Al cabo de mucho tiempo, mi centro vine a encontrar”. No se puede decir de forma más hermosa. El tristemente fallecido Franco Battiato decía algo parecido: “busco un centro de gravedad permanente”.

A partir de ese fenomenal arranque, el espectáculo es ya un auténtico carrusel emocional: texturas electrónicas en la onda IDM se entremezclan con quejíos entrecortados a lo Niño de Elche, con tonos de llamada de móviles o con tangos y bulerías interpretados por la cantaora Ana Brenes y la guitarrista Isabelle Laudenbach sentadas boca abajo o arrastrándose por los suelos.

De repente, tras un magnético zapateado de Aina Núñez, se puede escuchar a Las Grecas cantando Te estoy amando locamente o reciben mensajes de WhatsApp en las que se escuchan los problemas de la conciliación familiar, el machismo cotidiano, la precariedad de los artistas o cuestiones de género e identidad, todo ello sin perder ni el humor, ni la frescura ni su inasequible aliento feminista.

Mostrando en todo momento su gran categoría artística y el irreprochable diseño de un espectáculo primorosamente elaborado, continuaron con palos festeros, con alegrías, sevillanas y rumbas, todo bien mezclado y agitado con mantos de sonido electrónico, loops vocales, esbozos de danza contemporánea, magnéticos efectos de autotune a cargo de Cristina López y, por supuesto, generosas dosis de ironía.

El final, con un entrañable e ingenioso guiño al Volando voy de Camarón, acabó por dejar al público entusiasmado. La ovación fue de las que hacen época, y las cuatro mujeres tuvieron que volver a salir para regalar una propina de lo más salerosa y divertida. Un (merecido) triunfo en toda regla.

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