Opinión

Ernest Lluch

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  • Diario del Altoaragón
OPINIÓNACTUALIZADA 22/11/2020 A LAS 01:00
Ernest Lluch
Ernest Lluch
EFE

CENÁBAMOS en el Martín Viejo. Al llegar al rodaballo, Bernardo -¡qué grande!- se negaba a desespinar el de Pablo y Luis. A mí sí, por cierto. Nada sorprendente. Teníamos complicidad y por eso me permitía no probar la natilla con helados. Para el resto, era -casi- imposición. Liturgia final.

Cuando nos acercábamos al colofón, Bernardo elevó el volumen del televisor. Ernest Lluch había sido asesinado por ETA cuando se dirigía desde el aparcamiento a su casa. Era el 21 de noviembre de 2000. Obviamente, hube de abandonar precipitada y apesadumbradamente el restaurante y volver a la redacción... como tantas veces. Como con Martín Carpena. Y muchos asesinados más.

En la hagiografía del exministro, el que impulsó los hospitales de Barbastro y Calatayud, junto a sus profusas virtudes intelectuales y a su corazón bondadoso, todas las reacciones incidieron en su compromiso con la palabra y la búsqueda de la paz. Lejos de los denominados años de plomo pero todavía con ETA muy presente en nuestras agendas emocionales, el hastío de la permanente sangría coincidía con la permanente reivindicación del político catalán de cese de las armas y búsqueda de soluciones.

Afirma César Antonio Molina en "Para el tiempo que reste" que la contemplación del fuego está en los orígenes del pensamiento. Pensar con sosiego. En la exégesis del gran servidor de lo público que fue Ernest Lluch, son justos los méritos y sobran interpretaciones. La condición de víctima del terrorismo iguala a todos los que cayeron a manos de seres execrables. Extraer su pensamiento a las circunstancias de 20 años después es una anacronía y un ventajismo que no merecen ni él ni la historia.

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