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Las cuentas del Presidente Felón

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OPINIÓNACTUALIZADA 15/11/2022 A LAS 00:00
Pedro Sánchez tras el consejo de ministros
Pedro Sánchez tras un consejo de ministros
Agencia EFE

La cuenta sanchista pasa por dos considerandos claves que nos atañen a todos. Que tengamos memoria de pez y que nos sigamos tragando una mentira diaria hasta el día de las urnas. A eso fían Sánchez, Tezanos y la tropa monclovita el seguir en el poder. Esa es su verdadera y más fundada esperanza.

El presidente Sánchez ha mentido siempre y en todo. Pillarlo una vez en verdad superaría lo inaudito para alcanzar la categoría de milagro. Cada una de sus declaraciones, promesas y juramentos tiene una réplica solemne y contundente de el mismo y su misma voz engolada. Ha mentido a todos y en todo momento. A los suyos los primeros, asegurándoles que no haría nada de lo que hizo de inmediato.

Todo y todos aquellos con los que aseguró, hasta 20 veces y enfatizando, que no pactaría jamás y nunca son con quienes lleva acostado desde aquel mismo momento. Podemos, separatistas y filoetarras componen la cama redonda de la que no solo ha salido sino en la que se revuelca gozoso.La hemeroteca de Pedro Sánchez es una enmienda a la totalidad a todos sus hechos. Da igual de qué se trate. Da lo mismo el asunto o la causa. Siempre dirá y hará hoy lo exactamente contrario de lo que ayer dijo que haría. Pero no es un mentiroso compulsivo. No. Es un mentiroso muy bien entrenado, consciente y de serlo y que piensa en que el engaño es la forma mejor de tapar sus traiciones.

Con la última felonía, esta de aliarse con los sediciosos y hacerles una ley a la medida para que no tengan que pagar por los crímenes de los que son reos unos, ya por el indultados, y prófugos otros, y puedan así con total tranquilidad volver a delinquir cuando les plazca, se ha equiparado al Rey Felón, aquel Fernando VII, que vendió España a Napoleón y luego se ciscó en la Constitución que había jurado y ejecutó a quien osó defenderla.

Sin embargo, nuestro Presidente felón, en su querido colchón, al que tanto aprecio ha cogido, cree tener una baza definitiva a la que cuida con esmero y dedica sus mejores esfuerzos acunándola a través de la propaganda y el control de todas las terminales mediáticas. Se trata de su convencimiento, en ocasiones contrastado para nuestra desdicha, de que aquí todo se olvida de un día para otro, que la mentira no pena sino prima y que se nos puede engañar siempre y de continuo. Que somos idiotas, vamos. 

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