Opinión

Museo Diocesano de Jaca, leer los orígenes

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  • Diario del Altoaragón
OPINIÓNACTUALIZADA 10/02/2020 A LAS 01:00

El Museo Diocesano de Jaca celebró su décimo aniversario de la mejor manera que puede festejarlo un espacio de estas características: abriendo sus puertas a la curiosidad, a la sed de conocimiento y a los anhelos de encontrar la autenticidad de nuestras raíces. Incluso, para admirar la capacidad del ser humano no sólo de crear, sino de ejecutar esta aptitud con una vocación colaborativa de una comunidad -en el sentido más amplio de la palabra- para elevar escenarios de convivencia en los que la belleza exhibe, además, la pulcritud y el valor de la cultura.

Si la inauguración del centro museístico fue un acontecimiento que concitó la presencia de la más alta familia de los españoles, la onomástica que cierra la primera década sirvió para demostrar como un centro de estas características no se queda en una mera contemplación pasiva (obviamente, el valor de las obras tampoco permiten una practicabilidad libérrima, por el bien de su conservación), sino que coadyuva al aprendizaje de la vida y a la autoestima de aragoneses, españoles y visitantes internacionales, porque el arte trasciende las fronteras cuando expresa una condición intrínseca de la naturaleza humana. Como decía Marc Chagall, las disciplinas creativas son el reflejo de un estado del alma, y en el Diocesano se combina la religiosidad, el respeto a la naturaleza y la vocación de servir al prójimo con la plasticidad más generosa, la de un mayor virtuosismo. Que esta recomendabilísima colección de Jaca no está cerrada al contenido primigenio queda constatado con la luz que iluminó el Tríptico de Santiago recién restaurado y también con la actividad que, por esta efemérides, se va a proyectar durante los próximos meses. Un precioso templo del románico cuya visita nos trae hasta el presente la grandeza de una voluntad colectiva.

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