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Estrella Lalueza Lafuente: “Me alegro de no haber perdido la capacidad de indignación”

Cooperante durante 15 años en países en guerra, desde 2004 dirige la ONG Sumum de Monzón

Estrella Lalueza rodeada de niños en Costa de Marfil.
Estrella Lalueza rodeada de niños en Costa de Marfil.
S.E.

Estrella Lalueza Lafuente (1965) es una montisonense inagotable, a la que le falta vida para hacer todo lo que le gustaría y que nunca ha dejado de afrontar retos. Uno de ellos fue crear en 2004 la ONG Sumum, de la que está al frente, y a través de la que ha llevado a cabo importantes actuaciones en Costa de Marfil. Actualmente, trabaja en Lérida como coordinadora de proyectos comunitarios en el Instituto Catalán de Salud. Ambas ocupaciones tienen en común que Estrella, que conecta muy bien con las personas, escucha y a partir de las necesidades que le trasladan, actúa.

Su capacidad de trabajo se dejó ver desde que era niña; era hiperactiva, tenía que hacerlo todo. En el grupo de rondalla, tocaba la bandurria, la guitarra, el laúd y bailaba; también practicaba baloncesto, atletismo, estudiaba inglés… Su madre iba de un lado a otro para llevarle el material para la siguiente actividad. Estudió Veterinaria, pero la precariedad laboral que vivió le hizo optar por Enfermería. “Quería hacerlo en dos años, pero no me dejaron”, recuerda.

A mitad de la carrera -que luego finalizó en 1994-, estalló la guerra en Bosnia y ella halló su destino. “Veía por la tele lo que pasaba y no podía soportarlo, quería hacer algo”, explica. Finalmente, encontró la ONG SOS Balcanes, que trabajaba con refugiados bosnios, y con ellos se puso en camino. Reconoce que se lanzó como no debe hacerse. “Sí hicimos cosas, pero no se tiene que ir así. Vine con un claro estrés postraumático, nada tenía sentido, se me hacía difícil por lo que había visto y por lo que me había implicado con las gentes”, una de sus señas. Había estudiado en Zaragoza alemán y ruso, y los niños del campamento le enseñaban a hablar bosnio, lo que le llevó a comprometerse “profundamente” con ellos. Le bautizaron Marija, y es el nombre que ya siempre utiliza en cooperación. “Recuerdo una frase que decían los niños: “Marija no llora”. Estaba tan impactada que no podía llorar”, suscribe. Pero, al regresar, “me vinieron a buscar a la frontera con Francia y lo primero que dije es que quería volver”; de hecho lo hizo 6 o 7 veces.

“Me alegro -dice- de no haber perdido la capacidad de indignación. De ver situaciones, igual te vacunas, pero no. Me enoja la indiferencia de la gente, lo que aparece en los medios de comunicación sí, el resto no existe”.

Esta cooperante siempre ha trabajado en países en guerra. Con su máster de Medicina Humanitaria, entró en Médicos del Mundo y estuvo en 1999 en un campo de refugiados albanokosovares, y luego dos años en Kosovo, “un punto de inflexión muy importante”. “La violencia lo rodeaba todo -explica-. Hablas con los dos bandos, intentas entender, pero llegas a la conclusión de que es inexplicable”. Se fue porque vio que estaba “muy implicada” en el conflicto.

Estuvo en Sierra Leona y desde en enero de 2003 a agosto de 2008 en Costa de Marfil -en guerra activa desde 2002- con diferentes ONG, una inglesa, otra americana y española. “Pero veía que había muchísimas necesidades no cubiertas y, como siempre había gente que me apoyaba para comprar libros, medicinas…, creí que había otra manera de canalizar las ayudas y creé la ONG” en 2004. Estaba instalada en Daloa y allí nació ese año su hijo Alain -“me enseñaron a cargar un kalashnikov por si tenía que defenderlo”- y a los 17 meses llegaron los gemelos Mark y Axel.

Era coordinadora de salud -llegó a serlo de todo el país-, y daban atención sanitaria a través de clínicas móviles en unas jornadas maratonianas con larguísimas colas de personas que atender. A ello se unía que “trabajábamos en una situación de mucha violencia, con muchos controles militares; a veces te amenazaban a la vez uno para que avanzaras y otro para que pararas. En eso sí tengo sangre fría. Por eso creo que es mi trabajo, sabía reaccionar en el momento”, comparte.

Con Sumum han realizado uno o dos proyectos al año. Se centraron en escuelas y comenzaron haciendo letrinas en Daloa. Luego llegaron muchos comedores escolares y cooperativas de mujeres, que daban un porcentaje de su producción al comedor. “Hemos de ser lo más invisibles posible en nuestros proyectos. Nosotros damos un pequeño empujón, porque podemos, y ellos siguen trabajando”, explica Estrella. Esa labor continuó: “Hemos hecho tres escuelas, alfabetización de mujeres, igual más de mil pupitres…”, y en 2018 se cambiaron a Mahandougou, a 21 horas de la capital: “Está lejos, lo que se dice lejos”, enfatiza. “Hallamos tantas necesidades y tan buena acogida -nos dijeron que nadie había ido hasta ahí-, que decidimos quedarnos”, sintetiza.

Actualmente, Sumum lleva a cabo un proyecto de desarrollo socioeconómico con, entre otras acciones, la construcción de la escuela -que acabará en mayo- y alfabetización y apoyo a la cooperativa de mujeres. “Cuando trabajamos con ellas siempre digo: no os dejéis las gafas de sol, porque lloramos mucho, son supermujeres”, dice Estrella. “Mi idea -explica- es poder trabajar codo con codo, que me expliquen qué problemas hay y de qué manera podemos trabajar con ellas, no para ellas. Decir que vas a ayudar es muy prepotente. No hay que basarse en lo que yo creo que necesitan sino en lo que ellos necesitan, eso es la base”, abunda.

Su ONG ha recibido apoyo del Ayuntamiento de Monzón, la Comarca del Cinca Medio, y este año de la DPH para la escuela. También recaudan fondos a través de otras acciones como bodas solidarias, durante dos años con la Operación Bocata del IES Pirámide -“ha sido emocionante, chapeau por los chavales”-, y con socios que apoyan siempre. “Tenemos socios a partir de 24 euros al año, es poco, pero así sabes con lo que puedes contar, porque una subvención la tienes hoy, pero mañana igual no, y así poco a poco podemos hacer un montón”, anima.

Los proyectos nunca terminan y a Estrella le apasionan los retos, así que ya está previsto el año que viene instalar placas solares en el tejado de la escuela para poder electrificar no solo el centro sino gran parte del pueblo, y construir una biblioteca con mesas y bancos para que los niños puedan hacer deberes y tener libros. A ello se suman pequeños proyectos para cubrir necesidades de las escuelas vecinas a los que se dedica una ayuda puntual.

Si le preguntan qué es, Estella dice: “Soy cooperante, es lo que me apasiona, lo que he hecho 15 años y lo que creo que sé hacer. Me encantaría continuar haciéndolo, porque cuánto más te dedicas, más cosas puedes desarrollar. Quiero seguir; seguir trabajando, seguir haciéndonos grandes, que participe la mayor parte de gente posible”, para continuar ayudando a los más necesitados y más olvidados.

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