Opinión

¿Teléfono rojo? Volamos hacia París

Por
  • GERARDO OLIVÁN (PORTAVOZ GRUPO POPULAR AYUNTAMIENTO DE HUESCA)
OPINIÓNACTUALIZADA 13/03/2019 A LAS 01:00

Emulando a Stanley Kubrick en su célebre parodia, Luis Felipe descolgó el teléfono rojo cuando se enfrentó a su particular crisis nuclear. La Comisión de Investigación sobre la gestión de la información de las presuntas agresiones sexuales en el pasado San Lorenzo, que el propio alcalde se sigue atribuyendo a pesar de la hemeroteca, tenía que ajustarse al relato de ficción que había construido. Era imprescindible llenar los huecos argumentales, buscar el mejor trucaje y ceder protagonismo, a su hora, a algún profesional de la comedia negra.

El paralelo a esa actividad tan pintoresca, la realidad era inflexible. Felipe no aplicó el protocolo Raellas suscrito, que compromete a los ayuntamientos a dar visibilidad a la violencia sexual, al negarse a promover un acto de repulsa en las fiestas. Y fue más allá todavía al negar la información que poseía tanto a sus socios de gobierno como a los grupos de la oposición. En la máxima expresión de una irresponsabilidad sin precedentes, se negó a dar traslado de cuanto sabía a los intranquilos ciudadanos oscenses, provocando que los rumores saltaran a las redes sociales. Dicho claramente, su silencio culpable llevó la alarma a muchas familias de Huesca. Luis Felipe rompió todo lo que debía romper, manipuló todo lo manipulable, con tal que prevaleciese la versión oficial: que solamente conocía que la existencia de investigaciones de oficio y que la presunta agredida no había interpuesto denuncia. Los hechos publicados después de San Lorenzo desmontaban la mentira: hubo detenido y denuncia el mismo día 9 de agosto. Como no podía ser de otro modo -así se demostraría después en la Comisión de Investigación- el Alcalde conocía ambos extremos. Y sin embargo, Luis Felipe renunció a todo vestigio de credibilidad y respeto al reafirmarse en su ficción.

A partir de ese instante se encomendó a maniobras de tal calibre que rozaban el patetismo. Dilató los tiempos con la esperanza de desvirtuar la memoria de los hechos; se refugió en una absurda defensa basada en matices administrativos; cargó contra el derecho de los concejales a la información sin caer en la cuesta de que estaba discutiendo que ese derecho pertenece en primer término a sus vecinos. Las familias que durante aquellos días de San Lorenzo buscaban respuestas en Whatsapp recibieron como una bofetada el desprecio de su propio Alcalde.

Cuando parecía haber alcanzado las máximas cotas del cinismo, Felipe las superó al despojar al Ayuntamiento de su condición representativa: impuso el criterio antidemocrático, abiertamente inconstitucional, de que la Comisión de Investigación no respetara la proporcionalidad del pleno. Construyó una farsa a su medida, algo que, en última instancia, pasará a la historia local como la culminación de sus despropósitos: Luis Felipe, que ha sido dos veces Alcalde sin haber sido elegido por los votantes, "presidió" por delegación la Comisión que había de investigarle. Con esas cartas en la manga, no extraña a nadie que la investigación se cerrara a favor de Felipe y en contra de la verdad. Y aún no había terminado con la pantomima.

El pleno del pasado 27 de febrero, que debía validar o no la versión oficial, ya es un hito del surrealismo institucional. Me veo obligado a repasar cuál era la situación al término de la Comisión. La mayoría de los concejales del Ayuntamiento de Huesca, 13 de un total de 25, rechazábamos una conclusiones a todas luces amañadas. Compartíamos esa opinión, al parecer, Cambiar Huesca y nosotros, el Grupo Popular. 12 ediles -PSOE, Aragón Sí Puede-Entabán y Ciudadanos) daban por bueno el relato elaborado por Luis Felipe. Pero F. D. Roosevelt ya explicó que en política las casualidades están perfectamente planificadas. Todas las previsiones se vinieron abajo ante la ausencia de una concejala de Cambiar Huesca, Pilar Novales, que asistía en París a un evento organizado por el gobierno socialista de la DPH. Las cuentas cambiadas despejaron el camino al alcalde, que no tuvo empacho en aplicar su voto de calidad para romper el empate que se daba en el pleno. La tradición institucional se rige habitualmente por la cortesía parlamentaria, y en ausencia de un concejal se arbitra el modo de respetar las mayorías. No fue el caso. No había dignidad alguna a la que acogerse. El alcalde se había erigido en juez y parte. Luis Felipe, que se había investigado a sí mismo, votó a favor de sí mismo para concluir de sí mismo que había actuado correctamente durante San Lorenzo.

El análisis de aquellos acontecimientos encierra otras claves. Destaca, por ejemplo, el papel veleta de C´s, que pasó de mero comparsa a validar la versión felipista; de reclamar la revisión de todos los protocolos de atención a la víctima, a afirmar que funcionaron correctamente. Y, sobre todo, ha pasado de manifestar que Felipe les ocultó información a validar la versión oficial. Pero el hallazgo más ingenioso, que merecería un aplauso de no encerrar tanto patetismo, fue esa llamada a través del teléfono rojo, esa línea que comunica la alcaldía de Huesca con la presidencia de la Diputación Provincial. No es que fuera imprescindible que Pilar Novales estuviera ese día en París: lo imprescindible era que ese día no estuviera en Huesca.

Pero esa es una cuestión distinta. Se trata de otra película. En esta, Felipe ha sido capaz de poner a su servicio toda la maquinaria, descolgando el teléfono rojo para intentar mantener su credibilidad, ha demostrado que su imagen está por encima de la Institución. Y ha demostrado que no es capaz de gestionar una crisis, que solo él ha provocado y que únicamente requería sensatez.

En su nuevo papel, Felipe podrá interpretar a Rick y exclamar: ¡siempre nos quedará París!

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