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Cristóbal Nogués Pérez: “Un cuadro puede estar bien pintado, pero es bueno si hay sentimiento”

Durante casi 40 años llevó la tienda de bellas artes y decoración La Casa del Pintor, conoció a muchos pintores y llegó “a tener muy buena relación”

Cristóbal Nogués en La Casa del Pintor.
Cristóbal Nogués en La Casa del Pintor.
Pablo Segura

Cristóbal Nogués Pérez nació en 1944 en Loscorrales “porque mi madre iba a parir a casa de su madre”. Los doce primeros años de su vida los pasó en Banastás. Su padre trabajaba en regiones devastadas “y allí es donde empezó mi afición a la pintura. Tanto me gustaba que cuando se encalaban las cocinas para fiestas, le pedía a mi padre que me dejara pintar, y ya pintaba los huecos que había debajo de la fregadera, donde se guardaba la leña…”. Además, todavía no había radio en todas las casas y algunos comercios como Almacenes San Pedro tiraban su publicidad desde una avioneta, “y los críos la cogíamos, la cosíamos con hilo de las madres y hacíamos libretas… Me acuerdo de dibujar en ellas”.

En las nuevas casas y la iglesia que levantó regiones devastadas trabajaba “un pintor muy admirado por mí, Jesús Bueno, pintaba cuadros y en las iglesias angelotes, hacía imitaciones a mármol, a madera… Tenía entre 3 y 5 años, y esto es lo más antiguo que recuerdo de pintura”.

Bajaba a estudiar en bici, de los 9 a los 12 años, a Salesianos, “y tuve la suerte de un cura que nos daba Dibujo, Don José, que te animaba”.

A los 13 años vivía en Huesca y le seguía gustando lo de pintar. “No era muy buen estudiante y como en el Instituto no obligaban a estudiar como en Salesianos, corté los estudios en tercero de Bachiller”.

Se puso a trabajar de aprendiz en Tejidos Allué, con 16 años. Allí conoció a Escartín, “un pintor de plata muy bueno, como Jesús Bueno y otro que le llamaban ‘el santón’ porque estaba siempre pintando por las iglesias, y Pepe Cerdá padre”.

A los 18 años comenzó a trabajar en lo que le gustaba. Con Valentín Larroche estuvo dos años, y luego “me vinieron a buscar los hermanos Guallar, y allí aprendí a matar cal. Llevaba dos años de oficio, sabía rotular pero no tenía ni idea de pintor de brocha gorda”. A los 22 años pasó al taller de Saturnino Arguis, “y allí aprendí a ser colorista. Esto me gustaba mucho, hay que tener un equilibro de visión, hay que aprender a ver muy bien”.

A los 27 se hizo autónomo. “Convencí a Pedro Grasa, una bellísima persona, y nos establecimos en la calle Lanuza. Sólo discutíamos a la hora de ir a cobrar, ninguno queríamos ir, nos daba vergüenza cobrar, ¡qué recato!”. Allí abrieron Armonicolor. Después se trasladaron al local donde desde hace 49 años está abierta al público La Casa del Pintor. Era 1973. “Cuando empezamos a coger un poco de volumen, Pedro se quedó con el taller de pintura y yo con la tienda de decoración que habíamos abierto, en la que desde un principio puse un apartado de bellas artes, que yo las había pasado muy mal para encontrar productos que no eran comerciales pero si necesarios para los pintores de caballete”.

“Todos los pintores me aceptaron muy bien. Los iba a visitar a los estudios y llegué a tener muy buena relación con todos ellos, todos se han portado muy bien conmigo”, resalta Nogués, quien explica que “existe esta tienda porque hay una afición que la mantiene… Aunque tuviéramos el cinturón prieto siempre, allí está la tienda”.

Antonio Saura y María Cruz Sarvisé

En los años 80 Cristóbal conoció a Antonio Saura. La Casa del Pintor enmarcó los cuadros de una exposición de Saura que se montó en Huesca. “Le gustó mucho el taller de enmarcaciones, se pasaba horas en el taller, viendo trabajar a Mario. Al lado del taller, en Cabestany, teníamos el bar Trébol, y le encantaba el café de este bar, decía que no había tomado ni en Francia café tan bueno como el de allí”. Además, a Saura le encargaron un mural de 200 metros cuadrados para la DPH y sobre el boceto calculó Cristóbal las pinturas que hacían falta, “y no fallé ni en cinco kilos de toda la pintura del mural”. La Casa del Pintor consiguió la cantidad y la calidad de material que necesitaba Saura para esta colorista obra, Elegía. “Antonio era a tope de preciso, era muy responsable, como recto consigo mismo. Me alababa que para qué, era un tío genial, un hombre sencillo, muy del pueblo, más que los políticos”, afirma Nogués.

¿Ejercía Saura de oscense? “Era de Huesca y de Aragón, pero de sus costumbres. Por ejemplo, en el vino de inauguración de su exposición en Huesca dio torteta, morcilla, chorizo… Mondongo”.

Durante la entrevista, Cristóbal habla con admiración de María Cruz Sarvisé. “Es una pintora muy avanzada y muy poco reconocida en Huesca, que dejará huella, cuando pasen los años será importante. No ha hecho una pintura comercial y ha sido siempre muy fiel a sí misma. Para mí ha sido como una hermana mayor en la pintura o inclusive más. Se le debe un reconocimiento”.

¿Cuántos cuadros has pintado, Cristóbal? “Tengo una producción muy pequeña. Yo, más que pintar un cuadro redondo, estaba buscándome a mí mismo, y nunca me he encontrado”.

¿Cuándo es bueno un cuadro? “Un cuadro puede estar muy bien pintado, pero es bueno si hay sentimiento”.

Jubilado desde los 68 años, tiene ahora “muchas ganas de dibujar, pero me falla el tiempo; es increíble, pero es cierto, los jubilados no tenemos tiempo para hacer todo lo que tenemos que hacer”.

Reconoce que es “un hombre con suerte. He vivido de lo que me gusta, siempre a mi lado he tenido gente muy buena y tengo dos hijos que siguen en la tienda”. Enhorabuena. 

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