Opinión

Miguel Ángel Blanco, la Libertad y la intemperie

Por
  • JOSÉ LUS FERRANDO CASTRO (PRESIDENTE PROVINCIAL DE NUEVAS GENERACIONES HUESCA)
OPINIÓNACTUALIZADA 12/07/2020 A LAS 02:00

10 de julio. Aparentemente, un jueves más en el verano de 1997. Un joven de 29 años se dirige a la asesoría de Eibar en la que trabaja desde hace un mes. Miguel Ángel, que así se llamaba el joven, era hijo de Miguel y Consuelo, dos gallegos que habían ido al País Vasco en busca de un futuro mejor. Ahí, en Ermua, formaron la familia que, junto a Miguel Ángel, completaría la hija pequeña, Marimar. El joven Miguel Ángel había estudiado económicas y era un apasionado de la música, tanto que pasaba parte de sus veranos actuando con la banda que había formado junto a varios amigos en la que tocaba la batería.

Ese 10 de julio de 1997, Miguel Ángel Blanco Garrido salió hacia Eibar a trabajar, había quedado con un cliente. Pero nunca llegó a su oficina. Por el camino, ETA lo secuestró.

¿Pero por qué iba a tener interés la banda terrorista en un joven como otro cualquiera Miguel Ángel había cometido un error imperdonable: quiso ser un revolucionario, algo que en el País Vasco no significaba otra cosa que pretender cambiar las cosas desde las instituciones, sin someterse a la dictadura del miedo de los del tiro en la nuca. El mayor crimen de Miguel Ángel fue ser concejal del Partido Popular. Lo que, automáticamente, te ponía una diana en la cabeza.

48 horas después de su secuestro, dos días que parecieron una eternidad para millones de españoles, y tras no ver satisfechas sus peticiones, los terroristas abandonaron moribundo a Miguel Ángel en un descampado de Lasarte después de descerrajarle dos tiros en la nuca. Se apagaba la vida del joven concejal popular a la vez que despertaban las conciencias de miles de españoles. Nacía, con su muerte, el Espíritu de Ermua.

Este año se cumplen 23 años de la muerte de Miguel Ángel. El asesinato que lo cambió todo, el del «¡basta ya!». Desde hace unos años, afortunadamente, ETA es una organización inoperativa gracias a la fortaleza de nuestro Estado de Derecho y de los actores que lo hacen fuerte: nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y los jueces y fiscales que bien conocen, también, lo sanguinario de la banda.

Pero ahora lo preocupante ya no es la lucha armada. Ahora, la batalla está en el relato. De un tiempo a esta parte, podemos ver con preocupación cómo quienes actúan o han actuado al margen de la ley quieren imponernos un relato que nada tiene que ver con la realidad de los hechos. Frente a ello, a mi juicio, es imperante no olvidar el lema que acompaña a las víctimas del terrorismo: Memoria, Dignidad y Justicia.

Memoria para no olvidar todo el daño que el terrorismo ha causado en nuestro país. Memoria para recordar que los verdaderos mártires de la libertad en España fueron aquellos a quienes les arrebataron la vida por escoger el camino difícil: el de mejorar nuestra sociedad a través del servicio público, ya fueran políticos, policías, jueces, etc. Memoria, sobre todo, para recordar que no puede haber equidistancia entre verdugos y víctimas, porque, mientras los primeros ponían las balas, los segundos ponían la vida.

Dignidad para que las víctimas no tengan que seguir viendo cómo se homenajea a los terroristas. Muchas familias, después de ser destrozadas por el zarpazo del terrorismo, se han visto obligadas a seguir sufriendo el fanatismo y a llevar su pena con vergüenza. Esta semana, sin ir más lejos, hemos visto vandalizada la tumba del socialista Fernando Buesa, asesinado también por ETA. No son precisamente las víctimas quienes han de agachar la cabeza frente a los ufanos terroristas. Hemos de dignificar, pues, a quienes han padecido la lacra terrorista.

Y, por último, Justicia. Porque quedan más de trescientos asesinatos de ETA sin resolver. Entre ellos el de quien fuera presidente del Partido Popular de Aragón, Manuel Giménez Abad. Un hombre bueno que, con la valentía de la que hacían gala los etarras, fue asesinado de un disparo en la nuca cuando se dirigía con su hijo pequeño al Estadio de La Romareda. No puede haber un futuro de reconciliación sin un perdón sincero y sin justicia para los muertos.

Leía no hace mucho en Twitter que «la Libertad no es refugio, es intemperie». Hay que tener presente, y mucho más hoy en día, que el hecho de no someterse a los dogmas establecidos no es un camino de rosas. Que elegir el camino de la Libertad te lleva a una dura intemperie, como aquella donde abandonaron la madrugada del 12 al 13 a Miguel Ángel Blanco con dos tiros en la cabeza. No olvidemos nunca el sacrificio de Miguel Ángel y de los más de ochocientos asesinados por ETA.

Memoria, Dignidad y Justicia para las víctimas del terrorismo.

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