Opinión

La emoción diferencial

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  • DIARIO DEL ALTOARAGÓN
OPINIÓNACTUALIZADA 11/08/2019 A LAS 02:00

Uno de los más eximios altoaragoneses de la historia, si no el que más, Santiago Ramón y Cajal, consideraba la integración de la inteligencia y de las emociones en la compleja y excelente arquitectura del cerebro. Howard Gardner ha explicitado que la emocional, de hecho, es una de las inteligencias que definen al ser humano, que muchos otros pensadores han calificado como una de las grandes claves para el éxito profesional o en cualquier faceta de la existencia humana. Hoy, quedan apeadas buena parte de las teorías que restringen al raciocinio todo, y expresiones como las fiestas, y particularmente las de San Lorenzo, así lo demuestran. La programación es perfectamente comparable, equiparable y susceptible de ser mimetizada por la fuerza de la imitación, de la influencia e incluso de la iniciativa. Sin embargo, una serie de factores diferencian y generan un valor inigualable en el periplo laurentino. Uno de ellos, básico, es la pureza en la celebración del día grande, del 10 de agosto, donde las generaciones actuales establecen una simbiosis irrenunciable con las pasadas, en un homenaje en el que concurren el rito, la creencia y el reconocimiento de las virtudes de quienes elevaron el edificio de la concordia oscense.

En el ciclo de la vida, el relevo es consustancial a toda manifestación, estructura y organización. Ayer, los espectadores en vivo o a través de los medios informativos hubieron de secarse las lágrimas y aplaudir el cambio en la titularidad del mayoral de los Danzantes, cuando Campo y San Emeterio fundieron pretérito y porvenir tras los dances de espadas, palos viejos, palos nuevos, cintas y el "degollau". Fue el abrazo de la responsabilidad de los hortelanos en la correspondencia hacia la providencial cosecha, hoy metafórica, ayer real. La emoción que compromete y diferencia.

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