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Manuel Tricas Benito: “Como la pastelería artesana no hay nada, es acercarse a lo básico”

Guardián de la tradición pastelera de Tricas, encara la última etapa de este negocio oscense que cumple 102 años

Manuel Tricas Benito junto al rótulo que recuerda el año de fundación del establecimiento
Manuel Tricas Benito junto al rótulo que recuerda el año de fundación del establecimiento
D.A.

Una base sólida de tradición que se cubre con búsqueda, creatividad y trabajo duro. Son los ingredientes que ha aplicado Manuel Tricas Benito (Huesca, 1958) para dignificar su profesión de pastelero, un negocio donde también pocos productos bien elegidos dan para toda una vida de sabores, evocaciones y disfrute.

La base sólida que recibió Manuel Tricas se remonta a sus abuelos Pascual y Julia, que iniciaron el negocio en el Coso Bajo de Huesca en 1919, y continuó con sus padres, Manuel y María Luisa. Seguir esa herencia familiar siempre “estuvo en la recámara” de Manuel mientras era alumno de San Viator y también cuando finalmente se decidió por los estudios de Filosofía, que cursó primero en el Colegio Universitario de Huesca y luego en Zaragoza. Nunca se había alejado del negocio familiar, formaba parte de su vida desde que era niño y vivía con sus padres y su hermana, Elena, en la casa que albergaba el obrador y la tienda, y no había escatimado en ayudar cuando era necesario. Poco a poco estaba naciendo otro pastelero en la familia Tricas.

Pascual y Julia comenzaron fundando una fábrica de caramelos, peladillas, grageas... y llegaron a vender por toda la provincia, parte de Zaragoza y de Navarra. “En aquellos tiempos estos productos estaban en manos artesanas, pero luego su elaboración fue a grandes empresas” con las que no era posible competir. Fue entonces cuando el negocio fue virando -un paso que dio el padre de Manuel- hacia la pastelería, y “hacia lo que continúa ahora”, porque se mantiene esa esencia en Tricas.

Manuel padre en el obrador era “un gran profesional” que “me lo enseñó todo”, y su madre en la tienda, el corazón de la pastelería. “Era todo bondad, generosidad... Todavía mucha gente la recuerda y me habla de ella”, cuenta.

Cuando Manuel le dijo a su padre que se quedaba en el negocio “fue la mayor alegría” que pudo darle. Se formó en Zaragoza, Lérida y Barcelona y entró de lleno en el día a día del trabajo, unos años mano a mano con su progenitor-maestro, como anteriormente había hecho su abuelo con su padre.

Ahora desempeña su labor en el mismo espacio físico que albergó a los otros Tricas pasteleros, aunque ha cambiado mucho en el transcurso del tiempo, por ejemplo el obrador se ha ido acondicionado y ya no reciben aquellas grandes puertas de madera en la fachada, pero queda esa grata impresión de que estás en un negocio de los de toda la vida.

“Es un trabajo que te exige pero te mantiene vivo”

Es muy parecido a lo que ha ocurrido con el producto que ofrece a los clientes. Su labor en la pastelería se ha basado en conservar el carácter, la identidad, y de hecho está convencido de que es el camino y de que el éxito y renombre que tiene el sector en Huesca se ha logrado “a base de mantener las esencias, junto con un buen producto y buena elaboración”. “He apostado siempre por una pastelería clásica, lo cual no quita para que no evolucione. El trabajo de pastelería es muy creativo”, explica. Así, “la pastelería que hago yo y la que hacía mi padre tienen mucho que ver, pero al mismo tiempo es diferente por las nuevas especialidades”.

“He apostado siempre por una pastelería clásica”

Todo se sustenta en pocos ingredientes, principalmente harina, azúcar, huevos y mantequilla, a partir de los que aplicar esa creatividad. “Es sorprendente la cantidad de cosas que se pueden hacer con una serie de productos básicos, también leche, nata, frutos secos, y poco más. Eso sí, usamos productos de primera calidad; si son buenos, sale bueno”, asegura.

Son multitud de creaciones, pero su sello, y con el que participa en la Ruta Dulce de Huesca, es la coca de nata. “Es curioso, la hice por primer vez para el cumpleaños de mi hija, sabía qué ingredientes le gustaban y con eso elaboré un hojaldre con una capita de mazapán de yema, yema tostada, nata, frutos secos y chocolate”. Fue tal el éxito entre quienes la probaron que vio enseguida que “podía funcionar”. Una “combinación acertada” que tiene sus variantes en la coca de nata, de frutas, de mazapán y avellana...”.

“Hice por primera vez la coca para el cumpleaños de mi hija”

Manuel Tricas ve el futuro del sector “muy complicado”. Cantidad de obradores pequeños están desapareciendo. “Muchas pastelerías tienden a semiindustrializarse, y yo creo que como la pastelería artesana no hay nada. Es acercarse a lo básico” en la alimentación.

Ahora que ve cómo se aproxima la jubilación, Manuel reconoce que ha sido feliz en esta larga trayectoria profesional, que ha compartido en el obrador con Enrique Paco Falceto, a quienes acompaña estos últimos años Pilar. El camino “ha sido una evolución muy constante, con los baches al compás de la economía”, el peor la pandemia que obligó a cerrar dos meses la tienda, algo que “no había pasado en los 102 años de nuestra historia”. Pero también de esta crisis resurge este negocio con cien años de base. “Ha costado, pero estamos saliendo bien. Estoy contento”, afirma.

No oculta que es un trabajo duro, pero, aunque “te exige mucho, también te recompensa, te mantiene siempre pendiente, vivo”.

Así como “la mayor alegría que pude dar a mi padre fue quedarme”, su hija ha elegido su profesión y “cuenta con todo mi apoyo y respeto”. No se puede pedir más después de llevar Pastelería Tricas más allá del centenario. “Todo acaba”, confirma sin nostalgia, y será en un par de años. Pero se abrirá otra etapa llena de posibilidades junto a su esposa, María Pilar, y a su hija, Ana. 

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