Cultura

CRÍTICA MUSICAL

Amor y subgraves

Carlos Sadness cosechó un gran éxito en el Palacio de Congresos de la capital oscense

Carlos Sadness actuó en el Auditorio del Palacio de Congresos de Huesca.
Carlos Sadness actuó en el Auditorio del Palacio de Congresos de Huesca.
Patricia Puértolas

Era 23 de abril, día de San Jorge. Y dado que en 2020 no tuvimos más remedio que quedarnos en casa, este año había que celebrarlo. Por la mañana, libros en los puestos. Y por la tarde, en Huesca, Carlos Sadness en el Auditorio Carlos Saura del Palacio de Congresos. Un buen plan, sin duda, pensaron las más de 350 personas que prácticamente llenaron el aforo permitido. Y es que este barcelonés de ascendencia altoaragonesa y monegrina ha ido sumando adeptos (y, sobre todo, adeptas) en cada una de las actuaciones que ha realizado en nuestra ciudad, tanto en El Veintiuno como cuando abrió el concierto de Fangoria en las fiestas de San Lorenzo de 2017. Con todo el derecho, aquí se siente como en casa.

Carlos Alberto Sánchez Uriol, que ése es su verdadero nombre, eligió el nombre artístico de Sadness (tristeza, en inglés) no se sabe muy bien por qué motivo. Porque si bien en ocasiones late un cierto halo melancólico en sus canciones, por lo general desprenden una alegría contagiosa y una simpatía natural, nada impostada, que hacen de él una persona que cae bien a la gente. Una naturalidad que le lleva a soltar algún “quió!” muy de la tierra y que es respondido con algún “¡Viva Sena!” entre el público. Buen rollo.

Carlos Sadness hace orbitar todo su repertorio en torno al amor. Un amor casi siempre conectado con el cosmos, que llena sus letras de metáforas interestelares y que marida muy bien con una música de texturas agradables y ritmos sosegados en la que abundan los subgraves, esas frecuencias casi telúricas que se notan en el estómago y nos conectan con el vientre materno o, directamente, con el cosmos. Amor y subgraves. Una música que, por otro lado, ha vuelto accesibles los sonidos de Animal Collective, Vampire Weekend o El Guincho, llevándolos al terreno del pop mainstream.

En esta nueva visita venía a presentar su más reciente disco, Tropical Jesus. No pudo hacerlo antes, como él habría querido (“primero en Huesca y Barcelona”), por culpa de la pandemia. Tampoco faltaron los temas antiguos, pero ocuparon un lugar preeminente los nuevos, que, quizá debido a su éxito creciente en Hispanoamérica, suenan más latinos que su material anterior. Con el público volcado de antemano y apoyado en un sólido trío compuesto por dos guitarristas, batería y bases electrónicas, inició su actuación justamente con el tema que abre su nuevo disco, Ciclo lunar. Al principio, el sonido era un tanto oscuro y confuso, pero poco a poco fue ganando en nitidez conforme iban sonando los siguientes temas, Hale Bopp, Chocolate y nata y Me desamaste. A partir de allí, la incitación al perreo (sentados, eso sí) y al bailoteo latino llegó con otros temas de su último álbum como el reguetonero Todo estaba bien, Isla Morenita o Ahorita, que dijo estar inspirada en Cuba pero que la había compuesto a partir de una línea de bajo muy monegrina.

Con el ukelele acometió Semitransparente, una balada de corte hawaiano, a la que siguió “Adiós a los dinosaurios”, un delicioso tema apoyado en unas guitarras soukous congoleñas muy en la línea del afroindie de Vampire Weekend. La suave cadencia de Amor Papaya le inspiró una alusión muy oscense al melocotón con vino. Y tras el guiño al rap de Longitud de onda, contó al público una anécdota muy graciosa que le había ocurrido en Aínsa y que le había inspirado el título de su siguiente tema, Física moderna. Se despidió tocando el ukelele en Bikini, una balada en voz baja (como un Albert Pla de buen rollo) que rubricó evocando sus tiempos de rapero como Shinoflow en una impro-jam en la que no faltaron alusiones a Sena, Fraga, Sariñena, las fiestas de San Lorenzo e incluso una frase ad-hoc: “he llegado a la conclusión de que en Huesca hay muy buen melón”. En fin, es lo que tiene sentirse como en casa.

El joven público, rendido y entusiasta durante toda la actuación, se mostró sin embargo bastante tímido a la hora de pedir el consabido bis. Que por supuesto llegó y fue generoso. Comenzó, después de contar la jugosa anécdota del cura de Sena (“eres la viva imagen de Jesucristo”, que le llevó al título de su último disco), con la balada más sutil de la velada, Días impares, interpretada con ukelele y guitarras, sin batería ni electrónica, e iluminada por los móviles de la gente. Siguió después con el vibrante y arrollador Aloha, que en su nuevo disco cuenta con la ayuda de Li Saumet, de Bomba Estéreo y que posee unos deliciosos guiños a la champeta colombiana. Y remató con dos de sus mayores hits, Te quiero un poco y Qué electricidad, que son el perfecto ejemplo del sonido Sadness. Pero aún faltaba la sorpresa final: invitó al oscense Pecker (con quien comparte referencias musicales) a cantar con él otro de sus temas más conocidos, Monteperdido. Todo un detalle que le unió aún más a la tierra de sus ancestros. Un fin de fiesta perfecto que acabó de dejar a sus entusiasmados fans plenamente satisfechos. Una buena manera de celebrar al patrón de Aragón. 

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