Opinión

Cada caminante siga su camino

Por
  • TEÓFILO MARCO ESTELLA
OPINIÓNACTUALIZADA 03/06/2019 A LAS 02:00

Vivo cerca de Torreciudad, a unos tres kilómetros, y el domingo 19 de mayo subí allí para oír la santa Misa. Al llegar a Torreciudad, en medio de la explanada había un pequeño grupo de chicos y chicas con una pancarta que en letras grandes ponía: "Contra el odio igualdad". Unos chicos, supongo que homosexuales, estaban abrazados y besándose en la boca; y lo mismo hacían las chicas entre ellas. Y otro chico con el teléfono móvil grababa todo.

Como no me di por aludido, no odio a nadie, pasé cerca de ellos y nada dije; pues desde hace años, hice mío el fin de una poesía de José María Pemán, que si mal no recuerdo dice así: "Se iba el pensamiento mío entre los juncos verdes de la orillita del río. Por cortarle su camino una flor dijo a su paso: Tengo pétalos de rosa. Y un pájaro: Yo sé un trino más claro que el cristalino manar de la torrentera. Y el viento: Yo tengo el eterno cantar de la primavera. Pero él siguió su camino?". Y un servidor seguí mi camino y en las oraciones de la Santa Misa por los presentes y ausentes, personalmente incluí a este grupo de jóvenes, para que cuando tengan penas y dolores no les falte la ayuda de Dios y del prójimo.

Ese mismo domingo, en la revista Semanario leo el artículo de Arturo Pérez-Reverte, "Morir matando" y por él me entero con más detalles de la muerte de mi padre, el Guardia Civil, Lucio Marco Unzurrunzaga. Parece ser que a principios de mayo de 1939, un pequeño grupo de guerrilleros anarquistas se fugaron del campo de concentración de Los Almendros de Alicante, con intención de pasar a Francia. Al llegar a la provincia de Huesca, cerca de Gurrea de Gállego, varios que eran de ese pueblo se fueron para él, donde tres años antes se habían enfrentado a falangistas y soldados nacionales, haciéndoles catorce muertos, y matando al cura del pueblo, Félix Ferrer, y al aristócrata local, conde del Villar. También quisieron matar al terrateniente del vecino pueblo de La Paúl, llamado Brun, pero éste se les había escapado. Ahora otra vez iban a por el tal Brun, y desenterraron armas que años atrás habían escondido y fueron a La Paúl para matarlo. Se metieron en su casa a esperarlo. Pero Brun, que antes los había visto llegar al pueblo, avisó a la Guardia Civil. Y hubo lucha a tiro limpio. Los últimos combatientes en morir se llamaban: Jesús Navarro Aralda, anarquista, y mi padre el cabo de la Guardia Civil, Lucio Marco Unzurrunzaga. Los dos se dispararon al mismo tiempo muriendo matando.

Ha pasado mucho tiempo y Dios habrá hecho que unos y otros descansen en paz, y los vivos sigamos sin odios ni rencores en buena convivencia.

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