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COLABORAN: CAJA RURAL DE ARAGÓN Y DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE HUESCA

El último alfarero de Naval que sigue modelando la tradición y el futuro

#CONTRALADESPOBLACIÓN

David Echevarría trabaja con el torno en el último taller de alfarería de Naval.
David Echevarría trabaja con el torno en el último taller de alfarería de Naval.
David Echevarría

David Echevarría se sienta a diario junto al torno para seguir dándole forma a la tradición alfarera de Naval, uno de los principales atractivos, junto con las salinas, de esta localidad del Somontano. Es la quinta generación de su familia y, en cada pieza, imprime la sabiduría heredada y sus años de oficio. Pero es el único, el último de un pueblo con una larga tradición que llegó a contar con unos 20 talleres al inicio del siglo XX, época de máximo esplendor.

Y no tiene sucesión. Con él -dice-, “acabará todo”. El amor por la alfarería y por su pueblo le hizo quedarse. En esto, por suerte, no es el único. Más jóvenes han apostado por fijar allí su residencia, aunque salgan a trabajar fuera.

No solo la alfarería se ha abandonado sino que paulatinamente hay menos vecinos que se dedican a la agricultura y a la ganadería. Con todo, algunos han reconvertido negocios tradicionales en proyectos innovadores. Pero, además, como se encuentra equidistante de Barbastro, Aínsa y Graus, a una media hora más o menos, comenta Echevarría, se les abren muchas posibilidades.

Exposición y venta de las piezas, visita obligada para el turista.
Exposición y venta de las piezas, visita obligada para el turista.
David Echevarría

Nacho Orús aprovechó esta situación durante un tiempo para ir a trabajar a Barbastro y poder vivir en Naval. Finalmente, apostó por buscar una fórmula para trabajar en su pueblo y estar en contacto con la naturaleza. Salió a concurso el albergue, consiguió una licencia de taxi y además alquila bicicletas eléctricas para descubrir desde allí las nuevas sendas abiertas por Zona Zero Pirineos, una iniciativa en la que participa limpiando los caminos. Así, complementando unas actividades con otras, se ha creado su proyecto laboral y de vida en el medio rural.

En un paseo por Naval, se respira la tradición alfarera. El mapa de bienvenida es de cerámica y en la fuente un mural escenifica el oficio, pero es que el nombre de las calles está escrito en la mitad de un recipiente cerámico incrustado y los nombres de cada casa también están sobre cerámica. Todo sale de las manos de David Echevarría, del taller fundado por la familia Trillo, la de su madre, aunque la tradición de su abuelo y bisabuelo la continuó su padre, que había aprendido con otro alfarero del pueblo.

‘Placa’ con la que ponen el nombre a las calles en Naval, con una pieza típica decorada con ‘floretas’.
‘Placa’ con la que ponen el nombre a las calles en Naval, con una pieza típica decorada con ‘floretas’.
David Echevarría

Con trece años, David comenzó a trabajar con el torno, aunque de forma profesional desde 1998. “Como lo he visto siempre... pero si no, es muy difícil que alguien se inicie en este oficio. Entonces, había un auge y había mucha faena, era ilusionante, pero ahora es más complicado”, comenta. De hecho, recuerda que en los años 80 hasta se asentaron dos belgas que se dedicaron a ser ceramistas, más vinculado a la decoración, la escultura... y que distingue del oficio de alfarero.

Talleres para grupos

Con todo, hay mucha curiosidad y, por eso, funcionan los talleres a los que se apuntaban hasta antes de la pandemia muchos colegios del entorno. De hecho, en la localidad existe una escuela taller municipal donde imparte estas sesiones y también ofrece talleres de iniciación al torno que se adaptan a las necesidades de sus clientes.

La fama de la alfarería de Naval proviene de la resistencia de su arcilla al fuego, por lo que hacían mucha “cacharrería”. Incluso realizaban ellos mismos la extracción, primero con caballerías y después con tractores, pero aquello pasó a la historia. La industralización y los cambios de hábitos domésticos han propiciado que la cerámica se haya convertido en un objeto de decoración. Ya no hay en las casas botijos de barro cocido para mantener el agua fresca y mantener la transpirabilidad, ni se colocan ollas para hacer pucheros en un fogaril. La cerámica de hoy no sirve para la inducción o la vitrocerámica.

Sin embargo, trabaja mucho por encargo, aunque ya no haya demanda para fiestas o actos culturales. Y, curiosamente, para muchos coleccionistas. En estos casos, siempre buscan las piezas más tradicionales, ya que también innovan con otras adaptadas a la actualidad. No hay dos iguales, pero muchas llevan la ‘floreta’, una decoración con cinco puntos de arcilla blanca -aunque el resultado es amarillo por el esmalte- que distingue la vajilla de Naval desde hace los años 60-70.

“Aún hay juventud en Naval, pero el problema es que el medio rural no ofrece trabajo y es complicado vivir. Si no tienes un negocio como he podido mantener yo, es difícil. A mí, porque me ha gustado el pueblo, la naturaleza... y con esto no voy a hacer fortuna, pero es hacer lo que me gusta y vivir donde quiero”, reflexiona David Echevarría.

“La verdad es que da pena. Si fuera un oficio rentable, que te pudieras ganar la vida bien, pero si no te viene por tradición familiar...”, comenta. En la provincia, solo hay otro de tradición familiar, Raimundo Abió, también el último alfarero de Bandaliés. En sus manos, cobra vida la tradición y el pueblo. 

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