Opinión

Comercio

Por
  • Mariano Ramón
OPINIÓNACTUALIZADA 23/09/2019 A LAS 02:00

Cuando el casco urbano de nuestra ciudad acababa en la fuente del Ibón, en el puente de San Miguel, en las plazas de Santo Domingo y Santa Clara y en el cuartel de la estación, el alparcerío estaba a la orden del día y particularmente el de todo cuanto se relacionaba con los amores furtivos de mujeres casadas por aquello de que el matrimonio era para toda la vida y al que en no pocas ocasiones se llegaba por la vía del patrimonio. La castidad era norma de obligado cumplimiento. Nada de mangas cortas ni pantorrillas sin medias ni sin mantilla en los templos. Todo era molestia en el vestir y corsés de rígidas "ballenas". No obstante, las pipicharras desvestían a su antojo las vergüenzas de sus prójimas desvelando amoríos clandestinos y adjudicando los cuernos que ponían a sus cónyuges. Cuernos que unas veces eran de caracol si la infidelidad había sido consecuencia de un apasionamiento coyuntural, otras de ciervo si había contumacia en el engaño y las más, de oro si había lucro de por medio asumiendo ciertas servidumbres pues tal como enseña la sabiduría popular los cuernos son como los dientes que duelen al salir pero luego sirven para comer. Hace ya muchos años supe que las mujeres austríacas del ámbito rural evidenciaban su fidelidad dejando al descubierto sus piernas velludas. Chascarrillos, sainetes, comedias musicales y numerosas obras literarias se han ocupado de las infidelidades matrimoniales ridiculizando al cornúpeta y haciéndole objeto de burla cuando no de compasión. Hoy las ciencias han adelantado según se presagiaba en una zarzuela, una barbaridad y al compás de ese adelanto también la vestimenta femenina. Basta con asomarse a la calle y reparar la vista en las chicas que pasan por delante para constatar que los vestidos de antes son una ficción. Tiendas de ropa no faltan y cierto es que entre todas venden mucho más -incremento censal aparte- que vendían La Innovación, Serafín Pardo, Blecua, Las Nuevas Sederías, Ríos, Canudo, Estaún y los Almacenes San Juan y San Pedro y quizá alguna más que ahora no recuerdo y si embargo las mozas ya no van tan vestidas como lo fueron sus madres y sus abuelas.

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