Opinión

Frente a la "illanización" de la sociedad

Por
  • EDGAR ABARCA LACHÉN (FARMACÉUTICO,PROFESOR E INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD SAN JORGE)
OPINIÓNACTUALIZADA 05/02/2021 A LAS 01:00

España es una fábrica de perdedores porque no soporta a la gente que gana. Golpes Bajos - David Gistau (1970-2020). Afirma Albert Boadella en su delicioso "El Duque", que ha entrado en funcionamiento la inquisición igualitaria que fiscaliza cualquier actitud preeminente de un ciudadano. Es lo que sin lugar a dudas representa Salvador Illa, ese barón discreto y prudente que nos abandona (si es que no lo hizo ya desde el inicio) precisamente no en el mejor momento de la pandemia.

Desde el raquítico Ministerio de Sanidad, transferido y sin competencias, asesorado por el siempre desacertado Simón, Illa menospreció unas alarmas que rápidamente se tornaron inequívocas en paralelo a una falta de anticipación cuasi patológica. Por no hablar del fiasco en la centralización de las compras, criterios en constante mutación, el desprecio identitario por la sanidad privada y un cribado masivo mediante test sobre el cual todavía seguimos cavilando.

Tras renunciar reiteradamente a liderar y coordinar la locura de las autonomías y sus correspondientes modelitos para combatir al COVID, siempre a remolque de los acontecimientos y en un momento clave del proceso de vacunación que todavía debe ser engrasado, se va para alcanzar cuestiones más sublimes. Más rentables. Menos tediosas.

Y es que las cosas no se podrían haber hecho mejor. Es de lo más decente en política y como es lógico la propaganda ya habla del futuro President. Sin lugar a dudas lo merece. Un señor de partido, eficiente, que no ha creado problemas. Aquel político con el que uno, aunque sea por mero aburrimiento, no puede enfadarse.

Nos depara un futuro incierto, con profundos abismos a los que deberemos enfrentarnos. Entre ellos, la mayor caída del PIB en tiempos de paz, una brecha social sangrante y la tasa de paro juvenil más elevada de la OCDE con una juventud cuya frustración (y pasotismo) no podemos permitirnos y que por descontado, la ristra de leyes de educación pro-mediocridad (qué pensar vs cómo pensar), por mucho que pese a algunos, no acaban de maquillar los datos de PISA y por ende, nuestra capacidad competitiva.

Huérfanos de referentes, de personas ejemplares y brillantes, hoy ocultas por su indisposición a que el sistema de mendrugos los aplaste, nos enfrentamos a lo que nos queda por venir liderados por una clase política mediocre que no cree en la ciencia, no protege la investigación y no apuesta por la tecnología hecha aquí. Pero todo de buen rollo, faltaría más. Hace demasiado tiempo que estamos ante la Illanización de la sociedad.

Pese al optimismo de Pinker, quien afirma que el bienestar de la humanidad goza de unos estándares jamás alcanzados, el progreso sólo será posible en la medida que una sociedad civil más participativa y menos politizada, sea capaz de recuperarse del coma y demandar verdadera información frente a la infoxicación instaurada. La apuesta por las "slow cities", un mundo rural interconectado con los hubs tecnológicos e iniciativas como Huesca Suena y ForoB21 en Barbastro son sintomáticas y esperanzadoras.

En unos días se cumplirá un año de la muerte de mi admirado David Gistau, un tipo de todo menos vulgar, que ya nos advertía de que "queremos una igualación por abajo, que no incomode con su ejemplo, que te permita vivir en la pachorra". Ojalá, aunque sea por una vez, se equivoque.

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