Opinión

El gobierno cristalino

Por
  • ENRIQUE SERBETO
OPINIÓNACTUALIZADA 23/05/2020 A LAS 02:00

Ese pacto está ahí, con todas sus letras, negro sobre blanco, con las firmas y los logotipos de los tres partidos políticos (o lo que sean, que ahora en materia de siglas políticas pasa igual que con las marcas de los paraísos fiscales) y dice lo que dice. Ya no se puede ocultar. Y también se ha visto perfectamente que hay miembros del Gobierno que están de acuerdo -muy de acuerdo- con su contenido y otros (u otra, que se sepa) que lo han descalificado abiertamente, y sin embargo aún no sabemos qué opina Pedro Sánchez a pesar de que él autorizó su firma y sobre ese papel reposan en estos momentos las condiciones legales de las relaciones entre todos los trabajadores y todos los empresarios del país, que es algo infinitamente más importante para la vida de los ciudadanos que cualquier otra de las filigranas ideológicas que inundan los debates habituales. Pues bien, este acuerdo perverso, por esta y sobre todo por otras cosas, ha tenido el efecto de dejar el tema sobre la red, como esa pelota que rebota en el borde y se queda temblando hasta que cae en un lado y no en el otro. Desde que se publicó ese pacto tripartito, insisto, un documento infame e infamante para quien lo firma, la pelota se ha quedado ahí, suspendida en una prolongadísima cámara lenta, dejando "in albis" a millones de trabajadores y empresarios, en un momento en el que la economía está entrando en un túnel de esos que tienen apagada la luz del final.

Normalmente, este episodio tenía que haberse resuelto en cuestión de minutos en una reunión en La Moncloa entre Sánchez y dos de sus vicepresidentes, el de asuntos sociales que ha querido proclamar "cristalinamente" que cree que hay que aplicar ese acuerdo al pie de la letra, y la de Economía, que, con mejor criterio a mi entender, advierte que el mero debate ya puede tener efectos catastróficos. El presidente es el que nombra a sus ministros y dirige la política del gabinete y no puede tolerar que se produzca una divergencia de tal calibre en un asunto tan importante. Pablo Iglesias fue a una radio porque quiso que se supiera que apostaba su autoridad y su posición política a garantizar que la reforma laboral de 2012 sería derogada próximamente, pero Nadia Calviño también hizo pública su opinión meridianamente contraria y al parecer le dijo a Sánchez que si cumplía ese pacto ella dejaría el Gobierno. Debió haberlos reunido para llamarlos al orden y para aclararles cuál es en realidad su criterio, es decir, determinar de qué lado ha de caer la pelota, lo que acto seguido habría implicado que uno de los dos quedaba desautorizado y automáticamente tenía que salir del gabinete. Así es como funciona en todas partes, en los gobiernos y en las juntas directivas de las comunidades de vecinos. No porque sea una costumbre de caballeros sino porque es la única manera de los demás tengamos a qué atenernos. Y porque de lo contrario, el que queda en la cuerda floja es el presidente. Aunque en este equipo político abundan las evidencias de que la dignidad intelectual se olvida sin recato por un colchón nuevo o por un chalet en Galapagar, lo normal en un caso como este es asumir la responsabilidad y las consecuencias de la situación.

En vez de ello envió a la portavoz del Gobierno, la señora María Jesús Montero, que ayer se debió de maquillar con cemento armado del bueno para poder decir sin que se le menease ni una ceja que toda la culpa de esta crisis es de los demás, sobre todo del PP (nótese la perversidad del argumento, teniendo en cuenta que se trata de un pacto que consagra sin matices la destrucción degradante de algo que hizo este partido cuando estaba en el Gobierno y que además en este caso sus votos ni siquiera eran necesarios) , y que el Gobierno "es sólido y está unido" puesto que solo tiene "diferencias de matiz", que es una falsedad tan grande como el castillo de Loarre.

Platón ya advertía que la mentira puede ser útil para los dirigentes políticos, pero ha de usarse con cuidado porque se vuelve una especie de droga. Sánchez se puede considerar sin reservas como un adicto al engaño, hasta el punto que se le acumulan los agraviados por sus mentiras porque, ¡vaya por Dios! hay quien se creyó que hablaba en serio cuando pactaba con él. En este episodio ha dejado costras y cicatrices por todas partes, en el PNV y en Bildu, en Ciudadanos y en ERC y por supuesto en Podemos. Su idea sin duda es seguir manteniendo la pelota en ese equilibrio imposible del borde de la red, aunque para ello piense que también podrá hacerle trampas a la ley de la gravedad.

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