Opinión

La era del engaño

Por
  • PASCUAL ASCASO
OPINIÓNACTUALIZADA 08/09/2019 A LAS 02:00

Dejando aparte el engaño político del que todos somos sufridores, hoy me referiré a algunos otros tipos de engaños que proliferan cada vez con más frecuencia.

Son muchos los que tienen como profesión reconocida en estos tiempos el de engañador y por lo que se ve muy rentable, porque cada día la nómina de estos es más amplia. Eso sí, la forma de engañar es muy diferente y cada uno busca el método en el que se cree más especializado.

Una forma de engaño es el de guante blanco, llevado a cabo de manera legal y por entidades sobradamente reconocidas. Es el de la letra pequeña y texto largo y muy tecnificado que no invita a ser leído, confiando únicamente en la palabra de quien lo ofrece de manera resumida y eludiendo entrar con detalle en aquello que podría ser motivo de rechazo por el tomador pero interesante para el ente. Pasado un tiempo, quizás o no, le dé por leer con tranquilidad la letra pequeña y es cuando se da cuenta de que es algo que no debió firmar cayendo en la trampa del engaño.

Otro engaño típico es el garantizado. Me explicaré: Supongamos que alguien compra algo garantizado por un tiempo, pongamos como ejemplo unos audífonos. El servicio esmerado durante el tiempo de garantía cesa después de caducar ésta, tornándose en impedimentos y poniendo las mil pegas a unos aparatos en perfecto estado y todo para que compren otros si quiere seguir con el trato esmerado. Es entonces, no antes, cuando se da cuenta el usuario del engaño y del negocio de la empresa.

Está el engaño laboral donde las ventajas ofrecidas se tornan en desventajas desde el primer momento y que de las muchas de ellas no se entera hasta que el paso del tiempo, por c o por b, salen a relucir y se entera de las nefastas consecuencias de la trampa en la que cayó.

Hay otros engaños más chapuceros pero no menos dolorosos y sufridos por quienes los padecen, entre estos están: los cometidos por aquellos que haciéndose pasar por lo que no son se presentan en los domicilios como revisores de tal o cual servicio; los que llegan pidiendo una ayuda, dicen, y cuando les han abierto la puerta aprovechan para robar sin importarles quitarse de delante y como sea a quien pretenda impedirlo; están los del toco-mocho que consiguen lo que pretenden a cambio de nada; no faltan los que dicen, "ábrame que soy el cartero", por ejemplo, y después resulta ser el embustero que ha conseguido su objetivo; también está el o la que, vaya usted a saber... Por ello no hay que confiar ni siquiera del aire que respiramos porque puede estar contaminado.

Es verdad que vivir así no es vivir, pero no queda más remedio que convivir con todas las lacras que la vida conlleva, que son muchas y, entre otras, la del engaño. Con los ojos bien abiertos y la mente bien despejada habrá que estar siempre del caramelo que nos ofrezcan porque puede estar envenenado.

Los avispados, trapaceros y aprovechados siembran en los demás la semilla de la desconfianza.

Etiquetas