Opinión

Justificar lo injustificable

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 09/12/2019 A LAS 01:00
Justificar lo injustificable
Justificar lo injustificable

Muchos de mis colegas periodistas intentan por todos los medios justificar como algo normal esa alianza que el presidente del Gobierno en funciones, el ínclito Pedro Sánchez, suplica a los independentistas catalanes de Esquerra Republicana. Yo entiendo que en un mundo perfecto eso sería una combinación estupenda para un pensamiento de izquierda: los socialistas de la mano con republicanos periféricos y ambos mezclados con el aceite de Podemos, lo que daría la mayonesa más picante que haya conocido el país desde los años 30, que no sería más que una propuesta que en teoría puede soportar cualquier estructura institucional más o menos sólida, como se ha visto, por ejemplo, en Grecia: aunque el resultado no fuera el que sus promotores esperaban, el país sigue existiendo, salvo que el Partido Socialista ha desaparecido, por cierto. Si no hubiera sucedido nada en Cataluña, bastaría con que se recordase el resultado catastrófico que tuvo esa receta en el gobierno de la Generalitat, cuando ninguno de esos ingredientes hablaba todavía a las claras de lo que quería hacer en realidad. Pero es que ahora no solo conocemos el calamitoso efecto que tuvo este antecedente a escala regional, sino que también sabemos perfectamente lo que quieren de verdad unos y otros. Dicen esos columnistas que también Aznar y Rajoy pactaron con nacionalistas periféricos, lo que es del todo cierto, y que en otros países que yo conozco bien, como Bélgica, los independentistas flamencos han estado en el Gobierno central sin que ello provocase mayores convulsiones. Pues sí, es verdad que cuando los nacionalistas solo simulaban una lealtad superficial, todos los gobiernos de la democracia contaron con ellos, siempre a cambio de generosas contraprestaciones. En cuanto a los separatistas flamencos, antes de entrara en el Gobierno celebraron un congreso en el que proclamaron formalmente que mientras durase esa legislatura, aparcaban sus aspiraciones rupturistas. Estos días pensaba ingenuamente que la celebración del aniversario de la Constitución podría servir para encuadrar el panorama a favor de este pacto. Todos esos comentaristas constataron con satisfacción que Pablo Iglesias acudió al Congreso a dejarse ver en la recepción oficial. A mí no me convencerá de que es sincero hasta que no abjure de su admiración por Hugo Chávez, que llegó al poder cargado de esperanzas y ya en su toma de posesión proclamó su deseo de redactar una nueva constitución con la que convirtió a uno de los países más ricos del mundo en un pozo de miseria absoluta. Pero al menos estaba allí. Pedro Sánchez, por supuesto, aprovechó la jornada para decir que cualquier pacto con ERC será "constitucional" -solo faltaría que el presidente en funciones dijera otra cosa- y "transparente" , que en su caso es difícil de creer teniendo en cuenta sus antecedentes de trapacero. Todo entra, al menos, dentro de las formas que en este caso son importantes. Los independentistas podrían haber intentado engañarnos dedicando esa fiesta a estar con su familia o yendo al cine, como hacían tradicionalmente, pero esta vez no solo no acudieron al Congreso, sino que además de una sarta de proclamaciones en contra del orden institucional, organizaron en Barcelona quemas públicas de ejemplares de la Constitución. En lo personal, el portavoz de ERC en el Congreso, un tipo tan chusco al que su apellido le viene al pelo, aprovechó para insultar a Iglesias porque fue visto departiendo con otros diputados, como muestra de lo que piensa de todos los que no le ríen sus malos chistes.

Ante un panorama tan explícito, estoy seguro de que ni Rajoy, ni Aznar, ni Felipe González, ni Leopoldo Calvo Sotelo ni Adolfo Suárez habrían aceptado negociar nada con ERC, por razones elementales de decoro. No he puesto en la lista a Zapatero porque en su caso tampoco me cabe duda de que sí lo habría hecho, puesto que tiene un criterio ético tan elástico que le da para eso y para cosas peores. Vaya mi recuerdo de admiración hacia Suárez, que no se agachó en su escaño el 23-F porque refirió arriesgarse a que lo matasen a que se viera al presidente del Gobierno de España por los suelos. Ahora hay muchos columnistas que no ven nada malo en tener a su sucesor de rodillas ante los representantes de un partido que le humilla constantemente, siguiendo las órdenes del jefe, que está condenado y en prisión por intentar abolir la Constitución en Cataluña.

Entre los opinadores más favorables a este pacto, se dice que todo esto no es más que teatro, que se trata de preparar a las bases de ERC para que acepten que sus líderes lleven al Gobierno a Pedro Sánchez teniendo en cuenta que no tendrán jamás un gabinete más favorable. Pero me pregunto si lo que hacen en realidad no es al revés, ir ablandando a la opinión pública para que acepte como mal menor lo que Sánchez tendrá que ceder si quiere el apoyo de los independentistas. No podemos tardar mucho en saberlo, porque esto es ya como un duelo de dos coches lanzados uno contra otro en una recta, a ver cuál de los dos conductores suicidas se asusta y da el volantazo en el último momento. Un mentiroso en un lado y un delincuente en el otro. A la velocidad que van creo que ya no escuchan las voces que piden sensatez. Y mis colegas están tan absortos viendo el espectáculo que las confunden con el ruido de los motores. Al final se verán las roderas del accidente y cada cual deberá asumir su papel en este momento tan grave.

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